Una exposición colectiva sobre el tiempo aúna filosofía y arte contemporáneo en Can Felipa. Con nueve artistas y un título heideggeriano que dice “¡Perder el tiempo y encima procurarse un reloj para este propósito!”.

En el espacio fabril de Can Felipa, Alán Carrasco (Burgos, 1984) ha colgado unas hojas con las cifras de muertos por accidente laboral en el Estado español en el año 2018.

Julia Montilla.

En esta antigua nave textil convertida hoy en espacio expositivo, Júlia Montilla (Barcelona, 1970) documenta, en una obra en curso que sigue creciendo, la pérdida de derechos laborales de distintos colectivos de Barcelona en los últimos años. Donde había habido los telares de la antigua Catex, Christina Schultz (Múnich, 1972) y Juan Luís Moraza (Vitoria, 1960) comparten sus eslóganes sobre la sociedad del trabajo como una sociedad del dolor: Hay que dejar de trabajar / Hay que trabajar el dejar, escribe Schultz, y Work Is (All) Over, ironiza Moraza. Y así hasta nueve propuestas de arte conceptual excelentemente seleccionadas por Clàudia Elies (Barcelona, 1990) y Marc Mela (Mataró, 1989). Resultado de la convocatoria anual de comisariado de Can Felipa, la primera aporta su bagaje en arte contemporáneo y el segundo su formación en filosofía y física.

Christina Schultz.

Su mensaje no es fácil. Cuando encontrar trabajo sigue siendo una necesidad urgente para buena parte de la población, reivindicar el final de la tiranía del trabajo requiere alguna aclaración, como bien hacen los curadores en su texto. Vayamos por partes.

El tiempo nunca ha sido un tema fácil para la filosofía ni para el arte. En su memorable Historias de cronopios y de famas, Julio Cortázar ya avisaba que cuando te regalan un reloj, no tan sólo te hacen entrega de un objeto, sino que eres tú quien eres regalado al reloj. Condensaba así esta extraña materia humana que es el tiempo. Aquello en que también había insistido Martin Heidegger: la capacidad únicamente nuestra de anticiparnos al futuro o de no salir del ayer (dejando escapar a menudo, digámoslo todo, la intensidad del presente). No es que vivamos en la conciencia del tiempo; es que la temporalidad nos habita, como recuerdan algunas de las obras de la exposición.

Pero la muestra va más allá de esta constatación existencial. La exposición insiste en la perversa asociación entre tiempo y capitalismo. O si se quiere, entre una vivencia del tiempo únicamente como tiempo productivo y el rédito que de ello saca el capital. Si bien las naves del Poblenou se vaciaban con la sirena después de nueve y diez horas de trabajo mecanizado, los y las proletarias dejaban los telares allí dentro. Pero, con el capitalismo tardío, cuando la producción ha pasado a depender del conocimiento o la creatividad, se ha extendido a todas las horas del día y la noche. Sencillamente porque se ha asociado al pensamiento y la mente no para nunca. Es el trabajo intangible y cognitivo, que revoca la antigua distinción entre otium et negotium convirtiendo todas las actividades humanas en una carrera productiva. Trabajarse el cuerpo, las emociones, programar las vacaciones… Es el “tiempo disciplinario y el trabajo absoluto”, como cuentan los comisarios en un texto que hace crecer las obras.

Reducir la vivencia del calendario a puro cálculo numérico.

Volviendo a la exposición, mientras los vídeos de Mariona Moncunill (Tarragona, 1984) condensan bien este régimen desaforadamente productivo mostrando la férrea disciplina de una sala de máquinas de un gimnasio; Alberto Gil Cásedas (Zaragoza, 1991) se concentra en nuestra enfermiza relación con el calendario marcando los días como se ha hecho en todas las prisiones del planeta (cinco o seis palos verticales y uno que los tacha). Aunque él utiliza un lápiz blanco encima de papel blanco. El único testimonio de su gesto inútil son las virutas del lápiz que nos muestra como una ofrenda al absurdo que supone querer reducir la vivencia del calendario a puro cálculo numérico.

Javier Peñafiel.

Hace ya años que Edith Piaf cantaba su mítico Je ne veux pas travailler. Y hace más tiempo aún que Friedrich Nietzsche lanzaba la propuesta atroz y valiente del eterno retorno: vivir cada momento como si quisiéramos que se repitiera eternamente una vez y otra. En esta línea de otros imaginarios del tiempo, Javier Peñafiel (Zaragoza, 1964) ensaya, en Can Felipa, un nuevo calendario. En lugar de los siete días de la semana y los doce meses del año, el suyo incluye los días propios, los impropios, los comunes, los similares y los singulares. Prueben a practicarlo. No es una invitación a perder el tiempo, lo que nos proponen en la exposición. Es un intento de pensarlo. Y pensándolo, quizás le demos la vuelta.

Le exposición ¡Perder el tiempo y encima procurarse un reloj para este propósito! se puede visitar en el Centre Cívic Can Felipa, de Barcelona, hasta el 13 de abril.