La reanudación del Teatro-Museo Dalí de Figueres, después de su cierre forzado por la COVID-19, llega marcada por la exposición temporal «¡El Surrealismo soy yo!». Paisajes fuera de tiempo.

Se exponen 12 deliciosas pequeñas telas de la etapa surrealista del pintor, procedentes de los fondos del museo, que van desde 1926 hasta 1937. Con el salto temporal de Poesía de América, de 1943, como clausura de la muestra, que evidencia la permanencia de la estética surrealista en la obra del genio ampurdanés.

Salvador Dalí, Singularidades, c. 1935. © Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, VEGAP/Figueres, 2020.

Tal y como explicaba la directora de los Museos Dalí y comisaria de la exposición, Montse Aguer, «es el momento de reivindicar el surrealismo de Dalí». Junto a Carmen Ruíz, comisaria adjunta, escogió 12 obras, las más significativas del pintor, y partió de Hombre con la cabeza llena de nubes (1936), que es un ejemplo de «simbiosis entre el hombre y el paisaje». Así es como presentan los diversos paisajes que explican hasta qué punto Dalí fue toda una revelación para los surrealistas franceses, tal y como manifestaba André Breton en 1929 en el texto del catálogo de la exposición inicial del pintor en París: «Es tal vez con Dalí, la primera vez que las ventanas mentales abren de par en par…»

Salvador Dalí,Hombre con la cabeza llena de nubes, c. 1936. © Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, VEGAP/Figueres, 2020.

Toda una invitación, en plena post-pandemia del COVID-19, a abrir nuestras propias ventanas mentales, dejándonos seducir por los paisajes oníricos, paranoicos, pintados a mano, enigmáticos o de invenciones imaginarias, tal como las liga el hilo conductor de la muestra. El espectador tiene la libertad absoluta de adentrarse en estas obras, y por un instante uno se puede sentir como uno de los visitantes de la galería Pierre Colle de París, donde Dalí exhibía sus obras en los años treinta, observando tela a tela, con sus pequeños detalles preciosistas, y sumergiéndonos en la búsqueda de un zapato perdido en medio del paisaje, un niño de la mano de su padre, o bien la torre roja alzándose hacia el cenit, recordando el Molino de la Torre de la familia Pichot, en el Far d’Empordà. Se invita al espectador a perderse en medio de horizontes infinitos, tomados prestados de la pintura metafísica de De Chirico, y a experimentar la melancolía espacio-temporal que tanto angustiaba a Dalí.

Salvador Dalí, El espectro del sex-appeal, c. 1934. © Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, VEGAP/Figueres, 2020.

Es toda una propuesta de evasión avant la lettre, en estos momentos enigmáticos de nuestro presente. De hecho, para Dalí y para todos los miembros del cenáculo artístico surrealista, el universo interior de los sueños, las interpretaciones del subconsciente de Freud y Lacan, fueron una gran y maravillosa evasión.

El título de la exposición parte de una de las frases más conocidas de Dalí, que expresa cuando ha sido expulsado del grupo surrealista por André Breton, y se reivindica como la manifestación absoluta de este movimiento. De hecho, hoy, en pleno siglo XXI, el surrealismo en buena parte se identifica con su obra, él es una pieza imprescindible y trascendente de este movimiento. Sus textos son hoy claves para entender la esencia del surrealismo, su sistema de pensamiento creativo, el método paranoico-crítico.

Nunca se habían visto juntas estas 12 obras.

Se trata de un final contundente a la visita del Teatro-Museo Dalí, que muy posiblemente nos hará ver a Dalí con otros ojos. Ciertamente, tal como afirmaban las comisarias, haber desplazado algunas de las telas de sus lugares habituales, como El espectro del sex-appeal o Poesía de América, hace que las percibamos con otra mirada, y dialoguen entre ellas. Nunca se habían visto juntas estas 12 obras, tal como indicaba Aguer y posiblemente no se las vuelva a ver nunca más, 8 de las cuales han sido adquiridas por la Fundación Gala-Salvador Dalí en estos últimos años y bajo el criterio del anterior director y amigo del pintor Antoni Pitxot. Observándolas, uno percibe la angustia existencial de Dalí, que expresaba en las sombras alargadas del atardecer, la hora del crepúsculo atávico, en los cipreses böcklinianos, en las nubes de Mantegna, y las pequeñas esferas, herederas de Cranach, y el ying y el yang, reposando en el horizonte infinito.

Salvador Dalí, Estudio para «La miel es másdulce que la sangre», 1926. © Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, VEGAP/Figueres, 2020.

Estudio para “La miel es más dulce que la sangre” (1926) contiene el inicio del periplo de la creación de su alfabeto artístico, que deviene en la base para su obra posterior, con los asnos putrefactos, la sangre, los aparatos, y la cabeza cortada en alusión a su buen amigo poeta Federico García Lorca. En Elementos enigmáticos en un paisaje (1934), o bien en Figura y drapeado en un paisaje (1935), se hace referencia a las apariciones, los fantasmas y espectros, que son en esencia simulacros, y los juegos que hacían juntos con René Crevel y Gala en Portlligat los veranos de principios de los años treinta.

La presencia de Gala es intensa como inspiración en algunas de estas obras, con la firma del pintor, como en El sentimiento de velocidad (1931), que contiene la inscripción «olive salvador Dalí», y seis de las obras expuestas están firmadas como «Gala Salvador Dalí». Singularidades (c. 1935), un óleo y collage con un reloj blando pintado por el mismo artista y superpuesto a la tela, contiene una densa carga iconográfica relacionada con el proyecto de la película La mujer surrealista para los Hermanos Max. En Paisaje pagano medio (1937) emergen las dobles imágenes, el rostro de Sigmund Freud en la parte izquierda de la pantalla, en las formas de las rocas, y la niña que salta a cuerda, que es su prima, la Carolineta, transformada en una campana. También está presente la nodriza, el niño vestido de marinero y el pensador catalán con la barretina catalana, encerrado en sí mismo, muy probablemente un elemento referente a su admirado Francesc Pujols.

Salvador Dalí, Poesía de Amèrica, 1943. © Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, VEGAP/Figueres, 2020.

Cierra el periplo Poesía de América (1943), ya realizada desde los Estados Unidos, donde busca paisajes similares a los del Empordà en el desierto californiano, y representa el inicio del clasicismo de su surrealismo, con su inspiración en la obra de Rafael Los desposorios de la Virgen, y haciendo referencia, con el mapa de África, a los conflictos raciales que se suceden en los Estados Unidos. En sus palabras: «del reloj de la historia cuelga la vieja piel de África, metamorfosis de la llanura del Ampurdán».

Desde miles de kilómetros, Dalí seguía pensando en el Ampurdán, en su entorno natural, donde hoy podemos admirar y disfrutar de su obra, tal como fue voluntad del genio ampurdanés, cuando decidió crear su último gran objeto surrealista, el Teatro-Museo Dalí, en Figueres, un patrimonio de gran valor de país y universal. Este verano hay que redescubrir a Dalí más que nunca, para que el sueño siga viajando con toda su intensidad.