Siempre me ha parecido que en Madrid la Fundación March hace las mejores exposiciones, más allá del Prado y el Reina Sofía.

Saben apostar por proyectos que se vertebran a través de una tesis sólida pensada por profesionales, y eligen obras de calidad. Todo ello explicado en textos y catálogos que soy capaz de entender.

William Kentridge, More Sweetly Play the Dance, 2015. Fotografía de la instalación. Cortesia de l’artista.

De joven, en los ochenta, a través de estas exposiciones descubrí a Schiele, Mondrian, Klee y Motherwell, entre otros: un aprendizaje de la modernidad. Y, últimamente, recuerdo haber visto las dedicadas a William Morris, Semper o Lyonel Feininger. Además, las conferencias online conforman un catálogo de las visiones más diversas y ricas que saben fusionar muy bien la erudición y la divulgación, cosa del todo inusual entre nosotros.

En Barcelona, todavía en los ochenta, teníamos las muestras de la Fundación “la Caixa” en el Palau Macaya, que mantenían el mismo tono que las de la March. Afortunadamente, hoy quien ha cogido el relevo es el CCCB. Ahí vi muestras míticas como Las casas del alma (1997) de Pedro Azara, Las literaturas del exilio(2005) de Julià Guillamon o, más recientemente, las dedicadas a Passolini Roma (2013) o Stanley Kubrick (2018-2019). El pasado sábado pasé una mañana de primera viajando por las visiones animadas de William Kentdrige (Johanesburgo, 1955), en una de las mejores muestras que he visto en la ciudad en años. Sus películas animadas son dibujos en movimiento llenos de poesía, que explican el arte del trazo como una evolución de la idea a la forma. Un viaje lleno de dudas donde el azar juega un papel fundamental.

El gran mural More Sweetly Play the Dance se encuentra entre las danzas de la muerte medieval y las sombras chinescas de los modernistas.

Nunca me ha interesado mucho el arte politizado, y utilizo esta palabra y no la de “político” entendiendo que todo arte tiene siempre algo de política. Politizado quiere decir que se instrumentaliza a través de la política, que es subsidiario de una visión ideológica del mundo. No entro en el discurso politizado que puede haber tras el conflicto del Apartheid que dibuja Kentridge, simplemente porque lo desconozco. Me fijo en cómo corren las imágenes a través del trazo, como se crean y se borran, metáforas de la memoria. No puedo dejar de mirar los grandes tapices donde figuras recortadas, con un eco de los carteles soviéticos de vanguardia, se disponen sobre cartografías antiguas. Me fascina el gran mural More Sweetly Play the Dance, que se encuentra entre las danzas de la muerte medievales y las sombras chinescas de los modernistas. Un friso en movimiento de cuarenta metros de largo que ocupa toda la segunda planta del centro, una obra a medio camino entre la instalación artística y las artes escénicas.

La obra de Kentdrigte tiene algo de hipnótica. Los ojos se imantaban con sus imágenes de Drawing for Projection, proyecto que empezó en 1989 cuando empezaba a desmantelarse el Apartheid. La relación entre el industrial minero, Soho Eckstein, y el poeta FelixTeitlebaun, alter ego del propio artista, narrada con imágenes que se van construyendo con el carboncillo y lápices de color azul y que se borran con la goma, dibujos que me recuerdan los de Goya o Kate Kollwitz. Influencia que se hace todavía más evidente cuando ves en directo los siete dibujos originales que se exponen. Un homenaje al inicio del cine, Méliès, para dibujar el paso del tiempo y la estratificación de la memoria.

Una oportunidad única para descubrir a este artista singular que ya vimos en la muestra del MACBA de 1999, y que podremos volver a visitar bien pronto en Lleida cuando en la Planta de la Fundación Sorigué se exponga su instalación antes citada.

Al salir, no entendí por qué la gente hacía colas para ver fotografías viejas en el World Press Photo 2020, en grupos concentrados de ojos sin bocas que cierran el paso y no dejan ver de cerca las imágenes. La muestra buena está arriba y éramos cuatro viéndola… Ahora que no nos dejan movernos, ver a Kentdridge es un viaje fascinante y enriquecedor. No se la pierdan (hay tiempo hasta el 21 de febrero de 2021).