En la constelación Joan Miró marcaríamos puntos como Paris, Nueva York y Japón, pero sin duda también Barcelona, Mallorca y Mont-roig del Camp, donde el artista volvería cada verano hasta sus 83 años para “nutrirse de la fuerza de la tierra”.

Aquí encontramos Mas Miró, institución que, junto a las fundaciones de Barcelona y Mallorca, permite trazar el “triángulo Miró”, una especie de cartografía emocional del artista.

El mas estuvo en peligro con la construcción de la autopista, y estuvo años cerrado, y también en venta; en 2006 fue catalogado como bien cultural de interés nacional. Finalmente, fue cedido por la familia del artista a la Fundació Mas Miró y abrió puertas en abril de 2018, después de una primera fase de rehabilitación.

Elena Juncosa, directora de Mas Miró, evoca un diálogo de Miró con el crítico Georges Raillard (Gedisa reeditó el año pasado los diálogos): “quiero que todo quede tras de mí tal cual esté en el momento en que yo desaparezca”. El pensamiento del artista se materializa en este espacio que se conserva original e intacto. Mas Miró no es estrictamente un museo ni dispone de obra original, “un punto débil que se ha convertido en punto fuerte”, sostiene Juncosa. Pero Mont-roig es el paisaje de un creador que tiene un lazo estrecho y profundo con la tierra; aquí vive y se gestan obras como La Masia, que terminaría en París en 1922 haciéndose enviar vegetación del campo de Tarragona para inspirarse. Un marco recrea el encuadre de la pintura conservada en la National Gallery de Washington, y funciona como aviso para navegantes: lo que ves, oyes y hueles conecta con lo que en su día impregnó al artista.

Mas Miró.

Miró pisó el mas por primera vez en 1911 para recuperarse de la fiebre tifoidea, y volvería sobre todo en verano, de julio a septiembre, excepto durante la guerra y su exilio en Francia. La extensa biografía de Josep Masot recoge el precio que los Miró pagaron por la finca conocida como Mas d’en Ferratges –apellido del antiguo propietario indiano y marqués de Mont-roig– y las idas y venidas del artista a la casa familiar, más los amigos que le visitaron: Calder, Hemingway, Gasch… incluso invitó a Kandinsky coincidiendo con la vendimia.

El taller de Miró.

La visita –recomendable de realizar con audioguía– empieza por la casa, donde destacan la bodega y una planta baja austera. En la primera planta está la habitación que el artista utilizó como estudio en los primeros tiempos, documentada gracias al testimonio de los caseros. Se conservan muebles que el pintor recreó en sus obras de los años 20 y algunos retratos familiares. La decoración del conjunto es mínima, y en rincones encontramos las piedras y raíces que Miró recogía en los paseos hasta la playa. El relato biográfico se difumina con la historia: el año 38, en plena Guerra Civil, algunas estancias del mas fueron ocupadas por el ejército republicano y la capilla, que el padre de Miró hizo construir y puso a disposición de los payeses de la zona, fue desacralizada.

El primer taller hecho a medida es un espacio luminoso, buscado a consciencia para que Miró pudiese experimentar con la escultura.

El taller es el espacio más vistoso de Mas Miró, donde encontramos más rastros del artista. Pidió a Josep Lluís Sert que lo construyera, pero finalmente lo hizo realidad Lluís G. Ylla en 1948. El primer taller hecho a medida –después llegó el taller de Mallorca– es un espacio luminoso, buscado a consciencia para que Miró pudiese experimentar con la escultura. En las paredes hay un par de fotos de Picasso, maestro y amigo, y también de Joan Prats; una página con caligrafía persa y, en un rincón, un graffiti. En una habitación anexa se conservan yesos preparatorios de esculturas que la Fundación no descarta exponer algún día.

El taller de Miró.

Junto al taller, encontramos un algarrobo que sirve para remarcar el protagonismo que tiene la vegetación en el conjunto de Mas Miró. También evoca otra de las particularidades del artista que siempre llevaba encima una algarroba; de Mont-roig, por descontado.