Esta semana, la edición en papel del diario del establishment catalán publicaba un artículo, firmado por Josep Playà, bajo el título: El mercado del arte cae un 50%. Actualmente, lo podéis leer en línea, con el título un poco cambiado: «Los galeristas reclaman el 2% cultural a la Generalitat«.

Si yo publico un artículo con ese título original, me crucifican. ¿A qué viene, esta sentencia? Lunes 25 de noviembre tuvieron lugar, en el Arts Santa Mònica, de Barcelona, las Jornadas Sobre Arte & Galerismo, organizadas por el Gremi de Galeries d’Art de Catalunya en colaboración con Talking Galleries.

Las subastas de arte son un espectáculo poco multitudinario, en Cataluña.

Bueno, eso de jornadas, en plural, habría que dejarlo en una «media jornada» que arrancó a las diez menos cuarto de la mañana y terminó a las dos de la tarde. Y la charla verdaderamente interesante es la que reporta Playà, «Propuestas para incentivar el mercado del arte catalán y el papel de la administración pública», con el concurso de Joan Anton Maragall (Sala Parés), Artur Ramon (Artur Ramon Art ), Jordi Mayoral (Galeria Mayoral) y Benito Padilla (Imaginart), con una fila cero de primera: Ferran Barenblit (MACBA), Pepe Serra (MNAC) y Miquel Curanta (ICEC); moderado por el ex-galerista y hombre del momento Llucià Homs.

Tengo que confesar que conozco personalmente a los ponentes de este encuentro y que siento simpatía y admiración sin reservas por todos ellos. Aún más, me parecen fantásticas y necesarias las actividades organizadas por el Gremi de Galeristes de Catalunya, presidido por Mònica Ramon. Vaya por delante.

Playà constata que el arte catalán vive uno de los momentos más complicados, a pesar de la potencialidades de sus creadores y los esfuerzos del sector y, «al decir de algunos expertos», atribuye la situación al «descenso del consumo cultural, la práctica desaparición de la clase media del coleccionismo, la pérdida de valor de la pintura como inversión (se citaron nombres como Gimeno, Meifrén o Cusachs, que se han devaluado, y el papel a la baja de las subastas) y la imposibilidad de los museos para comprar obra de arte [que] aboca a una situación catastrófica”.

En Cataluña hay dos asociaciones de galeristas: el Gremi de Galeristes de Catalunya (GGAC, creado en 1978), con 44 galerías, y la asociación Art Barcelona (Abe, fundada en 1990). Tengo muy mala memoria, pero creo recordar que en el año 2000 eran más, bastantes más. Además, un vistazo a cada lista de agremiados nos revela que algunas de estas galerías tienen la persiana medio bajada, o que ya no operan con un local abierto al público. Y tengo información de la difícil situación de unas cuantas más, que tienen pensado cerrar en silencio. También es verdad que hay algunas, muy pocas, que no forman parte de ninguna de estas dos asociaciones. Sin tener una bola de cristal, puedo asegurar que, en menos de una década, el número de galerías de Cataluña quedará reducido a menos de la mitad.

El error sería buscar culpables, o creer en soluciones mágicas. Vamos a poner un ejemplo muy diferente para entender qué nos espera: las enciclopedias. Antes, en cada hogar, rico o pobre, había al menos una enciclopedia. No eran baratas, pero las familias hacían un esfuerzo económico con la esperanza de que esta herramienta de conocimiento fuera útil en el progreso intelectual y profesional de sus hijos. La Enciclopèdia Catalana fue fundamental para «hacer país» en todos los sentidos posibles de la expresión. Llegó internet, y el consumo de información entró en una nueva dimensión. No hablo sólo de la Wikipedia, hablo del buscador de Google, la verdadera enciclopedia ordenadora del conocimiento (y, a la vez gran conocedora de nuestras inquietudes).

La causa de la caída del mercado del arte catalán –y de las antigüedades– no es tan sólo la desaparición de la clase media, que la gente viva en pisos pequeños donde no cabe mucho, o que ciertas formas de arte –instalación, algunas prácticas conceptuales– sólo pueden tener como cliente una institución. Tampoco lo es que las clases dominantes hayan dejado de considerar al arte como emblema de su estatus privilegiado, y que los hijos de los grandes coleccionistas prefieran automóviles de marca, yates y viajes de lujo. Ni que sea muy difícil, en Cataluña, encontrar a un coleccionista de arte menor de 65 años (un día, una epidemia de gripe nos dejará de golpe y porrazo sin coleccionistas).

El arte no ha muerto, está más vivo que nunca.

Las causas principales son dos, y no tienen remedio: 1) la globalización crea números 1 mundiales… y nadie quiere oír hablar del número 2. Esto significa la práctica devaluación hasta la irrelevancia de los mercados locales. Y 2) La tecnología digital y las redes han creado nuevas formas de pensamiento y nuevos sistemas de distribución. El arte no ha muerto, está más vivo que nunca, pero no está limitado a la exclusividad o a un número limitado de copias; a menudo tampoco es material.

Si ya no compramos el periódico en el quiosco, ni llevamos a revelar las fotos, ni vamos a la tienda de música ni al videoclub… ¿vamos a seguir comprando arte del mismo modo que hace veinte años?

Ya no hay nuevos gaudís, ni picassos, ni mirós, ni dalís… ni un triste Tàpies. Pero tenemos a Ferran Adrià, Rosalía, Albert Serra –sí, tal vez peco de entusiasmo–, Martí Guixé, Dani Sánchez-Crespo –uno de los nuestros mejores creadores de videojuegos, como Invizimals–, y tantos otros.

Son gente que ha hecho progresar el lenguaje de la creatividad, que trabaja en equipo, y sus obras son difíciles de poseer en un sentido de exclusividad… Han influido en nuestra percepción de la vida y, si nos ceñimos a lo económico, facturan mucho más que todos los gremios de galeristas y las casas de subastas juntos.

Con esto no estoy diciendo que la pintura, la escultura, el videoarte, la instalación… desaparecerán. Ni que desaparecerán todas las galerías de arte de Cataluña. Pero sí que cambiará el sistema de distribución –imaginad un Netflix del videoarte, o que algunas galerías se reconviertan en productoras o dinamizadoras–, y su producto irá destinado a una minoría muy reducida –quizás incluso más fiel– que ahora.

Finalmente, está el tema del patrimonio. Es necesario que las instituciones destinen el 2% de sus presupuestos a la cultura, y que un 0,7% vaya a patrimonio (un patrimonio expandido, entendido de una manera muy amplia como tesoro cultural común), y que no se pierda tiempo ni dinero subvencionando determinadas “industrias” culturales que no funcionan; sólo estamos alargando una agonía nostálgica.