La representación humana del mundo animal nació en paralelo a la caza. Los primeros animales pintados son del paleolítico, cuando, en la oscuridad de una cueva, unos humanos pioneros invocaban, con polvos minerales y tierras de colores, la presencia animal.

La emoción contenida en la oscuridad de una cueva a la luz de una antorcha tuvo que ser similar a la de todos aquellos que, desde las últimas décadas del siglo XIX, se adentraban en parajes solitarios para retratar, de noche, animales en libertad. De noche y también de día, en un género conocido como camera hunting.

Dos visitantes en la exposición de Òscar Holloway.

La polisemia de la palabra no es al azar: retratar, capturar, cazar… cazar con la cámara. Tampoco es casual que estos cazadores de imágenes de ciervos, linces y lechuzas utilizaran estrategias de caza como el uso de trampas, de focos o de cierto tipo de cebos. Al fin y al cabo, la representación fotográfica es también una forma de pertenencia.

Es extraña la exposición que Òscar Holloway (Barcelona, 1989) presenta en la antigua nave textil de Can Felipa, en Poblenou. Hace unos cinco años que documenta libros, fotografías y otros materiales de los grandes nombres del camera hunting, sobre todo de finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Holloway nos presenta imágenes de nombres tan conocidos como Eadweard Muybridge, Arthur Radclyffe Dugmore o Georges Shira III. Sin embargo, cuando se lleva un rato observando las fotografías en una disposición en el espacio sutil y exquisita, una se pregunta: ¿dónde están los animales? Y es que, de los bosques, prados, ríos y lagos capturados por la cámara de estos pioneros del naturalismo, no nos llega ninguna mirada. Aunque a veces se observa una sombra o un remolino en el agua que apunta a una presencia física, no la vemos en ninguna parte. En Captures: The Shooting of the Future –este es el título de la exposición– y en un trabajo impecable de edición de imagen, Holloway ha suprimido toda presencia animal.

Como también la ha borrado de los pequeños zootropos que presenta en un homenaje a Muybridge: aunque no vemos el cuerpo de caballos y galgos, sí que podemos seguir su movimiento. Holloway presenta también una doble proyección sobre la fotografía nocturna, un homenaje, en este caso, a Shira. Hay que acceder a un espacio oscuro (con nocturnidad, como si dijéramos), situarse en el punto justo en que el ojo alcanza las dos pantallas y esperar. Esperar como lo hacían los que, también con nocturnidad, salían para retratar la vida salvaje. Mientras en una de las pantallas, Holloway reproduce el chasquido de un flash sobre un trípode como los que se usaban hace más de cien años (las peligrosas detonaciones de polvo de magnesio), en la otra (y en el mismo momento), nos ofrece la visión del animal retratado por el flash. El efecto es sorprendente. La espera y la sorpresa asociadas a no saber qué capturará la cámara nos acercan, de alguna manera, a lo que podía ser la experiencia nocturna de la fotografía animal.

Este tipo de fotografía va inevitablemente asociado a la mirada colonialista.

Huelga decir que este tipo de fotografía va inevitablemente asociado a la mirada colonialista. Naturalistas y fotógrafos de la vida salvaje, en sus expediciones americanas pero también a África y Asia, a pesar de su afán conservacionista de la vida salvaje, sirvieron a la lógica colonial. Los americanos Dugmore y Shira fueron cercanos a Theodore Roosevelt. El alemán Carl George Schillings lo fue del emperador Leopoldo II de Bélgica. Recuperando sus imágenes de época, Holloway libera –aunque sea digitalmente– la presencia del animal, perpetuamente cautivo en los sistemas de representación. Como si, liberado de la imagen, se liberara también de toda forma de caza.

La caza sin medida de la especie más depredadora, la humana, y unas formas de vida y de producción abismalmente alejadas de la naturaleza, han acabado suprimiendo las bestias en libertad de nuestras vidas. Por primera vez a lo largo de toda la historia, los humanos nos hemos quedado solos. En esta soledad animal, es cuando más emoción contienen las imágenes pintadas dentro de una cueva o, por qué no, la espera silenciosa de la cámara en una noche en el bosque. Aunque en las fotografías intervenidas de Óscar Holloway no hay presencia animal, algo nos dice que, desde la naturaleza vacía, una mirada nos observa.

La exposición Captures: The Shooting of the Future. Oscar Holloway se puede visitar en el Centre Cívic Can Felipa, de Barcelona, hasta el 20 de julio.