No es fácil acercarse al arte cinético desde el mundo de la pantalla y del universo digital. Acostumbrados al paradigma del movimiento constante y líquido, las propuestas del arte cinético y su compromiso con el estudio del movimiento tienen algo de método antiguo, de procedimiento mecánico, de magia. Como si te hablaran de otros tiempos.

En La Pedrera lo han intentado. La exposición Obras abiertas. El arte en movimiento, 1955-1975 ha traído a Barcelona una amplia representación del cinetismo plástico y escultórico del siglo XX. Realizada por Jordi Ballart y Marianna Gelussi, la muestra se centra en el momento en que la denominación de cinético se popularizó, ya en los años cincuenta y sesenta, cruzándose con el minimalismo y con la estética del pop art. La lista es larga, con los clásicos de estos años como Jean Tinguely, Victor Vasarely, Lygia Clark o Carlos Cruz-Diez, que presenta una instalación cromáticamente transitable. Pero también actuales como Mona Hatoum o Ann Veronica Janssens. Con una amplia representación internacional pero también, aunque en estas latitudes el cinetismo no cuajó mucho, catalana, con Leandre Cristófol y Jordi Pericot, y española, con nombres como Eusebio Sempere.

Una visitante pasa ante la obra de Julio Le Parc Cloison lames réfléchissantes, 1966.

De los primeros, aquellos que en los años veinte y treinta ya quisieron salir del quietismo visual, la exposición incorpora menos obras, y hubiera estado bien, por la dosis de vanguardia que suponían y que, en los años cincuenta y sesenta, ya se había perdido. Tomemos tres momentos para entender de qué estamos hablando.

Primero. Naum Gabo –¡científico de formación!– escribe junto a Antoine Prevsner el Manifiesto realista en 1920. Primera invocación del arte cinético, con argumentos como la necesidad de acabar con el inmovilismo visual de la tradición artística y su condición de arte de élite, y otros que beben de la ciencia: “Miremos un rayo de sol… La más silenciosa de todas las fuerzas silenciosas y recorre más de trescientos kilómetros por segundo.”

Segundo. Marcel Duchamp no se contiene y, en 1926, toma una serie de discos ópticos y los pone a dar vueltas a través de una cámara de cine. Los intercala con otros donde escribe frases en francés a modo de anagramas, aliteraciones y paronomasias. Con su Anémic Cinéma –proyección que abre la muestra de la Pedrera– ha nacido un dada cinético. La idea de los discos ópticos lo persigue y, ya en 1935, deja que sea el mismo espectador quien accione los discos ópticos a través de un pequeño motor que pone a su alcance. Son sus primeros Rotoreliefs, mecanismos muy sencillos en que el ojo cree percibir una profundidad que la mente sabe que no es.

Y tercero. Alexander Calder consigue, en 1930, que sus piezas se muevan solas. Antes ha adelgazado la materia hasta reducirla a la mínima expresión: un hilo de materia. Es Duchamp quien pone nombre a las piezas: los mobiles. Y más tarde, es Jean Arp quien designa como stabiles las obras de Calder que descansa en el suelo.

Es útil ir al origen para entender las cosas. Si Naum Gabo articula una idea, los discos ópticos de Duchamp y los móviles de Calder marcan las dos grandes líneas por donde transitan las obras que se exponen en La Pedrera: las obras que generan sensación de movimiento y las que, en efecto, se mueven. Las primeras han dado lugar al op art o arte óptico, por donde se ha desplazado buena parte del arte cinético. Un arte que coloca al ojo humano en la tesitura de tener que discernir si hay desplazamiento de un cuerpo en el espacio o si se trata de una estratagema óptica para hacerle entender al cerebro que, en materia de movimiento y de percepción del movimiento, no tiene la última palabra.

Una visitante fotografía la obra de Alberto Biasi Dinamica ottica, 1962-1967.

Delante de algunas obras que se exponen en La Pedrera, tienes la sensación de hallarte ante un zoótropo, una linterna mágica o uno de los primeros cinematógrafos. Pocas veces he visto este ligero desplazamiento del sujeto que mira: ¿quién o qué se mueve? Visitantes encantados ante las obras que se prueban a desplazarse ligeramente hacia la derecha y la izquierda, hacia delante y atrás articulando un movimiento mínimo, muy mínimo. Umberto Eco apelaba a la idea de opera aperta en su ensayo de 1962, y de aquí el título de una exposición que le pide a quien mira que tome partido cerrando la obra, resolviéndola. ¿Se mueve o no se mueve?

Eppur si muove!, cuenta la leyenda que susurró Galileo Galilei tras negar ante la Inquisición el movimiento de la tierra. ¡Pero se mueve! Esta es la sensación que genera hoy el experimento que supuso, primero en los años veinte y sobretodo en los cincuenta y sesenta, lo que se denominó arte cinético. Saliendo de La Pedrera, volvemos al móvil, que quiere decir “aquello que no está quieto”. La muestra ha tenido la magia de los tiempos pasados.

La exposición Obras abiertas. El arte en movimiento, 1955-1975 se puede visitar en La Pedrera hasta el próximo 27 de enero de 2019.