Todos los dirigentes tienen su hobby artístico: el presidente Clinton tocaba el saxofón, Nerón la lira, Alfonso XIII producía cine para adultos, Mao escribía poemas, Hitler, Churchill, Eisenhower y Franco pintaban.

¿Franco, pintor? Sí. La afición comenzó poco después de terminada la guerra civil. Varios pintores solicitaron pintarle retratos para centros oficiales. Franco se aburría e hizo poner un espejo detrás de los Gabriel Morcillo, Enrique Segura y Álvarez de Sotomayor de turno, para observar cómo trabajaban durante las largas y tediosas sesiones.

Franco, pintando.

Según explicó el dictador a Vicente Pozuelo, su médico personal, un día que Sotomayor se había dejado los pinceles en el Pardo, los cogió para pintar un lirio del jardín: «Cuando al día siguiente se lo enseñé y le dije que había empleado sus propios pinceles, Sotomayor, un poco sorprendido, me dijo: ‘¿Sabe que le ha salido muy bien? Debe continuar. «¿Qué coño le iba a decir, si no?

 

Franco descubrió en la pintura una afición tranquilizante. Pintaba del natural paisajes y retratos, y también copiaba obras de artistas que le gustaban. El Pazo de Meirás tiene su obra maestra, un óleo de cuatro metros de altura (o sea, dos Francos y medio).

Francisco Franco, Águila azor perdicera (Aquila fasciata).

Pozuelo recuerda que acompañó a Franco, durante el verano de 1968, a la inauguración del Museo Español de Arte Contemporáneo, en la Ciudad Universitaria de Madrid. De vuelta en el Pardo, el doctor le preguntó qué le había parecido. El dictador respondió: «Pues yo pienso exactamente igual que usted: eso no se pintura».

El almirante Carrero Blanco, era mucho mejor dibujante que Franco.

El nieto del dictador, Francisco Franco Martínez-Bordiú, explica que «cada tarde, después del café se encerraba un ratito a pintar. Era un gran dibujante. Algunos de sus cuadros eran copias de otros famosos, algún retrato de mi madre [María del Carmen Franco y Polo], su autorretrato. No eran excepcionales, pero sí de una calidad y realismo casi inalcanzables para la mayoría de los aficionados a la pintura».

Un barco en mitad de una tormenta. El último cuadro que pintó Franco.

Martínez-Bordiú explica también que, a raíz de un accidente de caza que sufrió la Navidad de 1961, Franco dejó de pintar: «Nos decía que le costaba mucho porque estaba acostumbrado a pintar sujetando la espátula con la mano izquierda y, tras el accidente, no podía aguantarla. Aunque sospecho que, tal vez fuera una excusa, pues en aquella época empezó a sufrir los primeros síntomas de Parkinson».

Dibujos de Carrero Blanco sobre hojas del Consejo de Ministros.

Por cierto, un miembro fundamental de su régimen, el almirante Carrero Blanco, era mucho mejor dibujante que Franco. En los consejos de ministros del «Caudillo», que debían ser tan banales como terroríficos, se entretenía haciendo dibujos y más dibujos.

Eugenio Merino, Punching Franco.

¿Se imaginan que un viajero del tiempo se hubiera presentado allí y les hubiera enseñado las esculturas de Eugenio Merino?