En nuestra milenaria cultura, el dinero es como la mierda, no se habla de ella en público por educación. Puedes ser rico, inmensamente rico, pero no presumir de serlo. El peor insulto no tiene que ver con el oficio de alguien o el de su madre. No, el insulto más infame tiene que ver con el amor al dinero: «pesetero».

Y así nos va. Los reyes de Cataluña, a partir de Pedro el Grande, se hacían enterrar con hábito de franciscano, como si no tuvieran un real. Y si Rosalía proclama su amor por el dinero en F*king Money Man, enseguida debe cantar Dio$ No$ Libro Del Dinero. No sea que la tilden de «pesetera».

 

Y claro, llega Salvador Dalí y proclama su amor al dinero, sin complejos. Un dinero, por cierto, del que desconocía el valor. No sabía que un duro eran cinco pesetas. Literal.

André Breton, celoso integral y comunista de salón, jugando con el nombre y el apellido del figuerense, compuso en 1939 el anagrama Avida Dollars. A Dalí le encantó. Y C. Tangana se lo ha reconocido en un videoclip donde, literalmente, vuelan los dólares.

 

¿Qué problema hay en triunfar económicamente con tu oficio? Dalí ama el dinero y lo proclama haciéndose retratar por Philippe Halsman con dos billetes de 10.000 dólares (el valor más alto que existía en 1954). Para el transporte de los billetes y la sesión de fotos fueron necesarios dos guardias de seguridad armados.

Mirad si entendía poco Dalí, de dinero, que cuando vendía una obra se hacía traducir el precio a pesetas porque había más ceros. John Peter Moore, su representante, adquirió el gigantesco óleo La apoteosis del dólar (1965) sin que Dalí supiera que había sido él. Creía que vendía demasiado barato, y tenía razón.

 

A la izquierda de este cuadro, aparece su amigo Marcel Duchamp, uno de los padres del arte contemporáneo. Duchamp, no se dice mucho, no era de izquierdas. Era, como Dalí, un libertario conservador. Odiaba pagar impuestos. Se financiaba haciendo de intermediario en la compra-venta de obras de arte de vanguardia. Y convirtió lo artístico en algo tan absoluto y huidizo como el rocío.

Cuando en 1919 pagó 115 dólares a su dentista, Daniel Tzanck, con un cheque dibujado, el Tzanck Check, creyó que había realizado un excelente negocio. Años después, cuando la firma de Duchamp había aumentado de manera considerable, recuperó el cheque. ¿Cuál era su valor real? Actualmente, esta obra se conserva en el Museo de Israel, en Jerusalen. En la década de los sesenta, en Cadaqués, Duchamp firmó algún otro cheque en homenaje a la obra inicial. No consta que nadie lo fuera a cobrar.

Picasso firmó diez cheques, cada uno por valor de 100 francos.

John Peter Moore explica, en Flagrant Dalí (publicado póstumamente en 2009), que asistió a un encuentro con Picasso y el editor Skira el Château Madrid, en Villefranche-sur-Mer –en la Costa azul–. A la hora de pagar, Picasso, que tenía fama de tacaño, pidió la cuenta: 1000 francos. Entonces, firmó diez cheques, cada uno por valor de 100 francos. Moore le preguntó a Skira el por qué de aquella extraña maniobra. El editor le dijo: «¡Es un genio! Nunca cobrarán estos cheques. ¡Cada uno vale tres veces su valor gracias a la firma!»

 

Moore le explicó a Dalí lo que había presenciado, y el ampurdanés quiso imitar Picasso. Cuando fueron a Ledoyen, uno de los restaurantes más caros de París, hizo lo mismo… pero le cobraron. Y es que Dalí no tenía firma propia en los cheques, de eso se ocupaba Gala.

El único artista catalán que, literalmente, imprimió dinero, fue Josep Obiols. En 1936, poco después de comenzar la guerra civil, por encargo de la Generalitat, diseñó y se imprimieron billetes de 2,5, 5 y 10 pesetas.

El estado español, en cambio, ha impreso numerosas veces billetes de banco dedicados a pintores: Goya, Sorolla, Zuloaga, Santiago Rusiñol –el catalán que venía duros a cuatro pesetas–, Rosales o Julio Romero de Torres: su billete de 100 pesetas marrón estuvo en circulación entre 1953 y 1978, reproduciendo una obra, La Fuensanta, que nadie supo donde paraba hasta 2007. Se llegaron a imprimir 981.200.000 ejemplares.

Y al revés, el mejor alumno de Dalí, Andy Warhol, fue el primer artista en reproducir de manera seriada billetes de dólar en una pintura. Warhol, como Dalí, adoraba el dinero… pero era norteamericano y allí eso es normal.

Y como toda regla tiene su excepción, habría que mencionar aquí el filme Arte y magia de la acuarela (1981), protagonizado por el editor, acuarelista y cónsul honorario de Eslovenia en Barcelona Albert Estrada Vilarrasa. Según me contaba mi maestro Rafael Santos Torroella, que había sido amigo suyo –hasta que dejó de serlo–, la escena final del filme era digna del mejor videoclip de Rosalía: una pared con acuarelas del futuro cónsul bajo una lluvia, literal, de billetes de mil pesetas ¡F*king Money Art!