Dalí se lamentaba ante una obra de Alexander Calder: «si una sola cosa se le puede pedir a una escultura es que no se mueva» … Por el contrario, el de Figueres era un gran amante del op art y de todo tipo de efectos ópticos que provocaran parpadeos sobre la retina del espectador.

No puedo dejar de pensar en Dalí, el arte que se mueve y la retina torturada mientras me cuelo por las salas de la planta noble de La Pedrera, una opera aperta avant la lettre que acoge la exposición Obras abiertas. El arte en movimiento, 1955-75.

Nos recibe una proyección de Anémic Cinéma (1925) de Marcel Duchamp, una serie de discos más hipnóticos que ópticos firmados con el heterónimo Rrose Sélavy. Y, pocos metros más adelante, una escultura de Calder, Typographie (1972) nos avisa -como un guardagujas- de las sacudidas que pronto recibirá el más preciado de nuestros sentidos, la vista.

Vista general de la exposición.

Los comisarios de la muestra, Jordi Ballart y Marianna Gelussi han reunido, bajo uno de los techos más ondulados de la historia del arte, obras de treinta y siete artistas que tomaron parte de una revolución internacional que eclosionó entre los años cincuenta y sesenta en Europa. Según afirma la nota de prensa, «las obras giran en torno al concepto de apertura, de movimiento y de espacio, alejándose de las categorías tradicionales de la pintura y la escultura y del objeto convencional, a través de la experimentación y la búsqueda de nuevos materiales y soportes, y la apertura del espacio artístico «. Lo transcribo tal cual porque yo no sería capaz de decirlo mejor.

Estamos ante una muestra que reúne obras hijas de su tiempo, claro, pero también de urgencias y vértigos: la aceleración del tempo histórico, la evaporación de dogmas y certezas, la irrupción de la tecnología en los aspectos más íntimos de la vida cotidiana, una reacción al componente romántico del expresionismo abstracto y la deificación de la experiencia artística … Y a pesar de que ha pasado medio siglo de este arrebato, la mayoría de las piezas ha envejecido con dignidad (excepto Calder, claro).

Carlos Cruz-Diez, Chromosaturation, 1965-2018.

La selección y clasificación de las obras es arbitraria, pero dentro del posibilismo a tener en cuenta a la hora de montar una exposición. Esto no es un «museo imaginario», hay un presupuesto y obras con mayor o menor disponibilidad.

Amenaza todo momento al espectador, como una sombra inquietante, el concepto de opera aperta acuñado por Umberto Eco en 1962, un concepto tan abierto que se puede interpretar de más maneras que combinaciones tiene un cubo de Rubik. Ars combinatoria sin espacio para la metafísica.

Marina Apollonio, Spazio ad attivazione cinetica, 1966-2018.

Nuestra visión periférica se activará ante los Vasarely, Le Parc, Dadamaino y Marina Apollonio; recordaremos viejos amigos del Ampurdán, como Jean Tinguely o François Morellet; glorias locales como Leandre Cristòfol y Eusebio Sempere; subiremos y bajaremos escaleras inciertas de Gianni Colombo; redescubriremos gigantes conceptuales de la categoría de Hans Haake, los malabarismos magnéticos del griego Takis … y como traca final, atravesaremos un laberinto de colores –Chromosaturation (1965-2018)– de Carlos Cruz-Diez, capaz de convertir un Pantone en el mapa del país de las maravillas.

Opera aperta. Obra abierta … Si lo pensáis, es un concepto cercano al del célebre gato de Schrödinger. Todo vale mientras no abramos la caja…

Obras abiertas. El arte en movimiento, 1955-1975 se puede visitar en La Pedrera hasta el próximo 27 de enero de 2019.