Hace unos días nos dejó Luís Eduardo Aute, un hombre de aquellos que hacen que uno aún pueda mantener la fe en la humanidad a pesar de todo. Aute tenía el hábito de ser amable, atento y solícito con las personas de su alrededor. Y son muchos los que lo pueden atestiguar.

Conmigo siempre se comportó de una manera exquisita. Y en virtud de su encomiable generosidad pude mantener con él una relación epistolar que duró varios años. Compartimos casi una década intercambiando ideas, divagaciones, poemas, ilusiones y desencantos.

El autor, con Luis Eduardo Aute.

El interés fue mutuo, porque si a mí me cautivó su mundo musical, literario, pictórico y cinematográfico desde la adolescencia, a él enseguida el atrajeron mis escritos sobre Dalí. Unos escritos que yo le iba enviando, poco a poco, para no atolondrarle. Estos envíos míos avivaron una pasión común por el surrealismo que fue objeto de muchas de nuestras conversaciones. Un buen día le dije que quería escribir algo sobre su obra, y a él le pareció una buena idea. Incluso vislumbré en sus comentarios cierto entusiasmo. Me puse al trabajo y empecé a ordenar una ingente cantidad de notas que había ido tomando desde tiempos inmemoriales, prácticamente desde que tenía uso de razón. A la hora de la verdad, sin embargo, en el último momento, en el momento de concretar en un escrito todo aquello que tantas veces había pensado, meditado y construido en mi imaginación, fui incapaz de llevarlo a cabo. Seguramente porque, como decía Barthes, «on échoue toujours à parler de ce qu’on aime». Me pasaría como a Stendhal, que estaba tan deslumbrado por la belleza de Italia que fue incapaz de expresar con palabras todo lo que le sugería su objeto de pasión. Sea como sea, el hecho es que no supe o no pude distanciarme lo suficiente de aquello sobre lo que tenía que escribir. Y a pesar del esfuerzo que puse en conseguir el momento preciso y el estado más adecuado para la plasmación de un texto mínimamente elaborado y sustancioso que valiera la pena, no lo conseguí. Y con la llegada de otros proyectos y otros avatares profesionales, las notas quedaron apartadas a la espera de una próxima ocasión que nunca llegó, lo que ahora lamento profundamente. Porque me hubiera gustado compartir con él todo lo que hubiera escrito, sobre todo conociendo su acusada propensión a participar en el debate de las ideas, y entrar al trapo cuando le planteaba cualquier cuestión polémica que estuviera relacionada con el mundo del arte y la literatura, ya fuera de carácter técnico o conceptual.

Como todo creador de gran talla, Aute es un artista de una enorme complejidad, aunque no lo parezca a primera vista. Su imagen de cantautor –una palabra que detestaba– no jugó a su favor en este sentido, aunque sí que le permitió llegar al gran público. Si tenemos en cuenta la obra musical, plástica y literaria en su unidad podremos empezar a intuir la densidad de contenido que se establece en la relación de las diferentes partes que conforman el conjunto. Hasta ahora, sin embargo, no ha habido ninguna publicación que haya explorado con una cierta profundidad esta espesura temática en todas sus variantes expresivas. Sin duda, el libro más completo que se ha escrito sobre Aute es el de Luis García Gil, Lienzo de canciones (2016) una extensa monografía que, siendo al mismo tiempo una documentada biografía y una rigurosa aproximación a la obra de Aute, no pasa de ser una visión impresionista de su cancionero. Necesaria, encomiable pero insuficiente. La mejor exégesis del autor madrileño tal vez se encuentre en los numerosos catálogos de su pintura –que, por cierto, tuvo la amabilidad de enviarme personalmente a casa– donde la imagen del cantautor queda superada y donde podemos ver cómo aflora en su lugar la figura de un artista más completo e incisivo. Una figura mucho más sofisticada de la que dan cuenta otros autores como Gonzalo Suárez, Arturo Ripstein o Carlos Edmundo de Ory, por poner sólo unos ejemplos. Habitantes todos ellos, como Luis Eduardo, de un mundo de simulacros y fantasmas donde la realidad ha sido abatida por las fuerzas de la sinrazón.

