En 1990, el filósofo argelino Jacques Derrida dejaba escrito que «en el origen está siempre la ruina» [À l’origine il ya la ruine].

De hecho, esta podría ser la frase que, como un marco, abrazara los grabados y las fotografías que la galería Artur Ramon Art acoge con la exposición Piranesi-Rivas. Grabados y fotografías, en la que se quiere establecer un diálogo entre la obra de dos artistas distantes en técnica y tiempo, pero guiados por una misma pulsión.

Giovanni Battista Piranesi, Veduta del Tempio detto della Tosse su la via Tiburtina, 1763.

Giambattista Piranesi (1720-1778) fue una figura polifacética –gravador, anticuario, arqueólogo, arquitecto y escritor– que, a través de sus grabados, recreó el espacio de una Roma onírica, poderosa y personal que poco tenía que ver con la realidad de su tiempo. A caballo entre el Rococó y el Neoclasicismo, se aferró a una modernidad avant la lettre y abandonó los postulados académicos de la mímesis para explorar las posibilidades a veces proto-surrealistas de su imaginación. Por ello, encarnado en un torrente de fuerza y convicción, dejó de lado la naturaleza muerta habitual para plasmar una arquitectura de tipo espectral que quería retratar el rostro desfigurado de la memoria.

Humberto Rivas, Granollers, 1983.

En sus grabados, Piranesi parte en busca de un paraíso perdido y, desde la melancolía, construye castillos en el aire. El grabador veneciano inserta el buril sobre la plancha y abre una herida en el transcurso de la historia. Con todo, Piranesi se anticipó a sus contemporáneos y creó un imaginario de las ruinas que luego definiría la modernidad.

Giovanni Battista Piranesi, Veduta del Piedestallo dell’Apoteosi Antonio Pio, 1774-1779.

Por ello, el fotógrafo Humberto Rivas (1937-2009) parece seguir el atajo abierto por Piranesi y recoge los frutos que el artista italiano dejó dispersos por el camino del arte. Rivas, nieto de inmigrantes portugueses e italianos establecidos en Argentina, se exilió en Barcelona a raíz del golpe de estado de 1976, que sometería su país a un clima de violencia y represión del que él no quería formar parte.

Humberto Rivas, Granollers, 1983.

A lo largo de su obra, Rivas escarba en sí mismo y, reabriendo heridas, congela una nostalgia antigua hecha de voseo y mate amargo. En su caso, el blanco y el negro se convierten en las dos tonalidades posibles, el umbral cromático donde se instala cómodamente para afirmar que, en el fondo, la vida transcurre en un claroscuro de límites desdibujados.

Giovanni Battista Piranesi, Dimostrazioni dell’Emissario del Lago Albano, 1764.

La importancia de la obra de Rivas recae, a pesar de la aparente contradicción, en todo aquello que calla pero que, más allá del ladrillo, constituye la huella del tiempo. La carencia y la pérdida dan paso a una arquitectura del silencio que habita el espacio sin estar. La ruina es sólo la vía hacia el autorretrato, en busca de una identidad perdida y a medio construir, que parece reencontrar en los edificios abandonados que inmortaliza. Por ello, sus fotografías son de aquí y de ninguna parte, y habitan una afrontera de geografías a menudo difíciles de localizar.

Humberto Rivas, ST, 1979.

Con todo, la huella, el resto, la ceniza, la ruina, en definitiva, la restance derridiana, son la obsesión que bombea de manera persistente tras las obras de los dos artistas expuestos. Ambos, en camino de soledad y hablando el lenguaje de las ruinas, trazan sobre la fragilidad del papel el cuerpo de la ausencia y, con ella, se reafirman en la negación de un origen único.

La exposición Piranesi-Rivas. Grabados y fotografías se puede visitar en la galería Artur Ramon Art, de Barcelona, hasta el 17 de abril.