Lo mejor de la exposición sobre la revista El Víbora que presenta el MNAC en Barcelona es el mero hecho de que se haya llegado a celebrar. El Víbora. Comix contracultural es una muestra pequeña, como un aperitivo que nos abre el apetito de futuras y más completas exposiciones de cómic en el mismo museo.

La buena noticia es que el cómic ha empezado a formar parte del programa expositivo y del proyecto del Museu Nacional d’Art de Catalunya, que dirige Pepe Serra. Con esta iniciativa se afirma la voluntad de “patrimonializar y dar visibilidad al cómic, un género artístico que ha entrado en las salas del Museo para quedarse”. Esta declaración de intenciones se incluye en el texto del cartel desplegable, protagonizado por un monstruo dibujado por Martí Riera para una cubierta de El Víbora. Es un personaje de aspecto digamos casi “normal” y también sádico, de tonos verdosos, que representa EL ORDEN en mayúsculas, tal como se puede leer en su negra boca. Eso –un monstruo casi normal- era el Taxista de Martí. Sorprendente y desgraciadamente, es un monstruo todavía vigente en la actualidad sociopolítica española e internacional del año 2019.

Martí, Portada del núm. 35 de El Víbora, (Eds. La Cúpula, octubre de 1982).

El Víbora se fundó a finales de 1979 y esta muestra –comisariada por Antoni Guiral con la colaboración de Àlex Mitrani-, se presenta como un homenaje con motivo de su 40 aniversario. Lo cierto es que esta revista mensual -que alcanzó los 300 números en el año 2004- surgió de un espíritu más bien setentero, que se destaca en esta muestra, donde se recuerda el papel pionero que jugó Jaume Fargas como librero en Zap 275 y como editor.

Sin embargo, el primer número de El Víbora llevaba fecha de enero de 1980 y su primera y más brillante etapa abarcó desde 1980 hasta 1989. Su aparición significó un punto de partida para la generación de autores que se había iniciado o educado en los años del underground barcelonés, entre 1973 y 1978. Crumb, Shelton, Swarte, Steinberg, Burns, Spiegelman, Chester Gould, Herriman y Vázquez fueron algunos de los maestros que influyeron en esa brillante generación que surgió principalmente en Barcelona y que incluía a dibujantes originarios de otras ciudades, como el sevillano Nazario, el valenciano Mariscal o el madrileño Ceesepe.

Nazario, Original para la portada del núm. 1 de El Víbora, 1979 © Nazario, VEGAP, Barcelona, 2019.

Inicialmente la revista iba a llamarse Goma-3: un temerario homenaje a los explosivos terroristas que acabaron con el aspirante a neodictador Carrero Blanco. Fue fundada por Josep Maria Berenguer, con el apoyo económico de Josep Toutain. Berenguer quería hacer una revista de artes visuales, en cierto sentido una alternativa complementaria de la revista Star, pero Toutain le convenció de que debía especializarse en el cómic. Y seguramente tenía razón, pues -sobre todo en Barcelona- en aquel momento acababa de surgir una nueva generación de dibujantes y guionistas que se habían dado a conocer primero en publicaciones underground (autoeditadas y clandestinas), y ya en la segunda mitad de los setenta, en revistas legales y muy modernas como Star o Disco Exprés. Esta generación se expresó desde 1980 en El Víbora, desde 1981 también en Cairo y más tarde en otras publicaciones, como Makoki, la subvencionada Madriz o las ediciones de la valenciana Arrebato.

En aquellos años –especialmente a finales de los años setenta- el cómic y la música a menudo iban juntos, de manera que en la misma revista uno podía encontrar una aventura quinqui de Gallardo y Mediavilla y una historieta veraniega de Mariscal junto a un texto de J.M. Martí Font sobre Talking Heads o uno mío sobre Brian Eno, sin olvidar las batallitas hippies y malditas de Pau Malvido, ni aquellos informes casi proselitistas sobre las posibilidades psicodélicas de ciertas drogas. En la fase que siguió a la hippie-anarco y a la anarco-punk, se impuso una onda new wave que prefería disfrutar elegantemente de los licores y los estimulantes para noctámbulos, antes que de esos porros que dejaban a la gente adormilada o con risas tontas. El caso es que en los años ochenta se trabajaba mucho y se trasnochaba mucho. Y no había control antidoping.

