Como quien hoy baja por una boca de metro, seguro de encontrar la transferencia mecánica, el tránsito inmediato hacia otra parte, el hombre del siglo XIV sube los escalones y se mete en el interior de la boca de Santa María del Mar.

Esta es la iglesia más bella de Barcelona, gigantesca, altiva, espléndida como una catedral, hecha toda ella de símbolos y signos que hablan a los cuatro vientos, hecha de matemáticas exactas, de certezas sólidas como la piedra que la sustenta al lado del mar, bien anclada sobre los arenales. La Catedral del Mar.

Interior de la nave central de Santa María del Mar. Foto: Josep Renalies CC BY-SA 3.0

El templo es un auténtico prodigio, amplio como la boca abierta de la admiración. Es funcional antes de ser otra cosa, ha sido pensado para acoger una gran multitud de la misma manera que se considera un depósito para contener el agua de lluvia, útil como un astillero para construir las naves y las galeras de la ciudad que viajarán por todos los mares. O aún mejor, esta iglesia marinera debemos verla como si fuera un puente para pasar, un suntuoso lugar de paso que, como un milagro, sale de dentro mismo de la ciudad, una estación intermedia entre la tierra y el cielo, entre el tiempo que corre y la eternidad que permanece. Santa María del Mar es también como un puerto de mar, aunque la Barcelona de aquella época se haya quedado sin puerto y continúe su febril actividad comercial gracias a los numerosos barqueros que cargan y descargan las mercancías entre la playa y las naves, sirviéndose de pequeñas embarcaciones. El puerto de Barcelona ya no está, pero es como si estuviera aún, todo es provisional en la ciudad medieval y el templo parece un puerto que protege de las inclemencias del tiempo, el lugar privilegiado desde el que se emprende el viaje ascendente de la religión, de acuerdo con el nuevo estilo arquitectónico que hoy denominamos gótico. Quizás es por esta razón que el principal maestro de obras de Santa María del Mar sea Berenguer de Montagut, el famoso ingeniero que conoce bien los puentes y el rec comtal de Barcelona, el constructor racionalista experto en obras útiles como la nueva catedral de Manresa o el claustro de la catedral de Vic. Durante la Edad Media la iglesia de Santa María del Mar que proyecta Montagut es un puerto de la misma manera que el puerto equivale a Barcelona y Barcelona equivale a Santa María del Mar.

Fachada de Santa María del Mar. Foto: PMR Maeyaert CC BY-SA 3.0 ES

Ninguna iglesia barcelonesa no se le puede comparar, ni siquiera la Catedral de Barcelona, siempre inacabable, nunca se sabe si la están edificando o deshaciendo. Santa María del Mar es la catedral desde antes de la catedral, ha sido construida sólo en cincuenta y cinco años, entre 1329 y 1384, en el barrio de la Ribera, en Vilanova del Mar, fuera de las murallas. Ha conseguido reunir la sintonía de muchas voluntades, muchos esfuerzos y afanes de la capital de Cataluña, como ornamento de los más ricos, los propietarios de los grandes palacios de la calle de Montcada, también los de las buenas casas de la calle de Mercaders, pero sobre todo del pueblo llano que va arriba y abajo, por la telaraña de las calles ordinarias y estrechas, el pueblo que se reúne en el Born, en las plazas de los Encants y de la Llotja, en los soportales. Son los hombres y las mujeres que son bautizados, que se casan y son enterrados en Santa María del Mar. Son los hombres y las mujeres que abarrotan Santa María del Mar durante el oficio, mayoritariamente gente del mar, marineros, pescadores, xaveguers, barqueros, macips de ribera, menestrales que trabajan en las conservas de pescado, numerosos inmigrantes e hijos de inmigrantes procedentes, en gran parte, de la Cataluña rural. Sin olvidar a los trabajadores de los almacenes, alhóndigas, establos, obradores, panaderías, carnicerías y pescaderías, también los de las mesas de cambio. Los que guardan en el porche Nou de la playa los trigos que vienen por mar, los que acarrean cuerdas y cordajes de pesca, redes, cestas, cajas, barreños y jarras. Por todas partes el tráfico incesante del grano, del vino, del aceite, de la leche, los quesos, las verduras, las frutas, los peces y el ganado. Los paños, las armas, el azafrán, el coral, alumbre, cera, cobre y esclavos. También las mercancías suntuosas que vienen de muy lejos como las sedas, la pimienta, la canela, la laca y el incienso. Incluso el contrabando de las “coses vedades” que persiguen los alguaciles del rey. De la riqueza y del trabajo de toda la ciudad que se mueve nacen los andamios que van levantando Santa María del Mar, exactamente en dirección al cielo. Si debemos creer las palabras de Francesc Eiximenis el mar proporciona riqueza pero también alegría, prudencia, conocimientos y diversidad, las principales cualidades urbanas que encuentran cobijo en la basílica de la gente del mar.

