La niña estrangula con sus manos al niño y mira fijamente a la cámara. La órbita de sus ojos asesinos atraviesa al fotógrafo mientras la lengua de su víctima se sale de la boca. Todo enmarcado por la oscuridad y las sombras de un bosque.

Podría ser el fotograma de una película de Friedrich Wilhelm Murnau. Un destello expresionista alemán, una sinfonía del horror con el angustioso rostro de Nosferatu a punto de aparecer por el borde de la imagen. Y, sin embargo, es una fotografía hecha por mi abuela, una niña de 14 años a la que, por su santo, le acababan de regalar una Vest Pocket Kodak: la cámara fotográfica más ligera del mercado, la preferida ese verano de 1917 por los soldados aliados para llevarse a las trincheras.

Foto: Anita Figueras.

Se llamaba Anita Figueras. Nació y murió en Sabadell (1903-1985). En su adolescencia, con esa máquina y una intuición estética sorprendente para su edad, captaría las imágenes del mundo burgués que la arropaba: baños de mar en Biarritz, vuelos en aeroplano sobre Alicante o carreras de bólidos en el autódromo de Terramar. Pero no sólo eso. También captaría –con la colaboración de sus amiguitas y amiguitos– el lado inquietante de la existencia: delirantes imágenes de humor negro y absurdo, también sorprendentes en una niña.

Foto: Anita Figueras.

A este primer asesinato lo podríamos titular En quin punt de l’infern et trobaré?: porque es el negativo fotográfico de En quin punt del cel et trobaré?, la mítica imagen que el fotógrafo pictorialista Joan Vilatobà hizo diez años antes. El mismo Vilatobà amigo íntimo del padre de la niña, espléndido pintor.

Foto: Anita Figueras.

En otra fotografía –ella decidía la escena y colocaba la cámara– es mi abuela la que con un puñal imaginado y extremo placer mata a otra niña. O la escena en la que se hace empujar por dos niños hacia el abismo de una catarata de altura imaginada. O cuando se capta a si misma con la cámara entre las manos frente a la oscuridad de un espejo. O cuando retrata a un amigo en la playa –creo que el hermano del poeta Joan Oliver– con una pinza en el pelo: quizá sea la primera fotografía punk de la historia.

Foto: Anita Figueras.

Y en otra fotografía, esta vez estereoscópica, escenifica el dolor de la modernidad: una persona atropellada por un automóvil. Cuando se observa la imagen en tres dimensiones, el cuello del atropellado se hunde en el neumático del coche.

Foto: Anita Figueras.

Estas fotografías son previas y contemporáneas a los primeros años de la Colla de Sabadell, el grupo que –con un dadaísmo inconsciente– convirtió el humor absurdo, negro y corrosivo en un capítulo esencial de la literatura catalana del siglo XX. De hecho, mi abuela fotografió en 1919 a Joan Oliver y a sus hermanos en posiciones alejadas de la normalidad: formando de espaldas, con escobas y regadoras o en la playa, de cachondeo.

La burguesía sabadellense practicaba humor negro en la intimidad.

Dice el guión que la Colla, entre la Primera Guerra Mundial y la Guerra Civil, practicó ese humor contra el Sabadell conservador y autocomplaciente. Como cualquier visión reduccionista de clases, esta tampoco encaja del todo con la realidad. Lo único que hicieron –ninguno de ellos era obrero– fue practicar en público y de forma sublime ese humor negro, absurdo y corrosivo que todos, fabricantes y obreros, consumían en la intimidad. Que la ciudad practicaba y mi abuela fotografiaba: ruedas de bólidos aplastando cuellos, peinados prepunks y estremecedores estrangulamientos.

Foto: Anita Figueras.

Lo más negro e irónico de todo es que, hoy en día, esta gran marca de ciudad ya ha sido –también– estrangulada por los propios sabadellenses.