De vez en cuando la Fundació Vila Casas tiene pequeños grandes aciertos a pesar de que, a menudo, éstos queden empañados por un exceso de eclecticismo y de hiperactividad expositiva, guiada por un criterio quizás demasiado amplio de miras.

Pero a veces ir holgado también tiene sus virtudes, y la actual exposición dedicada al pintor Manuel Duque (Nerva, Huelva, 1919 – Sabadell, 1998), con un montaje tan sencillo como exquisito y un comisariado excelente a cargo de Imma Prieto, es un buen ejemplo de ello. Hay que constatar, también, que el Espai Volart ha ganado mucho desde la ampliación de su ala derecha, en la planta baja, que es en donde se ubica esta magnífica retrospectiva del pintor sabadellense.

Vista de la exposición.

Manuel Duque. De la luz en el mundo es una buena revisión de un autor maldito, olvidado o desconocido por mucha gente, marginado en la historia del arte, tanto el catalán como el español y el internacional. La primera sala de la exposición capta muy bien este hecho. El espacio, que es grande, está vacío, a penas iluminado y, a parte del texto de presentación, tan solo hay una vitrina plana y, en el fondo, una pequeña fotografía de Manuel Duque como un simple visitante del MACBA. La vitrina, con luz interior, muestra un momento glorioso y fugaz del artista, cuando estaba en París en los años sesenta y tenía galerías al su servicio –primero la de madame Breteau y, luego, la de Romy Audouin– desde las cuales pudo desplegar sus teorías mesiánicas, con un punto de amarga megalomanía que iría aumentando con el paso del tiempo.

De este momento no hay nada en la exposición, porque poca cosa quedó, más allá de los dípticos de individuales y colectivas, en las que él expuso, al lado de los nombres más grandes de la abstracción mundial –y de algunos otros, también ahora olvidados–, y de su propia mitología, acotada a la tradición oral sabadellense de unos cuantos amigos o de fieles admiradores.

Manuel Duque, Sin título, 1956.

La segunda sala es monocroma, y las obras están agrupadas por series, hay pocas y muy bien elegidas, como en el resto del montaje. Es la parte dedicada al inicio de la etapa abstracta de Duque desplegada en París, a mediados años cincuenta, en donde se había instalado gracias, al también pintor sabadellense, Joan Vilacasas, con el que mantuvo amistad durante los primeros tiempos de su estancia en la capital francesa. Es la etapa que el pintor denominaba nuagisme y que debía tanto a Jean Fautrier como a J. M. William Turner. Esta doble mirada al presente y al pasado sería una de sus constantes a partir de entonces. Y de las nubes, pronto pasaría al grafismo, acercándose a Cy Twombly y Henry Michaux, pero también a la caligrafía oriental, con unas obras nítidas y concisas.

Manuel Duque, Sin título, 1959.

La tercera sala es un estallido de color y corresponde al momento eufórico del Grup Gallot, en el paso de la década de los años cincuenta a los sesenta. Y justo aquí aflora, con acierto y desparpajo, el trazo enérgico y el cromatismo desgarrado de Willem De Kooning. Esta etapa se puede relacionar con la obra coetánea del resto de componentes sabadellenses del Gallot, especialmente con la de Antoni Angle, artista más maldito aún que Duque, porque al revés que éste, que siempre se mantuvo fiel a sus principios estéticos, a pesar de no tener reclamo, Angle se traicionó a sí mismo, abrazando la pintura comercial y anodina de paisajes, bodegones y retratos para ir tirando, justo a partir de los años sesenta. Pero aquí, solo se trata de la vindicación de uno de los artistas del grupo.

Manuel Duque, Sin título, 1960.

La sala cuarta, y final, está dedicada a los últimos años del pintor, cuando tuvo un cierto bienestar y reclamo, aunque siempre en el ámbito local. Hay una gran elipsis temporal, la que corresponde a la citada vitrina del inicio. En esta sala el color se unifica de nuevo, y se limita prácticamente al verde, amarillo y negro, con una infinidad de gradaciones, como un retorno al nuagisme, pero esta vez fijado en la tierra y la naturaleza. El gesto violento, salvaje y espontáneo del Gallot se ha domesticado por el lirismo y la admiración atenta de la pintura inglesa y francesa del siglo XVIII. Los fondos de los retratos de Thomas Gainsborough, están constantemente latentes en los óleos de los años setenta y ochenta, para ir dando paso a los de las escenas de Jean Honoré Fragonard, mucho más relamidos, que corresponden a los últimos tiempos de la producción duquiana, marcada siempre per el lema propio que el artista constantemente repetía: “rehabilitar la pintura”, enfrentándose a menudo y de forma beligerante, aunque no exenta de ironía, a las nuevas tendencias artísticas.

Manuel Duque. De la luz en el mundo se puede visitar en los Espais Volart de la Fundació Vilacasas hasta el 30 de diciembre de 2018.