Como ocurre con las buenas películas o los buenos libros, la exposición de Gabriel Cualladó en la sede de la Fundació Catalunya La Pedrera permanece presente pasado un tiempo después de visitarla.

Gabriel Cualladó (1925-2003), figura esencial en la evolución de la fotografía española en la segunda parte del siglo XX pero poco visto hasta ahora en Barcelona, decía que quería mostrar lo que no era perceptible. El deleite en averiguar que es lo que hay de invisible en sus hipnóticas imágenes es esa sensación que queda en el visitante de que algo se le ha escapado detrás la mirada de un retrato o de un paisaje rural o urbano.

Sólo los grandes artistas consiguen que sus obras rezumen un misterio tan intenso. Cualladó, que siempre se definió como un fotógrafo amateur para afianzar su libertad creativa -y también por el hecho que vivía de un negocio de transportes que poco tenía de artístico-, no manipula nunca directamente las escenas, siempre próximas a su entorno personal, sino que, casi actúa como un pintor sobre el lienzo en blanco, pero en este caso sobre soporte fotográfico.

No es que Cualladó tenga algo de pictorialista, de ninguna manera. Pero el fotógrafo valenciano, trabajando intensamente en el laboratorio, rediseña el escenario y lo ilumina con fuertes claroscuros adquiriendo todo un cierto aroma a pintura barroca en blanco y negro. Fragmentos de absoluta oscuridad y el aire, sobre todo en la parte superior de la imagen, son una especie de emblema de la obra de Cualladó, pero también los encuadres fuera de toda norma en la fotografía convencional, sobre todo en algunas series como la que realizó en las calles de París en un viaje encargado por el comisariado de turismo francés con once fotógrafos españoles más. Son imágenes con peatones fragmentados o desplazados a un lateral de la imagen. Sobre todo en las imágenes urbanas -sean en Madrid o París-, las aceras y las paredes desgastadas por donde caminan o se apoyan los retratados, parecen infinitas. En fotografías como Guardia urbano (1957), el cielo ocupa casi tres cuartos de la imagen, mientras un personaje sobre un tejado, a lo lejos, parece dominar la escena en una especie de paisaje surrealista.

Y, por otra parte, ¡qué fuerza tienen las miradas de los retratados por Cualladó! Sean esquivas, sorprendidas o inconscientes. O la de la niña María José en el día de su Primera Comunión, que reposa la cabeza en una mesita, sea por cansancio o por emoción. A veces, en cambio, l’atención se centra en un gladiolo aplastado que ha ido a parar al lado de la novia durante la ceremonia. Cualladó es un maestro en captar la belleza de la melancolía.

Tiene razón el comisario de la exposición, Antonio Tabernero, que la obra de Cualladó es más del que mira que de su autor. Es absolutamente nuestra.

La exposición Cualladó esencial se puede visitar en La Pedrera, de Barcelona, hasta el 30 de junio.