Conocí a Arnau Puig de la mano del crítico Pep Vallés, cuando estábamos preparando la exposición de su hermano, el pintor Evarist Vallès, en el Museo del Empordà en 1999. Arnau estableció amistad con los hermanos Vallés en los años cincuenta, a través del intelectual Vicente Armendárez, y vino varias veces a Figueres para reencontrarlos. Evarist Vallès, con su hermano Pep y el pintor Bartomeu Massot lo visitaron cuando éste vivía en París.

Su lucha en la trinchera es, ha sido un gran ejemplo para todos nosotros; el no desfallecer nunca, la energía para salir adelante y su coherencia intelectual hasta el final. Su ejemplo es diáfano; su pensamiento, sus palabras, lúcidas, y su generosidad –nunca tenía un no, la puerta de su despacho siempre abierta, incluso en momentos complicados. Es y era un gran maestro para todos nosotros.

Arnau Puig en su despacho, 2013. Foto: Mariona Seguranyes.

En una de las últimas conversaciones que tuvimos, me desveló partes de su vida que hoy son historia de nuestro pequeño país, y me hizo entender hasta qué punto el arte es «la parte inconceptualizable de la existencia», una «fase previa del conocimiento que existirá siempre». Este misterio del arte es precisamente lo que lo hace tan grande.

Los orígenes de Arnau Puig explican su periplo, porque tal y como sostenía «la microhistoria es trascendental para la macrohistoria». Un abuelo obrero taponero de Calonge que bautizó a sus hijos con los nombres de «Justicia», «Libre», «Milton» ya su padre «Arnaldo, en recuerdo a Arnaldo de Brescia, personaje del siglo XIII que quiere instaurar la república en Roma. A mí me ponen por mimetismo Arnaldo, con la conciencia republicana».

Los años cuarenta son muy duros, y afirma contundente: «La situación económica de la familia es muy mala. No me hago niño de la falange». Inicia estudios en la Academia Cots, y de camino veía los quioscos con «libros, y periódicos, como el Destino; valía 0,70 céntimos y con el coste de cuatro viajes del tranvía me podía comprar el Destino «. Un día lee un artículo sobre la Ilíada, y descubre que era obra de un conjunto de poetas, no sólo de Homero: «El espíritu de los pueblos, el Volksgeist, hallar las leyendas. Hegel, decantación de la fuerza de los pueblos. A partir de entonces abandoné el peritaje mercantil. La familia era comprensiva». En la rica biblioteca del abogado Josep Maria Pàmies, para quien trabajaba, empezó a leer Voltaire, entre muchos otros, y luego pasó a la Biblioteca de Cataluña, conocida antes como la Biblioteca Central, a leer, consultar una ristra de obras fundamentales.

Conoce a Joan Brossa en 1942 a través de un amigo de Salamanca, y en 1946 ya son tres, Brossa, Joan Ponç, y él mismo, que se reúnen en la Plaza Molina y luego aparecen Cuixart y Tàpies. En 1947 con Brossa, Joan Ponç, Jordi Mercader, Francesc Boadella y Enric Tormo editan la revista Algol. Un año después constituyen Dau al Set con Antoni Tàpies, Modest Cuixart, Joan Ponç y Joan-Josep Tharrats. En 1949 se les une Juan Eduardo Cirlot. Tharrats «tenía una imprenta porque su padre era un poeta gerundense que se imprimía los sonetos, era un hombre que tenía esta sensibilidad, catalanista. Una Boston manual. Y podía tener papel, porque el papel iba por cupos, todo era dificilísimo». Dau al Set «avanza entre 1948 y 1951 con problemas internos». Y afirma: «Dau al Set es una convergencia que deviene divergencia. El único que no ha roto con nadie he sido yo, porque no molestaba a nadie. La primera ruptura es Tàpies-Cuixart, por competitividad del territorio, la segunda con Joan Ponç por competitividad del territorio, la tercera con Tharrats por competitividad, pero él continuó con la revista. Si tenemos una resonancia en Estados Unidos es gracias a Tharrats, porque la enviaba fuera, como al MOMA».

