Un anticuario es un cazador de obras de arte, alguien que busca o sigue las piezas obsesivamente hasta que las logra. No las mata, las cobra. Me asomo a este mirador para narrar algunas de estas aventuras que no pasan en la sabana africana en busca del león sino en los pisos de Barcelona y alrededores donde se esconden obras de arte dormidas, olvidadas, sepultadas por la tiranía de lo útil y lo moderno.

Historias de anticuarios y de famas, sí, parafraseando al gran escritor argentino Julio Cortázar, que escribió este libro legendario en 1962. Cuentos fantásticos, surrealistas, en los que los famas encarnan el poder, la clase alta que dirige los bancos, es decir, el país; y los cronopios son figuras al margen del sistema, asociales, románticos y medio poetas.

Giovanni Battista Piranesi, Via Apia t Via Ardeatina, de Le Antichita Romane, 1756

¿No son los anticuarios los cronopios del mundo de hoy? Personajes en busca del tiempo perdido, obsesivos compulsivos que coleccionan unas obras para luego desprenderse de ellas, especies en peligro de extinción como el tigre de Amoy o el leopardo de Arabia.

Los cronopios o anticuarios entramos en las casas a través de los avisos. Cuando el cuerpo del padre de familia que tenía el dudoso gusto de coleccionar aún está caliente, la viuda, triste pero siempre expeditiva, y los hijos, más necesitados de dinero que de memoria, se apresuran a llamar al anticuario para que vaya a ver las obras que ha dejado. Uno llega con su mochila, que debe contener como mínimo una libreta, un boligráfo, una cinta métrica, una linterna y una pequeña lámpara ultravioleta como si fuese el médico de cabecera. Pero aquí no hay que visitar al enfermo porqué ya ha muerto sino que hay que ver sus obras, las que coleccionaba, testigos físicos de un vicio que no compartía. Los pisos huelen a putrefacción humana y ambientador barato y dejan el aire de las estancias cargado de desolación y nostalgia.

Después de una breve presentación te pones manos a la obra. Cuando tragas saliva la garganta se encuentra con las partículas de polvo, que raspan y provocan tos. Agradeceríamos entonces tanto un simple vaso de agua, pero éste nunca llega. La convención social se limita al mínimo. No eres un amigo, ni siquiera un desconocido; eres un sospechoso, alguien del que desconfían al instante aunque hacen ver que no es así. Cuando salía en la televisión, al entrar en aquellos pisos ya tenía mucho ganado, había estado allí antes que mis competidores a través de la imágen proyectada en la pequeña pantalla. Había estado, lo sabía, y confiaban. Ya ganaba antes de empezar.

Ya habrá tiempo de explicar en posteriores capítulos o posts lo que pasa después, de cómo encontramos las piezas, de cómo las negociamos, del difícil camino que va del anonimato a la atribución, de los recelos con otros colegas, de los engaños, de la mentira como motor de esta comedia humana que es cazar obras de arte en tiempos modernos.