Así como el caballero levanta su espada en el vacío, así también el feudal levanta su castillo sobre la llanura, en la arena a la orilla del mar, en el roquedal, siempre por encima de las aturdidas miradas, ése es el gesto más visible del poder, de la soberanía individual, de la victoria sobre el entorno hostil.

Es tanto así, que la espada de Sant Martí que aún hoy se conserva en el Museo del Ejército de París, la espada de virtud de nuestros monarcas, nos evoca el esplendor de la alta corona —con un relieve de san Martín cortando la capa, con el señal real de las cuatro barras—, al igual que la propagación de castillos por la geografía catalana también nos evoca esa sociedad eminente de los guerreros medievales, montados siempre sobre su caballo, en todo momento dominantes, vigilantes, mostrándose temibles desde su altura.

La espada de Sant Martí, la espada de los reyes catalanes.

El castillo, el señor del castillo, la mesnada de los caballeros que le sirven y le guardan; en Cataluña el territorio va cambiando, se transforma o se dilata, pero siempre encontramos el mismo fenómeno, son el pararrayos que atrae todas las miradas, son el centro de toda la atención posible. Lo son tanto y tanto que hoy, desaparecida para siempre la sociedad de los feudales, el castillo sigue imponiéndose en mitad del paisaje, incluso aunque esté en ruinas, el castillo aún convoca a todos los ojos y no puede dejar de ser admirado porque contraviene el vértigo, como el castillo de l’Eramprunyà, por ejemplo. Es sin duda un protagonista. Tampoco puede dejar de ser dicho cuando lo identificamos en un mapa, en una señal de carretera; cualquier castillo lleva un nombre propio, específico, que resiste en la memoria, resonando con el tintineo de la moneda de buena ley, con la rotundidad sólida del catalán viejo, testigo venerable de las interminables luchas de la conquista contra los musulmanes, de las perpetuas confrontaciones internas entre facciones, de las insurrecciones contra el rey pero, sobre todo, de la arrogante individualidad de los señores de la guerra, disidentes cuando gustan, siempre indómitos, pagados de sí mismos, difíciles personas.

El castillo de Montsoriu.

Pronunciar los nombres es una experiencia atrayente. El castillo de Montsoriu de la Selva, el de Bellver de Mallorca, el de Peñíscola del Baix Maestrat, los de Montgrí y de Requesens en el Ampurdán, el de la Suda de Tortosa, el de Miravet en Ribera de Ebro, el de Claramunt en el Penedès, el de Boixadors en Anoia, los de Llordà y de Mur en el Pallars, el de Cardona, solemne y poderoso como una montaña. Los castillos muestran su dominio sobre la demarcación, a la vez residencia fortificada de un señor local o de un gran señor y, por otro lado, cobijo temporal de las tropas en tránsito, también protección para los habitantes de la comarca que se reúnen en momentos de incertidumbre. El castillo se construye cuando, de repente, el poder de los monarcas posteriores al imperio romano se resquebraja definitivamente y debe sostenerse a través de nuevos vínculos políticos con la incipiente nobleza, si es que quiere sobrevivir. A través de este conjunto de obligaciones mutuas, el territorio se convierte en una renovada realidad que recibe el nombre de feudo, con uno o más castillos, que el señor cede a un súbdito a través de un pacto sellado con un beso.

El castillo de Llordà.

Vale la pena insistir en ello. Un castillo o un conjunto de castillos se obtienen a cambio de un beso y no de ninguna otra cosa. La ceremonia de vasallaje puede parecer extraña para nuestra sociedad pero no tiene nada de particular ni de vistoso. A través de la cesión que el señor hace a su nuevo subordinado —históricamente primero de manera temporal, después con carácter hereditario—, éste deviene vasallo. Es una curiosa palabra celta que significa simplemente ‘chico’, ‘muchacho’, ‘mozo’ en el sentido de ‘servidor’, de persona que tiene una relación honorable de sometimiento con otra persona de jerarquía superior.

Detalle de la espada de Sant Martí.

