Del dietario inédito de Rafael Santos Torroella, entrada correspondiente al 18 de noviembre de 1951.

Santos está colaborando con los gestores de la Primera Bienal Hispanoamericana, inaugurada en Madrid el 12 de octubre de 1951. La Bienal, cuyo secretario general es el poeta Leopoldo Panero, es una iniciativa del Instituto de Cultura Hispánica, dirigido Alfredo Sánchez Bella.

El escultor Joan Rebull i Torroja en el jardín de su casa en Barcelona con la escultura La Ben Plantada. Álbum familiar de Raimon Rebull i Farré.

“Por la mañana, lluviosa y desapacible, al Palacio de Cristal del Retiro. Como no está [Leopoldo] Panero me voy con [Josep] Llorens Artigas al Gijón a tomar un café. Cuando llegamos a la Bienal resulta que hay allí un recado de [Alfredo] Sánchez Bella para mí. Quiere verme. Es la primera vez que formula tal deseo y me sorprende. ¿Qué querrá?

Me voy al Instituto de Cultura [Hispánica] en compañía de Suñer, [Luis] Monreal y [Juan Ramón] Masoliver. Tenemos que hacer mucho rato de antesala, durante la cual llega Llorens. Al cabo, entramos todos. Panero está allí también. Yo me quedo un poco al margen porque escucho que tratan del jurado y los premios de la Bienal, en lo que no tengo parte.

Después, nos quedamos a solas, Sánchez Bella, Panero y yo.

– Mira Torroella -me dice el primero-, te he llamado porque he recibido una carta conteniendo una denuncia contra [Joan] Rebull. Me han dicho que tú tienes una revista francesa en la que se habla de la participación de Rebull en una exposición antifranquista de París. Quisiera que me proporcionaras esa revista. ¿Puedes hacerlo?

Como sé que se trata de parar el golpe, y de ver cómo se saca del apuro a Rebull, no me opongo a ello.

– La tengo en Barcelona. Pero la pediré.

– ¿Recuerdas de qué se trata, exactamente?

– Sí. De que los escultores [Apel·les] Fenosa y Rebull tomaron parte en esa exposición a beneficio de ‘la resistencia interior en España’.

Sánchez Bella, visiblemente contrariado, suelta un taco. Veo que, efectivamente, el premio a Rebull era cosa convenida entre éste y, por mediación de Masoliver, Sánchez Bella.

– La cosa es grave -comenta irritado Alfredo-. ¡Qué asco de mundo este de los artistas! Así no se puede hacer nada…

La denuncia, claro, procede de otro escultor. Seguramente, por lo que he podido ver, al igual que Panero, de Carlos Ferreira. Éste estaba indignado al ver que se le daría el premio a Rebull, precisamente por ser del otro bando y como precio por su participación en la Bienal.

«A eso no hay derecho, que a ese le premien por rojo y a mí no, habiendo hecho toda la guerra al lado de Franco».

– A eso no hay derecho, comprenderás -me dijo en una ocasión-; que a ese le premien por rojo y a mí no, habiendo hecho toda la guerra al lado de Franco, siendo capitán de regulares y estando tres veces herido en campaña…

Panero y Sánchez Bella quieren arreglar el asunto:

– Aquí, lo único que cabe -dice el último- es que Rebull publique unas declaraciones en favor de Franco, que vengan a ser como una retractación. Porque si le van con el cuento al Caudillo, al que el arte le importa tres puñetas, la cosa no tendrá remedio.

Yo doy mi opinión:

– Creo que, en todo caso, no sería conveniente que Rebull hiciera públicas esas declaraciones. Mucha gente no sabe nada ni tiene por qué saberlo; y entre esa gente, de seguro que estarán los enemigos de la Bienal, quienes aprovecharían el asunto de Rebull para empeorar las cosas. Lo mejor, a mi entender, sería que un amigo íntimo de Rebull, posiblemente Masoliver, le advirtiera del peligro y le sondeara para ver si estaría dispuesto a solicitar el perdón del Caudillo. Éste ya está advertido de que fue un triunfo, dados sus antecedentes, traer a Rebull a la Bienal. Por este lado, pues, la cosa sería fácil. Entonces, se puede preparar una audiencia privada del Caudillo a Rebull, o bien que éste le dirija a aquél un escrito a modo de instancia solicitando el perdón.

Tanto a Sánchez Bella como a Panero, mi idea les parece excelente.

Sánchez Bella, la primera vez que hablo con él -me lo presentaron en Barcelona, cuando la exposición preparatoria, pero sólo cruzamos las palabras de presentación- me ha parecido más enérgico y, políticamente, dotado de lo que suponía. Le tenía prevención por ser valenciano. Sigo creyendo, no obstante, que no es hombre de talla para el puesto que ocupa. Grueso, vulgar, uno de ‘esos hombres aparatosos del Mediterráneo’, como dice Baroja. Parece dominador, orgulloso, de ideas fijas.”

Finalmente, la sangre no llegó al río y Rebull obtuvo el Gran Premio de Escultura de la Primera Bienal.