Cuando Carles Guerra, director de la Fundación Antoni Tàpies, presentó la obra de tan bello título Escribiré una canción y la cantaré en un teatro rodeada por el aire de la noche, de Hannah Collins, se refirió a la artista como una fotógrafa que había sido reconocida internacionalmente por la dimensión documental de sus fotografías. Sin embargo, poco después subrayó, con alta sensibilidad, que aquellas fotografías tenían una textural táctil y emotiva.

Así es, en las fotografías de Hannah Collins se da una doble particularidad: la razón conceptual y política, y la fuerza lírica y evocativa, singular. Ella misma pidió a unos niños jugar en un teatro que es pura arqueología contemporánea. Pone el canto, a través de la fotografía, a una arquitectura funcional muda.

Hannah Collins, Hassan Faty Day 6.

I

Hannah Collins (Londres, 1956) se dio a conocer a finales de los ochenta en la Matt’s gallery de Londres con unas obras que sorprendieron por su formato de gran pintura de museo y por el estilo naciente de la «fotografía construida», renovando y desplazando las imágenes de realismo y dando una gran eficacia al género y la técnica de la fotografía como regeneradora de calidad estética y nueva percepción de la realidad. «Amor, melancolía, lujuria y leyenda» eran los cuatro elementos constitutivos de sus narraciones detenidas. De gran impacto, la alta calidad de la reproducción en el blanco y negro se igualaba a las temáticas pobres. De una chica tocando un violín electrónico dentro de un cuarto con colchones por el suelo y por las paredes, o el gesto de un personaje de circo y magia manteniendo en equilibrio unos platos rodando sobre un bosque de palos. Hasta las mesas puestas con manteles blancos y vacías, como círculos en espacio de desasosiego, o las nubes volátiles y esponjosas que nos evocaban la potencia y la pureza de la quietud en la imagen fija.

En Barcelona, donde vivió entre 1989 y 2010, apartándose del punk londinense y la vida acelerada dominada por las fluctuaciones políticas derivadas de la supeditación a la economía del crecimiento, dio continuidad a su posición poética a través de una cierta objetualización pobre de alta carga sensible. Aquella fragilidad de sueño y de pinturas oscuras y de mundo mudo dio un giro, tras la importante retrospectiva que le dedicó el Centre d’Art Santa Mònica, en 1993, hacia una búsqueda de lo originario y auténtico, en culturas limítrofes del gran curso de la historia: los paisajes industriales y naturales en la nieve de Polonia tomaron una majestuosidad del exterior de la soledad. A la hora del eclipse, los tiempos se eclipsaron, en Stonefree, en la exposición que se vio en el Tinglado 2 del Puerto de Tarragona: un gran mural con el techo de Santa María del Mar, las montañas fantasmagóricas de Montserrat y el Atlas. El riguroso y oportuno trabajo fotográfico en color sobre Els aparadors de Barcelona, recogido en un libro clave, captaron los últimos instantes de una Barcelona que murió para siempre.

Con el color, en lugar de ir hacia la realidad, construyó la imaginación y el equilibrio que explicitó con las fotografías cotidianas y de calle de Calcuta. En la viveza idiomática del multicromatismo nació el documental y el cine, una manera de entender la construcción azarosa de la vida, fuera del objeto artístico. En el filme La Mina (2001-2003) se situó en una cultura y comunidad –la gitana– donde encuentra las claves de un hermetismo sígnico diferenciado y las posibilidades de una narrativa, de microcuentos. La valentía de la artista solitaria de rastrear el mundo premoderno y sus latidos de vida sin esperanza va paralela a un cine nuevo de múltiples pantallas en el espacio de los museos. La edición del libro Finding, Transmitting, receiving (2007), culmina el desplazamiento de la fotografía, entendida, ya no como captadora de realidades, sino como escritura que supera la superficie bidimensional que le era otorgada por la perspectiva humanista. La sensualidad igualaba el documento, la estética se encaraba a la política.

Después de un filme en la Rusia rural, Collins, atenta al desplazamiento de la mirada del mundo, realizó en Paral·lel tres historias diarias de tres inmigrantes del África subsahariana en Europa, expulsados de sus puestos y de su contexto. El filme habla desde dentro, del realismo no-simbólico, común, de la fuerza del vivir. El cine como lugar para la performance de los protagonistas de la sobrevivencia de la vida y del lugar de los orígenes como impulso. El nómada «posmoderno» de finales de siglo XX pasó a ser «el inmigrante» y «el exiliado» en el mundo global.

La edición del trabajo único de The fragile Feast donde captaba productos naturales que serían transformados por el trabajo culinario artístico, llevó a la artista a localizar los lugares originarios en las geografías del mundo. Similar, la investigación a partir de un chamán para fijar en la fotografía las potencialidades no-visibles de las plantas medicinales, nos habla de un mundo perdido en la cultura contemporánea: los restos de una cultura ancestral en la naturaleza (Gal. Joan Prats, 2019). La obra de Collins, pues, se mueve entre las cualidades potenciales de lo que es específico a la estética con lo que es principio de realidad y que vive como política fuera de la política del presente.

