A Stefan Zweig

Recibo una llamada extraña de una mujer que por la voz dulce parece joven. Me cuenta que su padre tiene una importante colección de dibujos y me cita a verla en Argentona.

Voy en tren y el mar es una superfie plana de papel Albal. Al llegar la señora me dice por el interfono que no me puede atender, es mediodía y me emplaza a que vuelva a las cuatro de la tarde. Algo pasa, su voz se ha vuelto grave y autoritaria.

Rembrandt, Aristóteles contemplando el busto de Homero, 1653. Metropolitan Museum of Art, New York. CC0 1.0.

Después de comer acudo a la casa, un piso de los años sesenta, triste. Huele a caldo. La mujer tiene sesenta años largos mal llevados y sólo su voz la rejuvenece. La televisión está demasiado alta (no sé porqué nunca la apagan) y escupe imágenes de un reality-show. Me pasa a la sala con muebles alfonsinos y una lampara de Bacarrá y saca un álbum de dibujos bellamente encuadernado en piel verde mientras esperamos a que llegue su padre.

El padre me habla de sus dibujos comprados a los mejores anticuarios del mundo

Se oyen pasos por el pasillo y llega el hombre andando con dificultad con los pies abiertos como un quitanieves. Es ciego. Su craneo me recuerda al de Homero que pintó Rembrandt. La hija pasa rápidas las páginas del álbum y me doy cuenta que faltan algunos dibujos, se perfila leve la sombra de las tintas que allí estuvieron en contacto con el papel.

El padre me habla de sus dibujos comprados a los mejores anticuarios del mundo, obras de Cano, Guercino, Conchillos, Tiepolo, que ya no están allí, substituidos ahora por papeles verjurados blancos. Acaricia las páginas el viejo ciego y toca los papeles y sigue hablando del pasado mientras yo miro a su hija y el ayudante, figuras convertidas de repente en estatuas de sal.

No sé que decir, sólo apunto algunas cosas en mi libreta y balbuceo que les llamaré pronto con una valoración. Me despido del señor y me susurra: “no verás en tu vida mejores dibujos que los mios” mientras me fijo en sus ojos vacíos. La hija me acompaña a la puerta. Mientrás espero el ascensor me dice con voz de niña: “de alguna cosa teniamos que vivir…”.