Parece paradójico que Joan Brossa, el poeta que proclamaba su ateísmo uniendo un crucifijo con una hélice, visitara a una médium. No era creyente, pero le gustaba lo desconocido como posibilidad y como juego.

La Fundació Joan Brossa da cuenta de la centelleante relación entre Josefa Tolrà y Brossa en la exposición La mèdium i l’artista. Una conversa astral entre Josefa Tolrà i Joan Brossa, comisariada por Sandra Martínez y la incansable investigadora Pilar Bonet, que lleva ya años dedicada al estudio y la divulgación de la obra de la peculiar artista.

Vista de la exposición La mèdium i l’artista.

Las razones que llevaron a Brossa, junto con otros compañeros del Dau al Set en los años cincuenta, a visitar a una modesta viuda de Cabrils que decía comunicarse con unos “protectores” de ultratumba, una mujer de esas de falda y pañuelo negros –como la fotografió Leopoldo Pomés–, que vehiculaba la angustia de la pérdida de los seres queridos a través del dibujo de espirales extendidas en el tiempo de duelo, en tinta sobre cualquier papel o como pequeñas puntadas de buena cosedora, era sencilla: si le caías bien, contaba Brossa, te contestaba a lo que le preguntaras. No se le hubiera ocurrido cobrar nunca por ello. Cerraba los ojos, se agarraba a una elemental silla con las manos y con voz traspuesta daba respuestas siempre inesperadas, encriptadas y a veces paradójicas, llenas de mágicas polisemias: “La pintura es un correo de tipo práctico”. Este estilo de frases no era extraño en la poesía paradójica de Brossa ni en su sobrio teatro que proyectaba, alentado por su fascinación por el escapismo y el transformismo del actor italiano Leopoldo Fregoli. No en vano, Josefa se metía en el papel de sus fugaces “protectores”, adoptaba diferentes personalidades y hablaba por boca de ellos.

Josefa Tolrà bordando manteles de seda en su casa de Cabrils, 1956. ® Associació Josefa Tolrà.

Brossa aprendió de Foix que había que saber construir sonetos cada día, no solo para construir enrevesadas sextinas, sino porque para romper las normas hay primero que conocerlas bien. De Dadá recogió el uso de imágenes oníricas, encadenadas entre sí mediante asociaciones inconscientes, que recogen por ejemplo sus Fogall de sonets (1944-48). Las lecturas de Jung, Freud y el ocultismo de salón se habían hecho imprescindibles para todo aquel que quisiera explorar las posibilidades del arte desprejuiciado y antidogmático. Brossa, que en su juventud había sido vendedor de libros prohibidos, también era un asiduo lector de textos esotéricos y conductistas. Pero no se limitó a aprender de ellos, sino que llevó a la práctica el mandato freudiano de matar al padre para negar dependencias; combinando el misterio de lo onírico con la magia del ilusionista, asumiendo el juego de palabras y el truco racional para generar una poesía explosiva, capaz de disolver la barrera de las artes, como buen artista de vanguardia, pero desde su personal óptica de poeta. A partir de ese momento, el dibujo y el grafismo, los objetos de consumo, las sombras chinescas, los guiones de cine, la música armónicamente aporreada y el transformismo de entarimado, se transformarán en herramientas para sugerir en el espectador lo que en ocasiones no podía decirse abiertamente durante el franquismo.

Josefa Tolrà, Las Hadas, sin fecha. Colección particular. ® Associació Josefa Tolrà.

De alguna manera Brossa representaba, corregido y aumentado, todo aquello que evocaba la Barcelona canalla antes del franquismo, aquella ciudad que sentía el imperativo de Rimbaud de ser absolutamente moderna en la que llegó a haber en el año 25 un “Cabaret de la muerte” al mejor estilo del Cabaret du Néant parisino, en el número 72 de la Avenida Paralelo, en el sótano del Cabaret Sevilla, de macabro postureo, bebidas de ultratumba, ilusionistas, mentalistas y chicas vamp. Brossa había quedado fascinado por los cabarets que visitaría años más tarde en París en donde el espectáculo socarrón, pintado de prostíbulo, aliviaba con ironía el dolor político; de modo que hizo de Christa Leem, la artista que revolucionó el striptease de los años 70, su gauche divine. Christa Leem actuaba en el Cabaret Barcelona de Noche, mítico local nocturno del barrio chino que en ocasiones concentraba más celebridades por baldosa que los palcos del Liceo, especialmente cuando la programación de éste había terminado y absorbía su público.

Cabaret Barcelona de Noche.

Pero hay que recordar que los inicios del local se hunden en la Barcelona del año 36 cuando el garito, junto con el Cabaret La Criolla, visitado a principios de los años 30 por celebridades como Ingrid Bergmann, David Niven o Simon Wells y destruido por una bomba en el 38, era frecuentado por las flappers más famosas de la ciudad, chicas de vida distraída, pelo despeinado y falda corta que fumaban y se besaban. Allá por los deprimentes años cincuenta, el barrio se transformó en un sórdido prostíbulo de putas baratas y marines sedientos. Algunos cuentan que en esas calles surgió la expresión pollas en vinagre por el uso del acético como antiséptico de urgencia por parte de las chicas.

La Barcelona de la segunda mitad del siglo XX, la de Brossa, absolutamente moderna, la del Dau al Set como una apuesta imposible y la del Club 49 como preludio de ZAJ, abre de nuevo la posibilidad de lo incómodo antes de que lo inadaptado se volviera canónico, y lo alternativo se hiciera un impostado modo de vida. Brossa, como Josefa Tolrà, llevó una vida sencilla dedicada al arte del jeroglífico que, lleno de lógica estimulante, escapaba a toda liturgia impuesta por poderes religiosos y seculares. Podemos decir que ambos podían regirse por las dos conocidas máximas del poeta: “Conozco la utilidad de la inutilidad y tengo la riqueza de no querer ser rico”.

La exposición La médium i el poeta. Una conversa astral entre Josefa Tolrà i Joan Brossa se puede visitar en la Fundació Joan Brossa, de Barcelona, hasta el 31 de mayo.