Antes de que acabe el año de la conmemoración del centenario de la muerte de Alexandre de Riquer (1856 – 1920), dejémonos seducir por su propuesta estética, en la que palpita un aliento espiritual.

Figura gigantesca en el marco del Modernismo, este pintor, poeta y artesano ofrece la luz de su arte a nuestro siglo entre lo posmoderno y lo que está por venir, en la era más tecnificada y robotizada de la humanidad.

Riqueriana inspirada en el exlibris Miquel Utrillo.

Un aspecto a explorar del arte de Alexandre de Riquer es la influencia del japonismo en su obra. Atractivo que ha impulsado su estudio en el ámbito académico. Esta misma seducción ha espoleado una delicada obra artística que dialoga: los ikebanas elaborados por Roser Pintó inspirados en obras de Alexandre de Riquer.

Roser Pintó (Barcelona, 1955) ha sido directora de la Unidad Gráfica de la Biblioteca de Cataluña. Actualmente es la presidenta de la Asociación Internacional Aduana de las Artes (AIDA), asociación que tiene como finalidad el fomento del arte y la literatura. El año 2017, Pintó publicó Transferències (Parnass Ediciones), un libro de poemas en el que la autora incluye una selecta colección de tankas y haikus que respiran el mismo espíritu que sus ikebanas.

Riqueriana inspirada en la portada de la revista Luz, 1898.

Para introducirnos en el tema, recordemos a la periodista Claude Mandraut cuando afirma que «el japonismo encendió la imaginación cuando Japón se abrió a los intercambios en 1854». La imaginación de los artistas del mundo occidental, que en aquella época estaban estancados en el academicismo. La consagración del japonismo llegó con la profunda impresión que causó el pabellón japonés en la Exposición Universal de París en 1878. Entonces, el público ya empezaba a ser receptivo a una estética que había llevado a «los artistas a descubrir la naturaleza como fuente de inspiración: animales, insectos o flores en su elemento natural», dice Mandraut.

Fatigados de las reglas que imponía la academia, los artistas con instinto renovador enseguida se sintieron «fascinados por la capacidad de los japoneses para captar el movimiento con el trazo del lápiz, por olvidar los efectos de la perspectiva, por permitirse la asimetría y por situar los temas con toda libertad».

Riqueriana inspirada en el cartel del Salón del Pedal, 1897.

El término «japonismo» fue utilizado por primera vez en 1872 por el crítico Philippe Burty. Una mezcla de estilo gótico y de japonismo caracteriza el Art Nouveau o Modern Style, movimiento que en Cataluña tomó el nombre de Modernismo. Alexandre de Riquer, dibujante excelente que bebió de las fuentes prerrafaelitas y del japonismo, es un destacado representante de las Artes Decorativas del Modernismo.

Riquer se sintió atraído por este estilo «antirrealista» en «paralelo a la temática simbolista idealista», escribe el estudioso Eliseu Trenc, el cual pone la fecha de 1895 a este cambio de estilo en la obra riqueriana con el que obtuvo un gran nivel artístico. En el mismo sentido se pronuncia el estudioso Ricard Bru: «Artista representativo de la época del modernismo y, al mismo tiempo, un espejo de los gustos estéticos de su tiempo, (…) la presencia del arte japonés y el impacto del japonismo (…) tuvo también un efecto evidente y bien patente en los intereses y la trayectoria de Alexandre de Riquer, hasta el punto de que una parte destacada de su obra no se puede comprender sin tener presente la fascinación que profesó por las artes de Japón».

Riqueriana inspirada en el cartel Mosaicos hidráulicos Órsola Solà y Cia., 1898.

Comentando el ex libris a nombre de «Paquita» (Francesca Bonnemaison), en otro lugar he escrito que, influido por la estética japonesa propuesta por James A. MacNeill Whistler, «en sus trabajos, Alexandre de Riquer también adopta con entusiasmo las composiciones verticales (makemono), que son propias de las artes de Japón, así como la simbología vegetal (ikebana). Y hace uso de las tintas planas y también de los dibujos perfilados, tal como se ven en las xilografías de Hokusai, a quien tanto admiró».

Tomando como inspiración la composición vertical o makemono y la simbología vegetal del ikebana, Alexandre de Riquer diseñó el ex libris con el nombre familiar de «Paquita» en el que aparece el dibujo de una de una amapola. La belleza sencilla y estilizada de este ex libris de 1902 es de una modernidad que lo hace intemporal.

La atracción de los modernistas por Japón y el japonismo se ha mantenido en el tiempo.

La atracción de los modernistas por Japón y el japonismo se ha mantenido en el tiempo, impregnando también el campo de la literatura con el cultivo de la tanka y el haiku, que en Cataluña enseguida tuvo seguidores. En este sentido, escribe Enric Balaguer sobre las «resonancias orientales» en nuestra literatura: «A lo largo del siglo XX, hemos vivido una gran ola de importaciones orientales de factura muy diversa: religiosa, espiritual, médica, psicológica, dietética…».

Tanto en el campo del arte y de las artes gráficas como en el de la literatura, estas resonancias e influencias son fuente de inspiración también en el campo de las artes florales como el ikebana, palabra que significa «mantener vivas las flores», y que también se conoce como Kado, o «el camino de las flores», una práctica del budismo zen.

Riqueriana inspirada en el cartel Quarta Exposició del Círcol de Sant Lluc, 1899.

El ikebana, o el arte de arreglar flores –si bien también se utilizan ramas, hojas, frutos y semillas y tiene un propósito estético–, es fundamentalmente un método de meditación que está conectado con el paso de las estaciones y los ciclos de la vida. Quien practica el ikebana se sitúa en esta dinámica del arte efímero, así como también se adentra en la reflexión del tiempo. El ikebana es una expresión creativa, si bien tiene unas leyes internas que rigen su forma, a menudo un triángulo escaleno definido por tres puntos principales que simbolizan el cielo, la tierra y la persona humana conectadas. No menos importante es la elección de la cerámica situada en la base para completar la armonía de la composición. En la actualidad, el ikebana también puede ser una muestra de arte vanguardista, rompedor y explorador de nuevas formas, como se ve en algunas de las realizaciones de Roser Pintó con sus riquerianes, como llama a sus ikebanas en homenaje a los motivos florales en las obras gráficas de Alexandre de Riquer.

Hace falta un sentido natural del espacio en el arreglo de un ikebana, en paralelo a una actitud adecuada para transitar este «camino de las flores». Talentos que se dan en el cálido y sereno temperamento artístico de Roser Pintó. Así, se ha dado una feliz correspondencia entre Riquer y Pintó, que a través de la elaboración de sus ikebanas ha creado un conjunto de formas artísticas de una sutil espiritualidad que hace hincapié en la manifestación de una imagen minimalista que casa tradición y modernidad en armonía.

A través de un lenguaje artístico sutil y elegante, Riquer –un artista del Arte Moderno que también cultivó la poesía–, y Pintó –una artista poeta contemporánea–; con un objeto floral pintado u orgánico comunican al espectador lo humano y lo divino de la naturaleza, el espíritu que en ella respira.