Es ciertamente una relación desigual —¿qué relación no lo es?— pero que se establece entre hombres libres, entre dos personas que pueden disponer de su destino y se parece mucho a una adopción, pero es una adopción entre adultos. El vasallo es protegido por su señor, en caso de conflicto o de desdicha, incluso se ocupa de su mantenimiento si es necesario, de satisfacer sus necesidades más profundas, o incluso las más pequeñas. Y, en justa correspondencia, el vasallo jura fidelidad y servicio indefinidos a su superior, cualquiera que sea su rango, ya sea el jefe de un clan menor, de una gran estirpe de la nobleza, o el propio monarca.

El castillo de Mur y la Colegiata de Santa María.

En Cataluña y en los territorios de la lengua de oc este pacto feudal, desde muy antiguo, es recogido documentalmente y se denomina, con gran intención, convenientia o conjunto de promesas que establecen libremente dos personas, una relación política que también se parece bastante a un vínculo comercial. Queda fijado en un texto ya que no puede ser objeto de malos entendidos en el futuro. Un vínculo que queda sellado para siempre a través del beso o osculum. El señor y el vasallo se besan en la boca porque han decidido establecer una relación familiar aunque no tengan la misma sangre y, como en un matrimonio que mezcla dos sangres disímiles, quieren mostrar públicamente una nueva intimidad a través de un gesto de afecto ritual. De afecto, de proximidad, domésticas.

El castillo de Miravet.

A partir de ahora, independientemente de la edad que tengan los dos protagonistas del acuerdo, el señor —una palabra que significa ‘el senior’, el que tiene más edad y, por lo tanto, el que merece de manera natural el mando— cuenta con un nuevo miembro en su familia, entendida en un sentido amplio porque incluye también todo tipo de servidores y de personas muy cercanas. Este nuevo miembro es el ‘chico’, el vasallo, y como miembro más joven debe ser protegido y dotado por el líder del grupo de alguna manera, a veces con una propiedad, con un legado, que le permita vivir de manera digna, autónoma pero a la vez dependiendo del líder: esa donación es el castillo. Una casa más o menos fortificada. A veces incluso es una poderosa fortaleza. Cuanto mayor es el castillo, como más ostentoso es el regalo del señor mayor es su poder, su fama, su prestigio entre los príncipes o nobles principales.

Caja de juegos.

Testigo de una época que comienza a morir con la revolución francesa pero que no termina del todo hasta el siglo XX, el castillo es el testimonio físico de una sociedad muy concreta en nuestro imaginario artístico y emocional, específicamente la sociedad de los orígenes nacionales europeos, la de nuestros remotos antepasado con los que compartimos la permanencia de la lengua catalana en un mismo territorio. El paseo por la exposición El esplendor de los castillos catalanes medievales, con multitud de objetos de la vida cotidiana, desde la vajilla a los juegos de mesa, desde las armas a las muestras de orfebrería, no hace más que confirmar el extraordinario interés que esta herencia singular de nuestra historia continúa ejerciendo sobre nosotros. El castillo, ya esté precariamente en pie aún, o restaurado abusivamente —por supuestos especialistas antiguos en la sociedad medieval que hoy se han revelado espúreos—, nos atrae con una proximidad, con una familiaridad, con una emotividad que no tienen los venerables restos griegos o romanos, los edificios militares de otras épocas, los vestigios de otras civilizaciones.

Vista de la exposición.

Sabemos que procedemos de una tierra de castillos de la misma manera que los nativos centroamericanos saben que proceden de una tierra de pirámides. El castillo es muchas cosas para nosotros pero quizás la más importante de todas es que nos recuerda el reparto local del poder, la existencia de temibles casas fortificadas donde, los caballeros que pudieron, lograron afirmarse detrás estas fortificaciones. Establecieron como pudieron una determinada forma de libertad individual, muy rudimentaria, ciertamente escasa, pero una determinada experiencia de vida autónoma, una determinada manifestación de independencia de criterio, acogiéndose al precario equilibrio legal con un poderoso señor. El castillo en el paisaje es probablemente la muestra más antigua que aún conservamos de la más primitiva conciencia individual. La más remota prueba de la afirmación personal de un hombre.

La exposición El esplendor de los castillos catalanes medievales se puede visitar, hasta el 3 de febrero de 2019, en el Museo de Arqueología de Cataluña.