Recibo de 80 sueldos por los trabajos realizados por un cofrade en la construcción de Santa María del Mar, fechado el seis de octubre de 1347. Manuscrito actualmente en subasta en Soler y Llach, de Barcelona.

El hombre del siglo XIV entra por la boca de Santa María del Mar para que todo eso le pueda ser dado. La serenidad de la antesala del cielo, el viaje inquietante del alma, la posibilidad de la otra dimensión misteriosa, en todo momento anhelada. Puede dejar atrás el sofoco del vivir cotidiano y allí dentro, estar de pie para elevarse, para sentirse más cerca de la protección todopoderosa, de la consolación divina, que es lo único seguro e infinito. Como un amplio horizonte, como un mar que se abre de repente a la avidez de los ojos, espacioso y diáfano como un paisaje hecho de aguas, así se abre de par en par el espectacular interior de Santa María del Mar, la colosal iglesia de tres naves excepcionalmente altas que, por un efecto óptico, parece que sólo tenga una, con capillas abiertas entre los contrafuertes a lo largo de todo el perímetro, la síntesis perfecta del maestro de Montagut, la solución inesperada, brillante, que reconcilia a los partidarios de la arquitectura interior de una sola nave y a los partidarios de construir tres. La música del oficio lleva al hombre medieval a levantar temerosamente los ojos, buscando la intercesión de María Reina, abogada nuestra. En una de las claves de bóveda de la nave central y también en los vitrales del gran rosetón puede verla coronada por Dios mismo, representada con los colores vivos de la magnificencia, de la majestad invisible que sólo allí se hace visible. Audible. El canto gregoriano, monódico, sugestiona al creyente como en un hechizo, pero aún más la polifonía de Perotín, el famoso Perotinus Magnus de París. Es la música más poderosa de todas, la que saca mejor partido de la gigantesca caja de resonancia que también es Santa María del Mar, construida para que las piedras brillantes —probablemente pintadas de naranja intenso y contrastadas de verde oscuro— incluso puedan cantar, para que estallen y proclamen quién es realmente el camino, la verdad y la vida, para que resuene mucho mejor la experiencia de Dios a través de la proporción y del equilibrio, elevándose no sólo hacia el cielo, también extendiéndose por toda la anchura del templo como un gran flujo, como una potente ola de agua purificadora.

Santa María del Mar loa a la Virgen de las aguas de la misma manera que otros templos loan a la Virgen de la tierra, a la madre tierra. La remota divinidad femenina del agua de las creencias paganas, convenientemente cristianizada y vivificada ofrece en Barcelona una religión más amable y cordial, más maternal, más urbana y compleja, más caritativa, más individual, tal como lo entiende san Bernardo de Claraval , llamado el Caballero de María, el fundador del Císter o orden monástica de la Cesta, el doctor melifluo o el de la voz de miel, precisamente el gran precursor y divulgador del arte gótico primitivo. Muere en 1153, naturalmente nunca pudo ver la Catedral del Mar, pero por todo el templo encontramos su espíritu conceptual y a la vez eminentemente práctico, el gusto por el funcionalismo, por el racionalismo arquitectónico y por la simplicidad de sus soluciones constructivas. Quizás porque tiene una personalidad tan marcadamente racionalista que fue muy bien valorada por Le Corbusier. Es una obra altiva en su ascetismo y despojamiento, en su pobreza rotunda, con un enorme espacio útil para el culto y que, comparativamente con otras grandes iglesias del cristianismo, construida en realidad con un presupuesto extraordinariamente reducido. El gran espacio de las tres naves que parecen sólo una sostiene la techumbre gracias sólo a ocho pilares octogonales de un metro y sesenta centímetros de radio, esbeltos, muy delgados pero correosos que se elevan hasta llegar a los veintiséis metros del suelo. Son sólo ocho y están separados entre sí por quince metros, como por arte de magia. Con el deambulatorio ritual y sin crucero la estructura interior del templo es un milagro de la técnica constructiva, que privilegia la ligereza y eficacia porque consigue ceder todo el protagonismo a la rotundidad del espacio desnudo, a la inmensidad del aire que evoca la grandeza de la creación. Porque conmueve con su belleza tan pura, con la armonía eficaz que desprende, gracias a un equilibrio entre proporciones que son a la vez simbólicas y prácticas.

Sección transversal de una catedral “Ad Quadratum”. Autor: José-Manuel Benito. Dominio público.

