Ramon Calsina (el Poblenou, 1901-Barcelona, 1992) es uno de los artistas catalanes contemporáneos más injustamente arrinconados.

He dicho arrinconado, que no olvidado. Su arte no encaja con ninguna de las etiquetas propias de los ismos del siglo XX. Figurativo y a la vez oscuro, la imposibilidad de entender sus escenas aumenta la fascinación.

Ramon Calsina, Cap a Vacarisses, c. 1971.

A pocos días para su 120 aniversario –el 26 de febrero–, han aparecido rastros que apuntan a constelación: la periodista Montse Frisach, colaboradora del Mirador, reivindicaba su figura en las redes sociales, y nos recordaba cuando lo entrevistó para el AVUI, en 1991.

En la Sala Parés, la extraordinaria colectiva titulada Paisajes. Un recorrido pictórico (1877-1977) –aprovechad, que acaba este sábado– cierra con un óleo de Calsina: Hacia Vacarisses (1971). Calsina expuso por primera vez en casa Parés, en 1930. Y en su primera individual en la sala de la calle Petritxol, en 1933, el satírico El Be Negre explicaba el impacto que había tenido en el público: «se han registrado en el local de este acreditado establecimiento, tres ataques epilépticos, seis desmayos sin consecuencias, cuatro abortos y dos casos de meningitis».

Ramon Calsina, Bodegón, s. f.

El próximo 23 de febrero, en Setdart, se subastará un óleo de Calsina, Bodegón, un juego de claroscuros del que emergen una barra de pan, un jarrón azul y una flor. Sale en 1000 euros.

Personalmente, descubrí a Calsina a través de un dibujo que tenía mi maestro, Rafael Santos Torroella, con una durísima escena de violencia de género. Hoy en día este dibujo, como todo el fondo Santos Torroella, es propiedad del Ayuntamiento de Girona.

Ramon Calsina, Soldat, 1936-1937. MNAC, Barcelona, Llegat Manuel Maria Bosch.

El MNAC, en este sentido, puede estar tranquilo: a los cuatro óleos de Calsina, en 2016 se le sumaron otro óleo y un dibujo, Soldado (1936-1937), parte del legado de Manuel Maria Bosch.