Palau Antiguitats expone hasta el 7 de febrero de 2020 la muestra Luna y Mujer que, coincidiendo con el cincuenta aniversario de la llegada del hombre al satélite, ha conseguido reunir un centenar de grabados, además de algunos dibujos y fotografías.

En esta exposición, el anticuario de Gràcia saca a escena las obras que, como pequeños tesoros, ha ido atesorando a lo largo de los años y en los que la mujer y la luna, unidas en simbiosis, se han hecho dueñas indomables del papel.

Anónimo, Mujeres y lunas, c. 1902. Postales editadas en París.

De hecho, la fascinación por la luna viene de antiguo. Su naturaleza hipnótica sedujo prácticamente a todas las culturas que siempre la quisieron cazar, ya fuera dibujándola o fotografiándola. El 20 de julio de 1969 el sueño se cumpliría. Hasta entonces, la luna, impertérrita en el firmamento y envuelta por un aura de misterio que la noche ayudaba a agudizar, sólo hacía que alimentar el deseo de poseerla. Su proximidad, a veces tan lejana, había provocado muchas noches en vela.

Cornelis Cornelisz van Harlem, La diosa Diana como una luna, c. 1606-1616.

Así pues, la exposición camina por la historia, y va y viene saltando cronologías desde el siglo XVI hasta el XX gracias a una selección cuidadosa de obras y de artistas que consiguen entablar diálogo. De entre todo este papeleo destaca La diosa Diana como una luna (ca. 1606-1616), una obra de Corlenis Cornelisz Van Harlem grabada por Jacob Mathama que representa la diosa Diana, un torrente de carne y curvas que, desnuda, camina sobre las nubes con una luna en cuarto creciente sobre su cabeza. La diva romana se va, dramáticamente, dando la espalda al espectador y se adentra, encarnada en una farola que ilumina su paso, en el misterio de la noche.

Hendrick Goudt, La huida de Egipto, 1613.

De este mismo siglo es La huida de Egipto (1613) de Hendrick Goudt, un grabado en el que el artista holandés evidencia un dominio admirable de la técnica. Aquí, la fuerza cromática del negro pasa a ser el tema principal de la obra, relegando a un segundo plano el relato bíblico. Goudt consigue, en un giro de modernidad, grabar una oscuridad que se come a sí misma y se pierde en su propia materia dejando, eso sí, pequeños puntos de luz que sobreviven en las entrañas de la noche. Goudt grava, magistralmente, un negro apretado que respira en la penumbra.

Francisco de Goya, Si amanece nos vamos, 1799 (1937).

Sin embargo, la fuerza de Goya y su intemporalidad hacen acto de presencia y se dejan caer, como siempre, en sus Caprichos (1799), especialmente en los grabados donde aparecen brujas y seres fantásticos que sobrevuelan la cara más oscura de la luna.

Modest Urgell, Nocturno. Barahona, finales del siglo XIX.

Hay que hacer mención, también, del dibujo Nocturn. Barahona de Modest Urgell, un apunte delicadísimo, pequeño y a medio acabar en el que el pintor catalán, experto en cementerios y parajes inhóspitos, congela al vacío la villa de Barahona bañada por la luz nostálgica de una luna llena.

Félicien Rops, La esfera de la luna, 1881.

Igualmente, de finales del XIX es el frontispicio de la obra La esfera de la luna (1881) de Félicien Rops, un aguafuerte que requiere una lupa para captar, a modo de voyeur, los detalles que se esconden, juguetones, entre el papel. En el grabado, siguiendo el erotismo decadentista propio de Rops, la luna se encarna con humor y elegancia en un culo femenino convirtiéndose así en la obra más curiosa y divertida de la exposición.

Pere Prat i Ubach, El carbonero, 1915.

De aquí encontramos, también, la obra El carbonero (1915) de Pere Prat i Ubach. El resultado es un dibujo redondo, de una sensibilidad cromática casi musical, en el que una tríada de mujeres adormecidas está absorta por una luna que, a media vida, flota en un mar de estrellas. El carbonero, que es posiblemente la parte más anecdótica del conjunto, representa la realidad lógica y racional, mientras que ellas, poseídas, se encuentran literalmente en la luna.

Perejaume, Luna, s/f.

Del mismo modo, no podemos dejar de mencionar los grabados de Perejaume y su esquematismo poético de raíces surrealistas y conceptuales; del realismo mágico y oscuro de Ramon Calsina con el dibujo Ilustración satírica con luna llena; o de la fotografía tomada alrededor de 1899 y 1900 por un autor desconocido que, sirviéndose del universo ilusionista de Méliès, retrata con absoluta ternura a una mujer que reposa desnuda y sensual sobre una luna. En esta fotografía, los límites entre una y otra terminan desdibujándose para dar paso a una fusión mutua de fronteras invisibles.

Anónimo, Desnudo, c. 1899-1900.

En definitiva, sólo los que sueñan tienen los pies en el suelo y esta mentalidad, que entiende el arte como un divertimento de escaleras infinitas, es la que, al final, permite exposiciones como la presente. Como siempre, y la muestra así lo corrobora, el anticuario de Gràcia parece que navegue a contracorriente. En el fondo, sin embargo, sólo es fiel a su afición por el papel. Esta vez, Palau Antiguitats ha querido agarrar la luna con los dientes y lo ha conseguido.