Los hombres de la frontera gracias al pillaje de las razias lograron el oro imprescindible para que la ciudad pudiera enriquecerse y convertirse en un poderoso centro mercantil.

Los feroces guerreros con pesadas lanzas, cotas de malla y cascos con nasal, siempre incómodos a pie, sin sus caballos dentro del laberinto de las calles de la ciudad, la nutrieron con su sed de rapaces.

Foto: Ralf Roletschek / roletschek.at

La escalera de la torre de las horas de la catedral, de caracol, evoca la ciudad construida apresuradamente con el dinero que da la guerra. La escalera de caracol sube alrededor de una columna y no tiene ojo. La torre románica que se alzaba más atrás de donde hoy está la gótica, es el escenario de las tensiones entre la cultura caballeresca de la depredación y las maneras de hacer de los condes urbanizados y pendientes del incipiente comercio en el entorno del año mil.

Es la espiral por la que subió en 1035 el tumultuoso joven Udalard Bernat, futuro vizconde de Barcelona, para vengarse y reivindicarse como miembro de una mesnada que lo confía todo al pillaje, que defiende encarnizadamente las formas caballerescas que vienen de antiguo y no quieren saber nada de las innovaciones del incipiente capitalismo. El motivo de su gesto no es muy importante, podría haber sido otro, los interminables pleitos con que se enfrasca la nobleza durante años también son una forma de hacer característica de las familias principales del país.

Udalard Bernat defiende la propiedad de unas tierras de la familia contra el tendencioso poder del conde. Su tío es Guislabert, el obispo de Barcelona y también vizconde; no es difícil imaginar el muchacho enjaulado en el cercado catedralicio durante el invierno, cuando no se hacen juegos, ni guerras ni cabalgatas en territorio enemigo, aburriéndose durante las horas dedicadas al aprendizaje de la escritura. Se subió a lo alto del campanario de la sede, acompañado de otros chicos de la casa vizcondal y, en una pulsión de libertad, se dedicó a tirar piedras contra el palacio condal –»iactaverunt Petras de ipso clochario ad palatium» dice el documento de la época–. El chico tenía unos quince años y de nada le sirvió ser nieto del vizconde Udalard, héroe de la defensa de Barcelona contra Almanzor; el juicio fue dirigido por el abad Oliva, obispo de Vic, y la autoridad del conde se hizo respetar con una enorme multa de doscientas onzas de oro. Los castigos políticos también tienen el color del dinero en una ciudad construida para la ganancia y la mejora.

Curiosamente esto ocurrió en la torre de las horas de la sede. Su sucesora, gótica y mucho más alta, prismática, construida sobre la puerta de Sant Iu, tiene una escalera de caracol que podemos visitar y que protagoniza otro cambio que consolidará la Barcelona urbana y, ya decididamente burguesa. A finales del siglo XIV se construye una enorme campana, la Honorata, para tocar las horas del día y de la noche porqué la nueva moral de los comerciantes ha convencido a todos de que el tiempo es oro y que esta riqueza debe ser medida y administrada con acierto. Dos sonadores son los encargados de batir la campana las veinticuatro horas, ayudados por un reloj de arena que mide el tiempo con bastante exactitud.

La ciudad pasa de las horas canónicas de la liturgia que habían estructurado el ritmo vital de los barceloneses, a través de las iglesias y los conventos, a la hora civil para todos que imponen los burgueses. Pero no se hace desde la casa de la Ciudad como en otros lugares sino precisamente desde el principal campanario de la catedral. El clero también es un firme partidario. La Honorata, fabricada en Barcelona mismo y financiada por los ciudadanos, será recibida con todos los honores. Es llevada en carretas enramadas y la sede hace gasto de gran luminaria para darle la bienvenida. Todo el mundo es consciente del nuevo poder administrador de la campana. El obispo en persona le da el agua del bautismo y el consejero le es padrino. El 28 de noviembre de 1393, a las seis de la tarde, comienza a tocar las horas después de difíciles trabajos en el campanario, tras innumerables subidas y bajadas de los operarios por las escaleras de caracol.

La represión de Felipe Quinto troceó y fundió la Honorata medieval en medio de muchas otras represalias.

El sonido de Honorata se apodera desde entonces de los barceloneses para no enmudecer casi nunca hasta la fecha. La ciudad mejora, trabaja más y mejor gracias al «gran, bell i notable seny de les hores.» El seny se convertirá en emblema de la forma de ser de Barcelona o, en todo caso, un ideal intensamente anhelado. El seny es un valor urbano en el que los barceloneses y, por extensión los catalanes, quieren reflejarse. No es extraño, por tanto, que con excesivo sentido práctico se rechazara, años más tarde, la instalación de un reloj mecánico fabricado por un vecino de Barcelona. El reloj humano tenía muy pocos costes de mantenimiento y, aunque era menos exacto, resultaba mucho más fiable, a prueba de averías. La campana de las horas se convierte en el imaginario colectivo en el emblema de los ideales de mejora y progreso. El seny y el idealismo que a veces van de la mano, y otras que no es así necesariamente.

Así, la campana de la sede acabará convirtiéndose en el sonido profundo de la libertad durante los hechos de 1714 y del republicanismo revolucionario del siglo XIX que llama insistentemente a la revuelta. La represión de Felipe Quinto troceó y fundió la Honorata medieval en medio de muchas otras represalias; la que hoy toca es decimonónica pero, en su recuerdo, utiliza el mismo badajo de la originaria. La escalera de la torre de las horas, desde los tiempos del impulsivo Udalard Bernat hasta la revolución de 1936, es también una de las cimas de la ciudad antigua, un lugar desde el que proclamar la rebeldía y el anhelo de libertad. El aire de la ciudad te hace libre, se ha dicho hace un rato. Pero más aún en un lugar como Barcelona, donde ya desde los tiempos de los orígenes medievales, los catalanes «havien aüda la lenga en francha alou de parlar de lurs reys e senyors e havien acostumat maldir d’aquells.»