La mayor parte de los relatos pretendidamente históricos que se han publicado sobre esa época y sus vertientes “contraculturales” han sido parciales o egocéntricos.

Aún no se ha explicado por escrito y plenamente lo que de verdad significaron, en ciudades como Barcelona, Madrid y otras, aquellos años de liberación y de eclosión creadora, en sus dos fases, desde 1973 a 1978 y desde 1979 hasta 1989. La imagen verdadera sería un mosaico plural y, hasta ahora, la mayor parte de los relatos pretendidamente históricos que se han publicado sobre esa época y sus vertientes “contraculturales” han sido parciales o egocéntricos, o –mucho peor- “de oídas” y metiendo la pata: consultando internet y dando por buenos sus errores, sin preguntar ni escuchar a los que vivieron o vivimos aquello directamente.

Quienes no lo vivieron suelen confundirse de fecha y hasta de década. A menudo se ha querido mitificar la década de los setenta en detrimento de los ochenta. En el ámbito del cómic es cierto que en los setenta se iniciaron los más veteranos (Nazario, Mariscal, etc), pero la gran eclosión de la nueva historieta se produjo en 1980 y 1981 y la plenitud creadora se dio a lo largo de toda esa década. Fue una especie de Edad de Plata que se desvaneció con la crisis de los noventa y la invasión del manga y de los nuevos superhéroes neuróticos.

Max, Portada del núm. 13 de El Víbora, 1980.

En sus primeros años El Víbora reunió a los mejores autores barceloneses, quienes proponían contenidos y participaban en las decisiones editoriales. Los primeros héroes de El Víbora eran personajes como Anarcoma (Nazario), Taxista (Martí), Gustavo y luego Peter Pank (Max), El Niñato (Gallardo y Mediavilla) o Los Garriris (Mariscal). Y había lugar para las espléndidas paranoias de Calonge o para los cerebrales crímenes de Tornasol y Roger. El conjunto era un cóctel explosivo de transexuales aficionados a las pollas enormes (como anacondas), activistas antisistema, adolescentes heroinómanos, cerebros torcidos, gentes perdularias y… En fin, el buen rollo mariscaliano de los Garriris se reservaba para las vacaciones de verano. El resto del año predominaba el rollo duro.

Pero la palabra clave que aunaba todo era libertad. Una libertad crítica, con o sin responsabilidad respecto al propio instinto de conservación… pero esa es ya otra cuestión. Esa misma actitud libre la encontré en la noche de inauguración en el MNAC al hablar con algunos supervivientes de aquel “comix para supervivientes”, como Onliyú y Marta, igual que con Isa Feu o con Martí cualquier otro día o noche. Lo significativo es que esa actitud libre y antihipócrita parece en el año 2019 más excepcional que en 1978 o en 1987, lo cual no es bueno.

Manel Esclusa, Colaboradores de El Víbora pintando el cómic en vivo Amor en Vallvidrera, 1980. © Manel Esclusa, VEGAP, Barcelona, 2019.

La exposición del MNAC sólo muestra algunos gramos de los muchos kilos de talento que se publicaron -con una impresión y un papel deficientes- en los primeros años de El Víbora. Expone sólo 38 originales y se completa con publicaciones, fotos y documentación diversa. Recordaré que la exposición VLC. Valencia Línea Clara que presentó el IVAM Centre Julio González en el 2016 incluía 200 dibujos originales, además de publicaciones. Y que la exposición La Nova Historieta que comisarié para el Centre d’Art Santa Mònica en 1989, reunía más de 430 dibujos originales de treinta dibujantes.

El Víbora podía ser leída cada mes por decenas de millares de personas.

Creo que podría justificarse conceptualmente que la muestra del MNAC haya prescindido de los autores extranjeros que publicaron en El Víbora (Crumb, Swarte, Burns, Spiegelman, Mattotti, Liberatore, Veyron…), pero me extraña una selección de autores españoles de El Víbora que prescinda de algunos de los grandes, como son Guillem Cifré y Vallés en la primera etapa o Mauro Entrialgo en la segunda.

