De entre todos los artistas extranjeros que expuso el marchante Josep Dalmau, Mela Mutermilch (Varsovia, 1876 – París, 1967), o Mela Muter, fue quien tuvo más incidencia en Catalunya.

A pesar de que sólo hiciera estancias puntuales, dejó una profunda huella. De hecho, es la única que –a parte del uruguayo Rafael Barradas– está representada en la colección permanente del MNAC con dos magníficos lienzos: el retrato del propio Dalmau y La Santa Família.

Mela Muter, La santa família, 1909. MNAC, Barcelona.

El año 1911, el marchante catalán de la vanguardia invitó Mela a exponer individualmente en su galería y la iniciativa tuvo un gran eco. Entre otros periodistas y críticos de arte, la inquieta feminista Carme Karr dedicó un amplio reportaje a la pintora en las páginas de la revista Feminalque dirigía. Un año después, Mela exponía de nuevo con Dalmau en una gran colectiva dedicada a artistas polacos.

A pesar de estar instalada en París visitó algunas veces Catalunya, Castilla y el País Vasco. Tal como explicaba desde estas misma páginas Cristina Masanés, en su crónica de la magnífica exposición actual dedicada a Mela en el Museu d’Art de Girona, en 1914 la artista estuvo poco más de dos meses en la ciudad del Onyar, en donde pintó algunas obras memorables y, tal como ya había sucedido en Barcelona, su presencia y su obra impactaron a los intelectuales de la ciudad. Rafael Masó y Xavier Montsalvatge le brindaron la posibilidad de exponer en la flamante sala Athenea. También allí conoció al pintor Pere Farró y frecuentó a Manolo Hugué, que, en esa época, estaba por aquellas tierras.

Mela Muter, Leopold Gottlieb, c. 1908-1911. Private collection, Barcelona.

Y gracias a esta estancia, fugaz pero fructífera, desde Girona se ha ido vindicando la figura de la artista polaca. En 1994 se organizó una primera exposición retrospectiva, aunque no era demasiado grande, a cargo de Mercè Doñate. Y desde Barcelona, hace un par de años, el MNAC, cuando el museo contaba como asesor a Juan José Lahuerta, encargó a la historiadora del arte, también polaca, Monika Polinska, compañera de Juan Manuel Bonet, el comisariado de una nueva y más completa revisión de Mutermilch.

Sin embargo, lamentablemente la iniciativa quedó interrumpida cuando Lahuerta dejó su cargo en el museo, y de nuevo ha sido Girona la que, desde su Museu d’Art, ha retomado la idea, bajo el comisariado de Glòria Bosch, Susanna Portell y Artur Tanikowski. Y cabe afirmar que la exposición gerundense es muy recomendable, amplia y bien documentada, y es una lástima que no vaya, también, a Barcelona para acabar de dar relieve a la iniciativa. En todo caso, vale la pena desplazarse al Onyar para visitarla.

Antoni Vila Arrufat, Joan Trias Fàbregas, 1918.

Mela, sin saberlo, y a parte de su declarado reclamo en tierras gerundenses y del reconocimiento absoluto de Dalmau, tuvo un ferviente discípulo sabadellense, el cual se enamoró de tal forma de su pintura que se influyó en ella durante casi una década y siempre tuvo presente la artista polaca, a menudo hablaba de ella y dejó buen testimonio escrito de ello: Antoni Vila Arrufat (Sabadell, 1894 – Barcelona, 1989). En realidad, el joven Vila anhelaba ser músico, y toda la vida llevó consigo la nostalgia de no haberlo sido, pero sus padres quisieron que él fuera pintor, como el patriarca de la familia: Joan Vila Cinca, y supieron manejarlo todo para que así sucediera. Del taller paterno, imbuido del plein air, Antoni pasó a estudiar en Llotja, en donde virtuosos pintores valencianos le enseñaron las gracias del costumbrismo y el luminismo meridional, los cuales, con el paso del tiempo, cuando Vila se sumergió en el academicismo, le proporcionarían un buen rédito. En un crescendo formativo, sus padres, gracias a una beca municipal, lo enviaron a estudiar a Madrid, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

El espíritu y la paleta de Mela rezumaban por los cuatro costados.

A su vuelta, hacia el 1917, el joven Vila dejaba atrás el zuolaguismo de salón, para acercarse a Joaquim Mir, el cual se había instalado, entonces, muy cerca de Sabadell, entre Santa Perpètua y Mollet del Vallès, y se había convertido en el faro de otras dos promesas de la joven pintura local: Joan Vila Puig y Rafael Durancamps. No sabemos si Antoni había visitado la exposición de Mela del 1911 cuando él estudiaba en Llotja, ni si vio la de Girona, del 1914, pero lo que sí es seguro es que conocía de primera mano, y con detalle, la obra de la artista polaca y, hacia 1918, hizo un giro radical en su trabajo.

Antoni Vila Arrufat, Ricard Marlet, 1919. Marlet family collection, Sabadell.

Fue en aquel momento cuando se declaró abiertamente seguidor de Mela y, gracias al nuevo camino, alcanzó uno de los momentos más esplendorosos de toda su trayectoria. La exposición que realizó en 1919 en las Galeries Laietanes lo reflejaba de una manera excepcional. El espíritu y la paleta de Mela rezumaban por los cuatro costados. Los retratos de sus amigos sabadellenses como Francesc Armengol Duran –el promotor de la urbanización Terramar de Sitges–, del grabador Ricard Marlet, del escritor Joan Trias Fàbregas, del ilustrador Josep Sanllehí, o del mismo Rafel Durancamps, entre otros, lo ponen de manifiesto, y también los paisajes de la ribera del Ripoll, con claras connotaciones con los de la del Onyar de Mela, o les figuras, maternidades y decoraciones murales de la época, con una pincelada fragmentada y vigorosa, dejando a la vista partes de la tela sin pintar y tonos opacos de azules, ocres, marrones, verdes y rojos aplicados con seguridad y desparpajo. Una producción espléndida y copiosa que acabaría velada por las maternidades y las bellas durmientes de los años treinta en adelante, indiscutibles hit paradede los mejores clientes de la Sala Parés.

Antoni Vila Arrufat, Rafael Durancamps, 1919. Private collection, Sabadell.

En plena etapa mutermilchiana, en 1920, Antoni se desplazó a París, tal como ya habían hecho Josep Togores, primero, y Joan Miró, después. Vila estuvo una temporada en la capital francesa, pero no le cundió demasiado, aún así pudo contactar con su admirada Mela, y quedó un poco sorprendido cuando ésta le confesó la gran admiración que sentía por Picasso, entonces ya convertido en bestia negra de la pintura catalana más inmersa en la tradición y alejada de la vanguardia. Sin embargo, la huella de la valiente Mela persistió en la obra de Antoni, aunque, con el paso del tiempo, quedaría mucho más suavizada, presente en los sabios fondos desdibujados de amables escenas acordes con el orden establecido.

El catálogo de Mela Muter editado por el Museu d’Art de Girona, además de dar a conocer de nuevo el resto de compañeros polacos que Dalmau también expuso, contiene muchas aportaciones francamente interesantes entorno a la artista y perfila al dedillo su gran impronta en Catalunya. Sin embargo, es una pena que el nombre de Antoni Vila Arrufat no aparezca por ningún lado, cuando en realidad, de entre todos, él fue quien mejor recogió sus enseñanzas.