En uno de los vídeos de la exposición Arquitectura y Crítica dedicada a la trayectoria de Ignasi de Solà-Morales lo vemos diciendo: “La arquitectura es agresiva contra el territorio, contra el material, al que violenta, manipula, fuerza, retuerce; es violenta contra las formas existentes, contra los tipos y los modos existentes. Toda arquitectura fundante se basa en la violencia y tiene en su interior no tanto una construcción sino también inseparablemente una destrucción”.

Se trata de su conferencia Anyway impartida en el CCCB en 1993.

Vista de la exposición. Foto: Pep Herrero.

Diría que se puede usar esta lectura sobre la violencia como dispositivo para entender buena parte de la exposición de La Virreina Centre de la Imatge o, lo que es lo mismo, del legado intelectual y crítico de Ignasi de Solà-Morales, arquitecto nacido en 1942 en la ciudad de Barcelona, hijo de una familia de arquitectos entre los que se destacan su abuelo Joan Rubió i Bellver, su padre Manuel de Solà-Morales i de Rosselló y su hermano Manuel de Solà-Morales i Rubió, miembro destacado de la comunidad académica y profesional de la arquitectura desde los años setenta hasta su abrupta muerte.

La trayectoria de Ignasi de Solà-Morales (Barcelona, 1942 – Ámsterdam, 2001) ejemplifica algunos de los rasgos más significativos de una cierta tradición arquitectónica estrechamente vinculada a Barcelona y caracterizada por el hecho de reunir, sin unos límites muy claros, el pensamiento sobre la cultura, el patrimonio y la ciudad. En su trabajo, pensamiento, práctica arquitectónica e incidencia en la esfera pública es un todo sin solución de continuidad.

Desde su actividad académica a sus proyectos de rehabilitación de edificios emblemáticos como el Pabellón Alemán de la exposición de 1929, conocido como Pabellón Mies, la posición del autor es fruto y a la vez motor de un momento en que, superada la modernidad, se buscan explicaciones (siempre fragmentarias y descentradas) a los problemas concretos del mundo contemporáneo.

Es una exposición de archivo donde hay, sobre todo, documentos, facsímiles, reproducciones de planos, registros fotográficos y en vídeo, ejemplares editoriales, etc. Son exposiciones que siempre se muestran ásperas al visitante. La principal tarea del comisariado, en este caso a cargo de Carmen Rodríguez y Pau de Solà-Morales, debe ser hacer narrativo un grupo de piezas forzosamente inconexas entre ellas e ilegibles por separado, tanto en formato como en temática. Debemos entender que nadie, salvo algún experto o estudioso del autor, dedicará a la visita el tiempo necesario para leer todos y cada uno de los documentos expuestos.

Vista de la exposición. Foto: Pep Herrero.

Por tanto, el montaje expositivo, realizado por el estudio Cadaval & Solà-Morales, tiene que trabajar en un contexto bastante complejo, mostrar piezas pero a la vez generar un entorno. La mayoría de los visitantes se llevarán una idea general del contenido. Los documentos no son lecturas para el visitante, sino imágenes que apoyan el discurso. Los fragmentos de estas lecturas, aquellos que eran pertinentes y señalados, son extraídos y aumentados para poder ser leídos. Aquí, el todo supera claramente a las partes. Y en este punto vuelvo al inicio. Solà-Morales defiende que, contrariamente a lo que se nos ha dicho desde las tesis del movimiento moderno, la arquitectura no es un mediador, ni un dispositivo de participación. Por lo contrario, y como decía al principio, ve en todo acto arquitectónico un acto violento: “En realidad toda operación de arquitectura es una imposición, una colonización que implica violencia”. Añade que, como arquitectos, sólo caben tres tipos de actitudes ante este contexto: la sumisión, la delincuencia y la resistencia.

El montaje de la exposición es un acto de violencia.

El montaje de la exposición de la que hablamos es un acto de violencia, sin duda. Se impone al visitante (como cualquier formalización expositiva), y condiciona su lectura, incluso el movimiento de los cuerpos y su deambular por el espacio; fuerza perspectivas, miradas del sesgo y te obliga a posturas extrañas para ver según qué partes. La duda es si lo hace desde el poder hegemónico, desde la incorrección del vandalismo o desde la complicidad resistente. Hablo con Eduardo Cadaval y Clara Solà-Morales sobre esta sensación de extrañamiento para ver partes de la exposición y me dicen: “Hay una voluntad clara de diseño de mostrar que la lectura de estos textos (como cualquier texto de teoría) supone un esfuerzo. De hecho, en todas nuestras exposiciones, siempre hemos colocado las piezas un poco bajas. Creemos que el visitante que realmente quiere ver/leer una pieza, tiene que hacer un mínimo esfuerzo; la información, siempre, por no ser imagen, requiere un esfuerzo del visitante “.

Vista de la exposición. Foto: Pep Herrero.

Sin embargo, diría que el mundo de Ignasi de Solà-Morales, incluso desde la cultura de archivo, aguanta esta o cualquier otra disposición en el espacio y su visita será igualmente reveladora. No en vano, el eclecticismo y la revisión de la historia alejada de dogmas y lugares comunes lo llevaron a salir bien parado de callejones como la rehabilitación del Liceo, el estudio de la Exposición Universal o a sus exposiciones sobre Duchamp o Rietveld. Precisamente, sobre esta última exposición del diseñador holandés, leemos en el programa de mano: “…planteó la reflexión sobre la reproducción de una obra, entendida como un ejercicio de superación de la mímesis y como una oportunidad para plantear «un trabajo de investigación, la recomposición de un proceso de diseño y la posibilidad de comprender íntimamente un método». El desarrollo de esta idea en el pensamiento del arquitecto es fundamental para reconstruir un camino que, más adelante, seguiría en futuras intervenciones, rastreando el proceso que había seguido un autor y llegando «hasta la intimidad de la obra, una vez se ha arrancado la estructura profunda»”. ¿Y no es justo esto lo que debe hacer una exposición?

Mientras visito este espacio de La Virreina, miro por la ventana el Mercado de la Boquería y no puedo dejar de ver paralelismos entre la exhibición de la columna cruciforme del pabellón Mies de 1929, hallada durante las excavaciones de diciembre de 1984, con los embutidos que cuelgan al otro lado del cristal. En el texto Arquitectura débil Solà-Morales habla de una arquitectura que no es importante ni soberbia, porque es la única capaz de escapar de la banalidad y la autorreferencia de la posmodernidad. Y mientras yo reflexiono sobre ello y sobre la inherente soberbia de la viga de Mies Van der Rohe, expuesta como arqueología contemporánea, los turistas toman fotos a los embutidos. Violencias.

La exposición Ignasi de Solà-Morales. Arquitectura y crítica se puede visitar en La Virreina Centro de la Imagen, de Barcelona, hasta el 12 de mayo.