Son, ni más ni menos, las proporciones que la arquitectura antigua conoce como Ad quadratum, un método constructivo que toma como base la geometría del cuadrado como unidad básica, como módulo fundamental que establece su propia lógica y sus propias necesidades, su particular ideología que, como veremos, subraya aún más la importancia de Santa María del Mar como una de las más destacadas muestras del arte medieval europeo. El cuadrado fija las proporciones del templo, tanto si la estudiamos en su conjunto como si analizamos individualmente alguna de sus partes. Berenguer de Montagut determinó que la altura de la Catedral del Mar fuera exactamente de treinta y tres metros, desde la base de la nave central hasta las piedras clave, y esos mismos treinta y tres metros tienen también las naves laterales y las capillas. De modo que todo el dibujo de Santa María del Mar está inscrito en un enorme cuadrado imaginario de treinta y tres por treinta y tres metros, o lo que es lo mismo, encajado dentro de una circunferencia perfecta que tiene un diámetro de 33√2 . Es una premeditada representación del cosmos. Pero si nos damos cuenta de que la base de los cálculos geométricos de los maestros de obras no fue sino el pie de treinta y tres centímetros, un pie habitual desde al menos el siglo XIII en nuestro país, entonces veremos que, desde este punto de vista, y de acuerdo con los ojos de la Edad Media, Santa María del Mar no es sino un inesperado templo de cien pies, idéntico en su formidable diseño al Hecatompedón de los templos griegos. Aunque la palabra más representativa de la sociedad en la que nace la Catedral del Mar sea el riesgo, junto al riesgo de la innovación nuestro templo gigantesco nos demuestra la pervivencia, a lo largo del tiempo, de la venerable tradición que procede de Grecia y de Roma. La arquitectura del Ad Quadratum, la que combina el círculo y el cuadrado, demuestra que en la Barcelona medieval se había conservado, probablemente por inercia, simplemente por costumbre, pero también por oficio, por profesionalidad, las líneas generales de la arquitectura tal como la entendía el remoto Vitrubio, el sentido de la armonía, de la regularidad y de la proporción. Y, por supuesto, de la dimensión humana. La correspondencia de las medidas de los edificios con el modelo del cuerpo humano y de sus partes. Según esta perspectiva, lo cierto es que no hay ningún significado esotérico ni mágico en la numerología que sustenta Santa María del Mar, no hay ningún mensaje escatológico ni misterioso que valga. El número diez es el número perfecto simplemente porque diez son los dedos de las manos, las manos que hacen el trabajo, los dedos que construyen los edificios. El templo del Mar es una parrilla de módulos cuadrados, establecidos en líneas de diez por diez que lo vinculan con la arquitectura romana. Una arquitectura que se mantendrá, que se perpetuará en el conjunto de los conocimientos de los maestros de obras medievales, completamente despojados del simbolismo que les había otorgado Vitrubio. El gótico meridional, el de Santa María del Mar, tan diferente al del norte de Europa, con muros que no pierden su consistencia ni conceden todo el protagonismo a los vitrales y a la luz exterior, que prefiere los contrafuertes a los arbotantes, que no menosprecia la horizontalidad de los edificios en favor de la austera verticalidad, es, de hecho, una arquitectura que sigue convencida de la eficacia de la tradición romana. En esta zozobra permanente navega la sociedad medieval, entre el riesgo de mantener la inercia de la tradición y el riesgo que implican los cambios y las innovaciones.

Interior de Santa María del Mar, en dirección a los pies y al rosetón. Foto: Lohen11 CC BY-SA 3.0

Contemplamos las altísimas torres de la iglesia, auténticos rascacielos de la época, y veremos la plasmación plástica de la audacia del dinamismo urbano de la Barcelona del siglo XIV. El riesgo es, indudablemente, una palabra que ha venido desde el mar, de las expediciones marineras, de los viajes de los mercaderes inconformistas que buscan nuevas rutas, nuevas ganancias, nuevas ideas. Parece, según los estudiosos, que la palabra puede proceder del árabe y del persa, es el riesgo de la economía mercantil más inquieta, el atrevimiento de una sociedad que nunca se resigna, que quiere crecer gracias a la competitividad del mundo de los negocios, que no se conforma a la fatalidad cuando venga la guerra, o cuando un terremoto destruya el rosetón de la iglesia, ni siquiera cuando aparezca el azote de la peste negra, la más terrible tragedia que tuvo que soportar la sociedad medieval. El riesgo de construir y de mantener Santa María del Mar es igual al riesgo de vivir, igual al riesgo cada vez más inquietante de morir por causa de la epidemia más mortífera. De este miedo al riesgo de morir, en la fachada occidental de la iglesia, hay una evocación, una de las escasas decoraciones antropomórficas de todo el conjunto arquitectónico. En los capiteles de mármol podemos contemplar todavía hoy el tema macabro del Encuentro de los tres vivos y los tres muertos, un recuerdo literario que recuerda una buena lección sobre la fugacidad de la vida, sobre la vanidad de las glorias mundanas. Y que recuerda a los visitantes, a los paseantes, que hay que prepararse para la muerte. Efectivamente, Santa María del Mar además de ser un lugar sagrado donde poder ser enterrado religiosamente, también es un monumento, o lo que es lo mismo, un recuerdo, una enseñanza y un consuelo. Una esperanza. ¿Es que la Catedral del Mar no demuestra, con la rotundidad de su altiva presencia, la victoria del espíritu sobre la materia?