“Qué pereza”, me dice.

Es un impecable fotógrafo internacional al que le he pedido un favor de amigo: que me acompañe al World Press Photo (WPPh). La historia del mundo podría dividirse entre lo que los mortales dicen en público y lo que dicen en privado. La historia de los fotorreporteros, también. Y me interesa su visión íntima de la tragedia. Porque el WPPh es una gran tragedia: en sus fotos casi nadie sonríe.

John Moore, Crying Girl on the Border. Imagen ganadora del World Press Photo of the Year.

Es un sábado por la tarde y la exposición está a petar de gente observando “las historias que importan”, como dice el lema del concurso. Hace tres años todo eran imágenes de migrantes ahogándose en el Mediterráneo e invadiendo Europa. Este año, ni una. ¿Se ha evaporado todo ese éxodo? ¿Es una historia que ya no “importa”? ¿Qué le importa exactamente al público que observa estas escenas?

“En algún punto nos hemos perdido –dice mi amigo ante la masa de visitantes–. Me patina tanta gente mirando el dramatismo. No sé. Creo que hay otras formas de mostrarlo”.

Y aquí empieza el problema de un ejercicio fotográfico tan necesario como el WPPh. Este tipo de exposiciones no dejan de tener un cierto aroma de gente de países ricos fotografiando a gente de países pobres, de habitantes de países ex colonizadores fotografiando a habitantes de países ex colonizados.

“Una vez fotografié a una joven migrante siria –explica mi amigo–. Cuando vio la imagen publicada en la prensa estadounidense, me escribió diciéndome que ella no quería ser expuesta de esa manera. No quería verse así”.

¿Qué piensa de esta historia la persona fotografiada? ¿Y el fotógrafo? ¿Y el observador de fin de semana? ¿Se sentirían cómodos todos los fotografiados al ver cómo están expuestos y cómo son observados?

“Ahora que quieren quitar el zoo de Barcelona, ¿no deberíamos replantearnos la manera en la que exhibimos el dolor de los otros?”, suelta mi amigo.

A él le gusta la fotografía ganadora de este año, disparada por John Moore. Una niña llorando en la frontera entre México y Estados Unidos. La imagen que indignó al mundo por la despiadada política de Trump de separar a las madres de sus hijos.

“Admiro el compromiso de Moore con su historia –dice mi amigo–. Lleva diez o doce años trabajando en ella. En pocos fotógrafos veo ese compromiso. Pero es el segundo año consecutivo en el que se premia una historia que no acaba de ocurrir en la foto: esa niña nunca fue separada de su madre”.

Pero la fotografía que más le gusta a mi amigo es una de Philip Montgomery. Los estragos de la droga en Estados Unidos. Cómo sacan el cadáver de un yonqui de su casa.

“Mira. Aquí está todo”, dice repasando con su mirada y su mano la imagen. Como si fuera un mapa. Un mapa en blanco y negro.

Philip Montgomery, September 18, 2017. De la serie Faces of an Epidemic.

“Pero el mundo no es en blanco y negro. El mundo real tiene colores”, replico.

“Pero es un blanco y negro real. Sin pretensiones. La realidad nunca es pretenciosa. Sólo el fotógrafo es pretencioso. Y este blanco y negro acaba siendo más real que todas esas fotos saturadas de un color que acaba siendo inventado”, responde señalando otras imágenes lamidas por el retoque. ¿Es fotográficamente sano pasarse más horas de posproducción que observando la escena fotografiada?

“¿Sabes lo que se busca con tanta posproducción? Hacer fotos ganadoras. En los últimos años ha habido un boom de concursos fotográficos que, cobrando, se alimentan de una demanda: la demanda del ego”, me dice.

Mário Cruz, Living Among what’s Left Behind.

“Hay demasiada belleza forzada –explica mi amigo–. Yo he visto, en el éxodo de hace cuatro años, a fotógrafos despertando a un migrante que dormía en el suelo para pedirle que siguiera dormido pero girado hacia el primer sol de la mañana: daba más belleza a su cuerpo”.

La belleza forzada es lo de menos ante otros forzamientos: hace un par de años, uno de los fotógrafos premiados en esta edición hizo pasar por víctima de abusos sexuales a una mujer india que no era víctima de ningún abuso y a la que fotografió sin contarle sus intenciones.

“Apenas hay historias de blancos europeos”, dice mi amigo, y al decirlo observo a la masa de blancos europeos mirando la exposición anestesiados por la estética y pienso que hay algo de espejismo: en la entrada han colocado dos urnas de plástico transparente para introducir dinero que ayude a este enfoque fotográfico. Como si fuera para una oenegé. ¿Es una oenegé? ¿Debería serlo?, me pregunto sin saber qué responderme.

“Después de toooooooodo el proceso de selección… ¿esta es la mejor fotografía?”, se sorprende mi amigo estirando la letra “o” delante de una, de dos, de tres, de cuatro imágenes.

En otra gran exposición nos hemos definido como “creadores de conciencia” ¿Nos lo tenemos que creer?

“El deporte es, esencialmente, acción, y aquí se suele exponer el drama personal”, dice mi amigo en el espacio de la fotografía de deportes. Se premia la silla de ruedas y se sobrexpone al amputado.

En otra gran y reciente exposición –no era el World Press Photo– los reporteros y fotorreporteros nos hemos definido como “creadores de conciencia” ¿Nos lo tenemos que creer?

La irresistible tentación de premiar el dolor hace que el dolor acabe impregnando todos los ámbitos del concurso. Y, al final, la sensación es que la imagen del hambriento puma atacando una pobre llama es –técnicamente y de concepto– la más auténtica de la exhibición. La sensación de que el espacio dedicado a la naturaleza y sus animales es la que menos respira a seres enjaulados. Enjaulados en la estética o en la moral.

Ingo Arndt, Wild Pumas of Patagonia.

Ya en la calle, seguimos comentando la tragedia y mi amigo me regala una última reflexión. El problema es que tengo garabateado todo el folio en el que he ido tomando notas, no me queda ninguna esquina en blanco: busco el ticket de la exposición en el bolsillo y le pido que me preste su espalda para apoyar el papelito y anotar lo que me acaba de decir…

“Ni una puta mención a un puto fixer, los machacas del lugar que te llevan hacia la foto”, escribo sobre su espalda.

World Press Photo 2019. Muestra internacional de fotoperiodismo se puede visitar en el CCCB, de Barcelona, hasta el 26 de mayo.