La manera moderna de vivir en la gran ciudad comienza probablemente cuando sus habitantes tienen la necesidad de saber qué hora es con detallada exactitud para aprovechar mejor el tiempo.

En el mundo antiguo el cómputo temporal era una operación obligatoriamente aproximada porque no se dispone de la tecnología necesaria. Sólo se dispone de un cómputo temporal ligado a una ordenación horaria de acuerdo con las peticiones de la vida religiosa: las horas canónicas. En el mundo premoderno todo el tiempo era local y sencillo de calcular: cuando el sol estaba en el punto más alto era mediodía y, partir de ahí, las otras horas.

Tejados y torre del reloj del Recinto Modernista de Sant Pau. Foto: Teresa Grau Ros (CC BY-SA 2.0).

En Barcelona la torre de la puerta de Sant Iu en la catedral gótica marcó el desarrollo de la ciudad burguesa como torre de las horas. A finales del siglo XIV se construye una enorme campana, la Honorata, que toca sistemáticamente todas las horas del día y de la noche. Los comerciantes han convencido a todos que el tiempo es oro y que esta riqueza debe ser medida y administrada con acierto. Para que funcione tienen contratadas dos personas, los sonadores, que hacen batir la campana las veinticuatro horas, ayudados por un reloj de arena que mide el tiempo con bastante exactitud. Es así como la ciudad pasa de las horas canónicas de la liturgia que habían estructurado el ritmo vital de los barceloneses, a través de las iglesias y los conventos, a la hora civil para todos los que imponen los burgueses. Y lo que es más curioso es que no se hace desde la Casa de la Ciudad como en otros lugares de Europa sino precisamente desde el principal campanario de la catedral. La gestión del tiempo es una preocupación del conjunto de la sociedad. La ciudad mejora, trabaja más y mejor gracias al «gran, hermoso y notable buen juicio de las horas» como se le describe en un documento de la época.

Pocos años más tarde, sin embargo, aparece el primer reloj mecánico, construido por un barcelonés. Las posibilidades técnicas de una máquina como esta y en aquella época no son, obviamente, las que tenemos hoy y la idea fue pronto desestimada. El reloj humano tenía muy pocos costes de mantenimiento y, aunque era menos exacto, resultaba mucho más fiable, a prueba de averías. Ya sabemos que el “seny” ha sido siempre una especie de emblema de la forma de ser de Barcelona. O en todo caso un ideal ansiado intensamente.

Saber a tiempo tal o cual información económica, puede suponer ganar o perder mucho dinero.

Para ordenar el tiempo es necesario un reloj preciso y que ordene exactamente el tiempo. Esta necesidad nace cuando hay gente que se da cuenta que los habitantes de otro lugar del planeta viven con un horario diferente, una idea hasta entonces reservada sólo a los astrónomos. Cuando aparecen el ferrocarril que devora las distancias y, sobre todo, el telégrafo, los barceloneses dan cuenta de que mientras en la ciudad es, por ejemplo, la una de la tarde en Moscú es mucho más temprano. La sincronización de relojes dentro de un mismo territorio se hace necesaria cuando se empieza a tener presente los distintos husos horarios del planeta. Las noticias llegan a través del telégrafo y los diarios de Barcelona se hacen eco por primera vez en la historia de terremotos, de muertes, de nacimientos de personalidades, de acontecimientos que, por primera vez, consignan, a qué hora se han producido. Y más importante aún: de cotizaciones de bolsa. Saber a tiempo tal o cual información económica, saber qué ha pasado en la bolsa de Londres, de París o de Nueva York puede suponer ganar o perder mucho dinero. Saber qué hora es y cuánto hace de tal o cual evento.

Reial Acadèmia de Ciències i Arts de Barcelona. Foto: Pere López (CC BY-SA 3.0).

La predicción meteorológica también se beneficiará de esta nueva manera de plantearse el cómputo del tiempo. Habrá que esperar hasta la nueva ciudad que nace con el Ensanche, con el cambio de siglo entre el XIX y el XX para que Barcelona cuente con un reloj de gran precisión y, como consecuencia, que pueda asegurar la hora oficial, la denominada «hora de Barcelona».

El reloj todavía se puede ver hoy y está en la Rambla, en el edificio de la Real Academia de Ciencias y Artes: una maravilla de la época, un extraordinario reloj eléctrico Collin que había sido adquirido en 1887. Desde 1891 es la hora oficial de la ciudad de acuerdo con una orden de la alcaldía de Barcelona. Desde el establecimiento de esta referencia de uso público los ciudadanos barceloneses que querían dar crédito y precisión a sus relojes personales afirmaban que iban «con la hora de la Academia». Pero para asegurar que este reloj sea preciso se tuvo que contar con el servicio horario de la Academia, cuyo responsable fue el meteorólogo y sismólogo Eduard Fontserè, el primer vigilante del reloj.

Cabe señalar que, en el interior de la Academia, en el vestíbulo, hay otro reloj importante. Es el reloj Billeter, fabricado por el fabricante suizo instalado en Barcelona Albert Billeter. En 1869 fabricó este reloj astronómico que señala la hora, la salida del sol y la hora en veinticuatro capitales del mundo. Tiene un calendario perpetuo y un planetario con los signos del zodiaco.