«Conseguí subsistir viviendo en el desván, en la chambre de bonne, sin agua ni nada.”

Las noticias de la vanguardia que recibe toda esta generación son muy escasas, durante la posguerra, sobreviviendo en medio de una dictadura. Y Arnau Puig destaca el número de la revista D’Ací i d’Allà de invierno de 1934, con artículos de Sebastià Gasch, J.V. Foix, Magí Albert Cassanyes, que venían de L’Amic de les Arts: «Hay artículos de Dalí, que aún pontifican, como los de fotografía en L’Amic de les Arts. Foix escribe el artículo sobre el surrealismo. Y nosotros recibimos estas revistas catorce años más tarde. De lo que hace Dalí en Estados Unidos, no sabemos nada, sólo los rumores”. Puig visitó a Dalí con el poeta Foix, desde el Port de la Selva en barco a Port Lligat, en 1948. «Yo fui con 22 años”. Le unía un gran respeto y admiración junto al poeta Foix: «Foix ha sido para mí un gran maestro, pero no comparto sus ideas filosóficas. Una cosa es el formulismo y la otra el contenido”.

El surrealismo al Dau al Set era autóctono, «la definición del surrealismo de Breton ya lo dice todo: ‘Automatismo psíquico puro, sin control ni censura de ningún tipo’. Ya lo leímos en los manifiestos surrealistas. El Dadaísmo ya lo practicábamos; es decir no, en contra de todo lo que te rodeaba. La imagen de la Mona Lisa, como una puta. La actitud dadaísta ya nos iba bien. Vamos a ver a Dalí como creador, tenía un elemento un poco molesto, nosotros éramos antisistema, pero él era un hombre del sistema”.

En cuanto a Joan Miró, «el mes de febrero o marzo de 1949 vamos a ver a Miró Brossa, Tàpies, Ponç y Cuixart, en el pasaje del Crédito. A mi me gusta el otro Miró, el del zapatón, de un expresionismo total, el de 1934».

En 1948, Arnau Puig marchó a Madrid para conocer y asistir a las clases de Ortega y Gasset, que le influyó.

De su etapa vivida en París entre 1954 y 1961, donde estudió sociología de la cultura y del arte en la Universidad de la Sorbona, consideraba fundamental el influjo del pensamiento existencialista: «en París, íbamos de galerías, sólo que ir a la calle ya era una lección. Allí lo consolido todo. Fui con una beca del Instituto francés, llegué a tener carte de séjour, me casé allí y tuvimos la hija en 1958. Jean-Paul Sartre, la determinación de la mentalidad del individuo a través de la información escrita. Conseguí subsistir viviendo en el desván, en la chambre de bonne, sin agua ni nada».

Su trayectoria vital y de pensamiento es generosa, en cierto modo todos los que la hemos conocido tenemos un pedacito de ese Arnau Puig enérgico, de reflexiones lúcidas, muy bien construidas, y sobrecogedoras. Se definía como un filósofo estrechamente relacionado con la ciencia. Una de las últimas veces que lo visité fue para grabarlo dialogando con su amigo Pep Vallés, conversando sobre estética y lenguaje, para un proyecto del Instituto de Estudios Ampurdaneses, fue realmente un diálogo profundo y enérgico, de gran pulsión vital. Hace falta distancia para poner en valor la riqueza y la complejidad de su figura, por encima de todo humana y aguda, con un toque de ironía hiriente y luminosa.

Cierro este artículo observando una tela circular con tachón de Evarist Vallès, y una de las obras con textura de Tàpies reproducida en un volumen. Puede que todos formemos parte de esta unidad sagrada del universo que se esconde detrás de la trilogía materia, sentimiento y conocimiento.

Gracias por tanto, por todo, Arnau.