Si ahora mismo tuviéramos ante los ojos una facticia Enciclopedia de reconocidos artistas falsificadores, el índice incluiría a creadores tan famosos como Miguel Ángel, Picasso, el padre de éste -José Ruiz Blasco-, e incluso al expresionista Manuel Viola.

El Buonarotti esculpió y vendió un cupido griego a un cardenal romano, Picasso dibujó toulousse-Lautrecs y steinlens, y su progenitor pintó frontales románicos. Viola, por último, trabajaba para Camilo José Cela y realizó un Miró que el de Montroig apuñaló con fruición.

Firmas de Steinlen… por Picasso.

Alceo Dossena (1878-1937) esculpió centenares de composiciones trecentistas y cuatrocentistas que compraban generosamente las universidades americanas.

Durante la década de 1930, Otto Wacker fue responsable de centenares de van goghs; Han van Meegeren (1885-1947) inventaba el primer periodo de Vermeer de Delft. Por cierto, llegó a venderle un falso al mismísimo Göring, y fue juzgado por colaboracionista… Cesare Tubino, que pintó por diversión la «Madonna del Gato», de Leonardo, tuvo tanto éxito en la Italia fascista que no se atrevió a descubrir la impostura.

Alceo Dossena, Madonna che allatta il Bambino, 1936.

En los cincuenta, Lothar Malskat añadió, mientras restauraba los frescos de la catedral de Lübeck, unos cuantos más, de propina -tan buenos que se hicieron sellos conmemorativos-. Y en los sesenta, Elmyr de Hory fue descubierto por primera vez… años más tarde, el mismísimo Orson Welles le dedicaría su último filme, Fraude. Poco después, David Stein -en realidad, Michel Haddad-, pintaba alegremente todo tipo de cuadros de la escuela de París. En la carcel, redactó sus memorias, Tres Picassos antes de desayunar. Su última fechoría consistió en pintar una colección entera de obras maestras impresionistas para el traficante saudí Adnan Khashoggi.

Han van Meegeren, en la cárcel, pintando Jesús entre los Doctores al estilo de Vermeer, 1945. Foto: Koos Raucamp. © Nationaal Archief.

Y el inglés Tom Keating, tras salir de la cárcel, se dedicó a enseñar la técnica de los grandes pintores que había falsificado, en un programa de la BBC. Casi al mismo tiempo, era detenido en Italia Giorgio Cegna, director de un asilo de artistas que se dedicaba a falsificar. Menos suerte tuvo Eric Hebborn, tras publicar su segundo libro en que contaba minuciosamente su labor como falsificador de pinturas barrocas: murió en Roma, en plena calle, víctima de una contusión en el craneo.