Mariscal, Una noche particular. Original para el núm. 65 de El Víbora, 1985 © Mariscal, VEGAP, Barcelona, 2019.

En lo que llevamos de siglo XXI la distracción o alienación global ha sido multiplicada por una proliferación interesada de pantallitas, pero en los años ochenta del siglo pasado no existían aún las adicciones digitales, y por ello una revista publicada en papel como El Víbora podía ser leída cada mes por decenas de millares de personas, tal como había ocurrido en los ácratas años setenta con revistas también barcelonesas y supuestamente marginales como Star y Ajoblanco. Serían marginales, pero lo cierto es que en los quioscos de las Ramblas de Barcelona los montones del mensual Star eran más altos que los del diario más leído en Cataluña (La Vanguardia). Y se sabe además que cada ejemplar era leído por bastantes personas, en el piso de estudiantes, en la comuna o en la cárcel. Me consta que El Víbora, como antes el Star, era muy leído en unas prisiones españolas donde se podía encerrar a cualquier consumidor de alguna droga.

Max, Portada del especial Toda la verdad sobre el golpe, 1981.

A partir del número especial El Golpe, publicado en marzo de 1981 por iniciativa de Onliyú y tras el golpe o pseudogolpe militar del 23 F perpetrado por fascistas nostálgicos del franquismo, la revista empezó a ser respetada en círculos más amplios. Socialdemócratas, por ejemplo. El público creció, las ventas aumentaron y los autores pidieron un mejor trato laboral. El director de El Víbora aprovechó esa reivindicación para acabar con el “buen rollo” colectivo, y a partir de entonces él fue más jefe. No se suele comentar, pero, para quienes seguimos con atención la evolución de El Víbora, está claro que hay que distinguir dos etapas. La primera es la mejor, abarca desde 1980 hasta 1989 y coincide con la fase en que Onliyú (alias de José Miguel González, Josemi para los amigos) fue el redactor jefe de El Víbora.

Laura Perez Vernetti, Original de Extraños en un tren. El Vibora núm. 63 (1985).

En los años noventa, este mensual perdió el rumbo. Se publicaban todavía algunas historietas muy buenas (de Daniel Clowes, entre otros), pero la revista ya había buscado y encontrado otro público. Y parecía no darse cuenta de que así perdía a su publico inicial. Predominaba una especie de sensacionalismo morboso donde el sexo se solía adornar con violencia machista. La serie Pequeñas viciosas aparecía firmada por presuntas autoras femeninas (Mónica y Bea), pero era de autores masculinos. Recuerdo una mesa redonda donde el dibujante Pere Joan y yo nos quedamos solos criticando esa nueva onda sórdida que había barrido a la parte más moderna y vanguardista de El Víbora. En el debate predominaban los tipos cínicos como Santiago Segura -más tarde Torrente– quien consideraba muy divertidas esas historias de sexo con violencia. La exposición del MNAC prescinde de esa etapa y de ese material, que en términos artísticos es irrelevante.

En los años noventa Berenguer buscó y encontró un público de “tías en pelotas” (la expresión es suya) y con ello El Víbora perdió a los lectores que sabían apreciar una buena historieta de Joost Swarte, Guillem Cifré o Charles Burns. Se ha dicho y redicho que el “neotebeo” Cairo representaba “la línea clara” inspirada en Hergé y el “comix” El Víbora “la línea chunga” y rompedora. La realidad es más rica y menos simple que estos dos lemas publicitarios. Lo cierto es que bastantes autores publicaron en ambas revistas (Gallardo, Montesol, Roger, Daniel Torres, Sento, Cifré y hasta yo mismo como guionista). Y el tópico no tiene en cuenta que las obras más vanguardistas, que se pudieron publicar con fluidez en el Cairo dirigido por Joan Navarro (de Micharmut, Cifré o Pere Joan), asustaban en El Víbora, una revista más partidaria del realismo sucio que de la imaginación surrealista y todavía pop de esos tres dibujantes, que hicieron pop surrealism mucho antes y mucho mejor que los norteamericanos que inventaron esta etiqueta.

La exposición El Víbora. Comix contracultural, organizada por FICOMIC, se puede visitar en el MNAC, Barcelona, hasta el 29 de septiembre.