II

La exposición Escribiré una canción y la cantaré en un teatro rodeada por el aire de la noche, está ubicada en la planta sótano, de la Fundació Tàpies, donde habíamos visto recientemente la obra Roi soleil, de Albert Serra, a la que ésta sigue como si conformaran un mismo ciclo.

En las escaleras de la Fábrica de lo sensible, como quien baja a la tumba de un recinto sagrado, una fotografía de una mano que teje hace de enlace a sistemas distantes. Es un tema recurrente en Hannah Collins, el de fotografiar la mano, como quien encuentra en ellas una expresión del gesto y la identidad personal, al tiempo que un valor de enlace universal. La mano como tema del retrato, como lo fue el rostro. En un mundo tecnificado que tiende hacia la robótica y las prótesis, la mano todavía nos habla siempre de la temperatura del cuerpo, y el afecto en una cultura humanizada. La mano que teje o la mano que canta o la mano que lee.

A oscuras, podemos seguir un breve vídeo de poco más de veinte minutos que da título a la muestra. De hecho, es una cadena de fotografías fijas introducidas en el tiempo y proyectadas como un filme. Tres agrupaciones, separadas por un escrito literario de la autora (en árabe e inglés) donde se reivindica como mujer (en un país donde la mujer vive alienada), giran alrededor, en primer lugar, de las influencias arquitectónicas de un entorno, y después de dos proyectos arquitectónicos, modélicos, deshabitados. Se trata de dos grandes proyectos del arquitecto egipcio Hassan Fathy (1900-1989), el realizado en Nueva Gourna (1945-1947) y el de Nueva Baris (1965-1967).

De nuevo, Collins, como la artista romántica que arriesga en el viaje para encontrar el lugar del alma, se desplaza, sola y heroica, no sin dificultades, para percibir la utopía de lo que sobrerresiste fuera de la historia. En este caso, preguntándose cómo construir hoy, sea arquitectura sea arte, reencuentra en Fathy unas soluciones a la vez políticas y sensibles sobre una arquitectura del lugar y de la sostenibilidad. Reconstruye el curso del tiempo y en el curso del tiempo, una historia sobre historia para llegar hasta la modernidad. Y el punto suspendido.

Los escombros como retrovisor del presente.

Collins retrata, con fotografía digital automática, la vida humana en Tebas, a la orilla del Alto Nilo, donde los habitantes vivían del expolio de una necrópolis, allí mismo donde se construyó la Nueva Gurna. Los escombros como retrovisor del presente. La propuesta del arquitecto de crear junto a las viviendas un espacio social urbanizado, con teatro al aire libre, mercado cubierto, mezquita, escuela y almacén de agua potable, no fue aceptado por los nuevos residentes. De hecho, el proyecto, adaptado al lugar, corresponde a la voluntad de metodología racionalista social y universal que se aplicó en la arquitectura en toda Europa, seguidora de las investigaciones prácticas de Le Corbusier, y que encontró continuidad, en ese mismo momento, al terminar la Segunda Guerra Mundial, en la expansión del modelo en Brasil y Sudamérica. La Ciudad Funcional que buscaba dinamizar la economía y la sociedad local, en un modelo de trabajo y libre comercio, fracasó. Quedan las formas y las técnicas, los materiales y las texturas. Volúmenes y barro seco.

Aún, Collins visitó, a tres horas por el desierto desde Luxor, Nueva Baris, una ciudad en medio de uno de los cinco oasis. La ciudad nueva, seis años después de haberse iniciado su construcción, fue abandonada debido a la guerra del sesenta y siete. Collins encuentra en el fracaso, en la interrupción, el punto desde el que retomar un camino hacia un futuro sin futuro. Nos sentamos en el suelo, mientras las imágenes nos impactan planas y en secuencia, en un gran colchón comunitario de lino. Nos sentamos, como quien dice, en la pantalla. La vindicación de la estética se convierte en una vindicación política.

Para acentuar el dispositivo estético, en la sala paralela, encontraremos dos fotografías de gran formato que complementan el documento. Un muro y una puerta. Estamos ahora en el arte analógico, de fotografía de placa. Un arte, quizá también, que cae fuera del hiperpresente tecnológico, pero que a través de su mirada constructora da valor al objeto pobre que subjetiviza.

Quien esto firma se siente fascinado por lo sensible, aquel punto donde la poética de la modernidad registra y despliega la experimentación a partir de un conocimiento abandonado, original y originario, inocente. Collins, como una nómada, recorre el mundo no-visible, fuera del campo de la documentación, en busca de aquello que es básico, principio originario de la fuerza de la creación. Quién sabe si el viaje interior de Tàpies el lector, no era, cuando bajaba a su taller de artista, partícipe de una misma poética que la de la Collins fotógrafa: un arte contra la estética desde la estética.

La exposición de Hannah Collins, Escribiré una canción y la cantaré en un teatro rodeada por el aire de la noche, se puede visitar en la Fundació Antoni Tàpies, de Barcelona, hasta el 13 de octubre.