La densidad de técnicas, materiales y contenidos que se pueden llegar a concentrar en una sola pieza de Josep Guinovart es casi infinita.

Si, por ejemplo, tomamos una pintura en concreto, El corazón de la era (2003) -y no es de mis preferidas de las más de ochenta que se han incluido en la exposición retrospectiva que ocupa toda la superficie de los Espais Volart de la Fundación Vila Casas-, las lecturas se solapan: hay granos de trigo -un material que incorpora a partir del 1957-; aparece el azul luminoso que lo caracteriza; dibuja como un grafitero; e incorpora un mecanismo relojero que marca los segundos en el centro de la era representada, en un gesto en los límites del cinetismo, el conceptual y el pop-art. La era, el espacio rural por excelencia, marcando el ritmo del tiempo del universo.

Josep Guinovart, El cor de l’era, 2003. Col·lecció particular.

El título de la exposición Josep Guinovart. La realidad transformada es acertado ya que el artista barcelonés, fallecido en 2007, se dedicó con su arte a intentar transformar el mundo, tal como lo veía, tal como lo percibía, tal como quería que fuera. Comisariada por Llucià Homs, esta es la exposición que cierra un año de conmemoraciones con motivo del décimo aniversario de la muerte del artista. Aunque siempre aparezca como un artista informalista, Guinovart es de mal etiquetar y esta exposición lo demuestra con el acierto de no haberla montada cronológicamente. En la muestra encontramos la pintura desbordada más allá de la superficie pictórica y las incrustaciones de objetos al estilo de Rauschenberg aunque con un espíritu más íntimo que el del estadounidense.

Josep Guinovart, Contorn-Entorn, 1976. Fundació Privada Espai Guinovart.

Se han recuperado instalaciones emblemáticas como la bella Contorno-Entorno, que en 1976, sorprendió al público de la desaparecida galería Maeght con un bosque de troncos pintados y tuneados. Se exponen algunas de las obras pintadas sobre uralita, dignificando un material barato pero altamente tóxico. Años después, cuando las víctimas por la uralita ya eran muchas, Guinovart utilizó el mismo soporte en la obra Trabajadores de la Rocalla (1997) para denunciar uno de los genocidios laborales más brutales de los últimos 50 años.

Josep Guinovart, Mapa dels EUA, 1978. Fundació Privada Espai Guinovart.

A veces la obra de Guinovart puede llegar a cargar pero también a hipnotizar como ocurre con obras magistrales como Rastrillo (1975). También necesita de filtros de calidad -¿se tenían que incluir en la muestra las vacas de madera del año 2000?- pero también es una obra que invita a mirar, a traspasarla, a hablar con quién tengas al lado. Sin una intención de serlo claramente, el arte de Guino es participativo y eso es rabiosamente contemporáneo.

Guinovart es “víctima de su propia energía”.

Tiene razón el poeta y crítico de arte José Corredor-Matheos, uno de los más fieles defensores del artista, cuando inicia un poema de 1999 dedicado a Guino con el verso: Sale la vida a borbotones. Sí, el arte sale a chorro de la obra de Guinovart, a veces como una llovizna fina, a veces como un chaparrón ensordecedor. Como sucede con otros creadores muy prolíficos, Guinovart es “víctima de su propia energía”, como asegura el comisario del Año Guinovart, Àlex Susanna, pero también como todos los grandes artistas, continúa interpelándonos una década después de su muerte.

Josep Guinovart. La realidad transformada se puede visitar en los Espais Volart de la Fundación Vila Casas, de Barcelona, hasta el 19 de mayo