Antes de la necesaria retrospectiva que la Fundación Vila Casas abrirá el día 24 de enero en el Espai Volart de Barcelona, la galería Joan Prats se ha añadido a la conmemoración del décimo aniversario de la muerte de Josep Guinovart (Barcelona, 1927–2007) con una exposición que acentúa los aspectos más sutiles y poéticos del artista.

Una década después de su desaparición, se ha hecho más evidente que nunca la necesidad de revisar la obra de Guinovart, muy prolífica, y que en los últimos años de su vida estuvo muy presente en los espacios expositivos.

Sin embargo, por su espíritu heterodoxo y desbordado, la obra de este artista central del arte de posguerra en Cataluña merece nuevos puntos de vista, nuevos focos y nuevas reinterpretaciones.

A pesar de la etiqueta de ser una figura central del informalismo catalán, más que nada por la importancia de la materia en su obra, Guinovart tiene un sello inconfundible que lo hace único, muy ligado a la naturaleza y la tierra. Guino vivía el arte de manera apasionada y empujado por su pasión se convirtió en un explorador nato, que no se conformaba nunca, tanto en el ámbito de la investigación formal como en el compromiso social. Matérico, sí, pero Guinovart puede ser también pop a la manera de Rauschenberg, conceptual e incluso un artista del graffiti.

Estos aspectos están muy presentes en la exposición de la Joan Prats, galería con la que Guinovart estuvo siempre muy vinculado. La muestra, por tanto, también rememora la relación del artista con su galería barcelonesa, en concreto a partir de la primera exposición del pintor en la sala, la primavera de 1979, simultánea a dos exposiciones más: en la vecina (y desaparecida) galería Trece, y Materia-soporte-estructura en la Fundación Joan Miró.

La década que abarca la exposición, de 1975 a 1985, fue crucial en la obra de Guinovart, sobre todo por la utilización del barro como un material esencial, que actuaba como base en el soporte de la pintura, aportando los colores tierra que tan a menudo se asocian a la obra del pintor. Un viaje a Argelia y a Marruecos a finales del 1976 fue definitivo para que Guinovart incorporara el barro y las formas de la arquitectura popular del desierto en su obra, que en cierto modo conectaban con todo aquello rural y árido que ya formaba parte del lenguaje del pintor, sobre todo por la influencia de las tierras de Agramunt. Los paisajes norteafricanos, tan mediterráneos como los catalanes, reforzaron los rasgos formales de la obra de Guinovart. Eso sí, en la exposición no falta alguna obra con el azul esplendoroso del mar Mediterráneo, color que él aseguraba no haber encontrado nunca ni que encontraría nunca.

Guinovart despliega un mundo fantasioso de recortes de papel y cartón, manchas y arena.

Si el barro y el azul, mezclado con arena y semillas, terminan aportando un componente poético en el paisaje de Guinovart, es en una serie de una docena de obras de pequeño formato en la que el refinamiento es extremo. Muy poco vistas hasta ahora, en estas piezas Guinovart dibuja en una sencilla página de libretita de espiral, desde donde se despliega un mundo fantasioso de recortes de papel y cartón, manchas y arena. Son las pequeñas joyas de esta exposición, así como otras hechas con papeles arrugados. El contraste entre estas pequeñas piezas y una obra con apoyo de fibrocemento, tan peligrosa como aparatosa y ruda, que se expone en la sala grande de la galería, es una prueba del espíritu libre de Guinovart y de su poética abierta y contradictoria.

Guinovart. Materias en erupción: 1975-1985 se puede visitar en la galería Joan Prats de Barcelona hasta febrero.