En una ocasión, en los años setenta, Cesáreo Rodríguez Aguilera me dijo que, paradójicamente, quien había hecho más por la divulgación del arte de vanguardia había sido el franquismo.

Decía que él mismo, con Zabaleta, asistieron, en plena República, a una conferencia en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, y que su amigo, en un momento dado gritó: «¡Viva Picasso!» Y que el público se giró hacia ellos diciéndoles: «¡retrógrados!», como insulto. Según Cesáreo, las izquierdas republicanas eran muy conservadoras en materia artística, y si se nombró director de El Prado al pintor andaluz, fue debido a su prestigio internacional en el momento de la guerra civil.

Interior del Pabellón de la República, 1937.

Al principio de la posguerra, la España fascista no era aceptada en las Bienales y Salones internacionales, hasta que apareció un ínclito falangista llamado Don Luis González Robles, al que traté.

Este personaje, culto y muy simpático, fue el encargado por el gobierno de Franco de intentar prestigiar la dañada imagen que tenía de perseguidor de la cultura. Él presentó a las Bienales y los museos internacionales artistas vanguardistas como Millares, Saura, Tàpies… muchos de ellos vinculados al PCE y el PSUC. González Robles había convencido al gobierno franquista de la poca repercusión política que tenía el arte plástico de cara a la propaganda y, en cambio, los artistas que él promocionaba daban un aura de prestigio.

Esta situación cambió radicalmente a finales de los años sesenta cuando, a raíz de una exposición que se presentaba en la Tate Gallery de Londres sobre Arte español de vanguardia, los participantes hicieron descolgar las obras, diciendo que ellos no debían contribuir a dignificar una dictadura. Ya se empezaba a percibir el fin del régimen, y los partidos comunistas decidieron que era el momento de marcar distancias.

Después de aquella ruptura, González Robles hizo una nueva selección que incluía Cuixart -que ganó el Gran Premio de la Bienal de Sao Paulo-, Joan Ponç -que ganó la de dibujo en la misma Bienal-, Canogar…

 

Mientras tanto, el PCE y el PSUC iban preparando sus posiciones de cara al momento en el que acabara de caer el régimen vigente. Ya muerto el dictador, vinieron a verme a la Galería Adrià, que entonces dirigía yo, los dirigentes del PSUC para proponer que la galería acogiera una exposición de arte que tenía por objeto recaudar fondos para el partido; los dirigí al propietario de la galería, Miquel Adrià, y éste accedió. Designaron como coordinador de la exposición José M. Kaydeda, un antiguo falangista que Hernández Pijuan me dijo que le había zurrado en la Universidad, y que fue pintor y, posteriormente, parapsicólogo y esoterista.

En esta exposición participaron varios artistas de la galería Adrià y otros, pero no conservo ningún recuerdo claro, probablemente porque yo ya había pasado a hacerme cargo de la Galería René Metras. La siguiente actividad que conocí que relacionara el mundo del arte con las actividades del PCE y del PSUC, fue con motivo de la Bienal de Venecia de 1976.

Todo comenzó porque, como España todavía era una dictadura (el jefe de gobierno era Arias Navarro y el jefe de Estado del actual rey emérito) se rehusó la presencia de la España oficial y, tras un «tira y afloja «, acordaron que el Pabellón Central de los Giardini di Venezia se dedicara a una exposición titulada España: vanguardia artística y realidad social (1936-1976).

Después de Venecia, esta exposición se pudo visitar en la Fundación Miró de Barcelona, en diciembre de 1976. Y recientemente, en septiembre de 2018, se ha reconstruido en el IVAM de Valencia.

 

Cabe destacar varios aspectos en la realización de esta muestra tan importante por el momento histórico en que se produjo:

La comisión encargada del proyecto incluía los pintores Antoni Tàpies, Antonio Saura, Agustín Ibarrola y el Equipo Crónica, el arquitecto Oriol Bohigas, el diseñador gráfico Alberto Corazón, los historiadores Tomàs Llorens y Valeriano Bozal, la profesora Inmaculada Julián, el cartelista Josep Renau y el fotógrafo José Miguel Gómez.

La exposición tenía tres grandes apartados:

1) Reconstrucción del Pabellón de la República, con obras de Picasso, Miró, Calder… y muestra de cartelistas y grafistas, especialmente Renau, pero también Fontserè, Ballester, Bardasano… En este apartado se incorporaron otros artistas como Castelao o García Maroto.

2) Monográfica especial de los autores que se consideraron más destacados de aquella época: Picasso, Miró, Alberto Sánchez, Julio González y Josep Renau, con especial atención por los dos primeros y el último.

3) Desarrollo crítico de las tendencias destacables de 1936 a 1976. Aquí es donde, bajo el comisariado de Imma Julián, que seguía fielmente las indicaciones de Tàpies, Saura y Equipo Crónica, es decir del PCE y del PSUC, se realizó una selección de artistas que contaba con el visto bueno del triunvirato y se vetó la presencia de los artistas que no eran de su gusto, como Guinovart, Todó, Artigau, Garcia Vilella, Tharrats, Vilacasas… En Valencia prescindieron de Boix , Heras, Armengol, Equipo Realidad… Y en Madrid de Canogar, José Guerrero…

Cuando se descubrió que era homosexual se le arrinconó.

Sorprende que se hubieran rechazado artistas que fueron claramente del PSUC como es el caso de Guinovart o Artigau. El caso más curioso es el de García Vilella, que fue miembro del Comité Central y que se había decidido que se lo promocionaría internacionalmente junto con Tàpies, pero cuando se descubrió que era homosexual se le arrinconó. También es de destacar la ausencia absoluta de mujeres en ninguna de las secciones, con la excepción de la dócil comisaria.

Desde entonces, Tàpies fue el artista oficial de Cataluña, su obra preside la Sala del Consejo de la Generalitat, el vestíbulo del MACBA, tiene su propia Fundación y se ofendió porque no se permitió que su «Calcetín» ocupara la Sala Oval del MNAC. Obtuvo el título de Marqués de Tàpies.