 

La voluntad de transgredir la realidad e ir más allá siempre estuvo en su punto de mira. «Fuga» no es solamente el título de uno de sus mejores trabajos discográficos sino también un leitmotiv de toda su carrera. La inquietud de sentir la contrariedad de la vida y el escollo que supone la convivencia con el Otro lo llevaron a cuestionarse el hecho de existir y expresar sus inquietudes de las maneras más diversas. La suya siempre fue una sensibilidad a flor de piel que se tradujo en un acusado sentimentalismo de doble filo, porque repelió a unos, pero encandiló a muchos otros con quien estableció una fuerte conexión afectiva. Esta capacidad de tocar la fibra y llegar a los estratos más profundos del ser humano, convivía con otra faceta suya más cerebral que consistía en jugar con las palabras, forzando el lenguaje verbal, exprimiendo hasta el límite, a través de un mecanismo ultra-racionalista que él llamaba –me decía– «transrealismo reflexivo».

 “Una serie de constantes se van repitiendo a lo largo de toda su obra: la obsesión de la muerte, la sacralización del sexo y los efectos devastadores del paso del tiempo”.

Y así, desde la hiperestesia más conmovedora a la reflexión más racional, fue entretejiendo todo un imaginario de figuras y palabras donde se despliegan una serie de constantes que se repiten a lo largo de toda su obra: la obsesión de la muerte, la sacralización del sexo y los efectos devastadores del paso de los tiempos. Eros, Cronos y Tánatos. Nada nuevo en el fondo, pero sí en la forma. Tres ejes vertebradores que a veces se disgregan para coger protagonismo separadamente, y a veces se condensan en una sola imagen o en una sola idea. Tres ejes que también derivan en otros asuntos o temas adyacentes no menos recurrentes como podrían ser la conciencia aterradora de la nada, la concepción del yo como espejismo, la revelación del amor como artificio imaginario destinado a tapar el gran agujero por donde fluye la existencia, la autoironía y la distancia crítica que ésta exige, la imposición de la duda sobre la certeza y la consiguiente tendencia al escepticismo –sin que ello le impida ejercer la protesta constante y la crítica al poder–, o la continua divagación escatológica arraigada en una idea atea de Dios… Todo un abanico de intereses y motivaciones que gravitan alrededor de un anhelo de conocimiento tan irrefrenable como estéril, dada la imposibilidad de aclarar y disipar la incógnita de la vida.

En el mundo de la creación se pueden encontrar autores crecientes y decrecientes, los que van de menos a más y los que pasan de la abundancia más prolífica a una cierta degradación cualitativa o la pura esterilidad. Sin duda, Aute es de los primeros, y por eso pudo disfrutar de una madurez creativa excepcional. Sus últimos trabajos son realmente portentosos y admirables, y los podemos considerar como un testamento acorde con una trayectoria artística intensa, auténtica y honesta. El niño y el basilisco (2012), su última película de dibujos animados –que también adopta la forma de canción– es una fábula sobrecogedora que parece no tener otro objeto que el de penetrar aún más en el enigma de la condición humana. Aute nos habla de esta contradicción que conlleva habitar el mundo desde la ambivalencia que anida en el fondo de cada hombre. La verdadera batalla es la que libra el sujeto consigo mismo. El «espejismo del yo» a que se refiere en otros poemas y canciones, reaparece aquí nuevamente y encuentra su desenlace definitivo a través de una confrontación especular entre el autor, el niño y el monstruo. Todo un intrincado juego de espejos que a mí me lleva a pensar en el título de su primer poemario: La matemática del espejo (1975). Un epígrafe muy sugestivo que refleja de una manera muy ilustrativa la doble vertiente que abarca su obra: por un lado, la propensión irracional a despegar hacia el sueño y la imaginación, y por el otro, la tendencia a la reflexión más racionalista y crítica.

Que estas palabras, escritas a toda prisa en el silencio de la pena, sirvan para rendir el más sentido homenaje al amigo y al artista.