Ópera. Pasión, poder y política inaugura dos temporadas: la artística del CaixaForum, y la operística del Gran Teatro del Liceo, en el vigésimo aniversario de su reapertura tras el incendio de 1994.

Y lo hace centrándose en el estreno de ocho óperas en tantas ciudades: L’incoronazione di Poppea, de Claudio Monteverdi, en la decadente Venecia de 1642. Rinaldo, de Händel, en el renacido Londres de 1711. Le nozze di Figaro, de Mozart, en la tolerante Viena de 1786. Nabucco, de Verdi, en el pujante –pero sometido– Milán de 1842. Tannhäuser, de Wagner, en el París del Segundo Imperio (1861). Salomé, de Richard Strauss, en la Dresde de 1905. Y Lady Macbeth de Mtsensk, de Shostakóvich, en Leningrado (San Petersburgo) revolucionario de 1934.

Pau Febrés Yll, Bombas en el Liceu, 1894 © Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona.

Ocho historias «vestidas» con objetos de época, mapas y obras de artistas como Dalí, Degas, Manet, Kirchner, Casas e incluso Versace, instrumentos de época antigua –incluido un piano que fue tocado por Mozart–, escenografías espectaculares pero no invasivas, proyecciones y un sistema de auriculares de alta fidelidad –Sennheiser– que nos guiará musicalmente por todos los ámbitos, con introducción y apuntes del director musical del Liceu, Josep Pons.

La exposición fue concebida por el Victoria & Albert Museum de Londres, en colaboración con la Royal Opera House, pero para Madrid y Barcelona se ha añadido una ópera más: Pepita Jiménez, de Isaac Albéniz.

Salvador Dalí, Disseño de vestuario para el verdugo, 1949 Royal Opera House Collections, Londres © Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, VEGAP, Barcelona, 2019.

Estrenada el 5 de enero de 1896, en italiano y con un solo acto. Pepita Jiménez es una joven y rica viuda, que se enamora de un seminarista… Lo importante aquí, sin embargo, es Barcelona, una ciudad dinámica, pujante y convulsa que había derribado las murallas y crecía ordenadamente gracias al plan del Ensanche; había celebrado la Exposición Universal de 1888; Gaudí, Domènech i Montaner y Puig i Cadafalch competían en excelencia; las chimeneas se multiplicaban y los obreros se organizaban para defender sus derechos. En 1893, Santiago Salvador i Franch había tirado dos bombas tipo «orsini» en la platea del Liceu: una estalló y mató veinte personas. Las óperas no se escuchaban, entonces, con el venerable silencio de hoy: la gente entraba y salía, hablaba, y en la sala de espejos, mientras tanto, se compraban y vendían títulos empresariales con el alboroto correspondiente. El Liceu era, por supuesto, una iniciativa privada, una empresa con socios promotores. Lo fue hasta 1980.

Joan Planella Rodríguez, La niña obrera, 1889 © Generalitat de Catalunya. Museu d’Historia de Catalunya. Fotografía: Pep Parer.

Como casi en todas partes, las óperas eran en italiano. Costó muchos años que Wagner se pudiera cantar aquí en alemán. Pero Wagner, y esta es otra historia, será adoptado por los catalanes casi como si el de Leipzig hubiera nacido en Reus.

Precisamente, el Tannhäuser de Richard Wagner protagoniza el apartado dedicado al París de Napoleón III. Nacía la obra de arte total: Wagner escribía también los libretos y controlaba la escenografía y los efectos visuales. Las innovaciones de Wagner gustaron tan poco en París como las de los pintores impresionistas, que, excluidos los certámenes oficiales, tenían que exponer en el Salon des Refusés (Salón de los Rechazados).

Venecia era Las Vegas del barroco.

Vayamos, sin embargo, al principio. La primera ópera pública –o sea, cobrando entrada– se estrenó en la decadente Venecia de 1642. A raíz de la caída de Constantinopla en manos de los otomanos, en 1453, Venecia deja de comerciar con oriente, su fuente de riqueza. El futuro pasa por América, y la Serenísima República se convierte en periferia.

Canesú, vestuario de teatro. Italia, c. 1750 © Victoria and Albert Museum, London.

En 1630, una peste había eliminado a un tercio de su población. Durante el carnaval se celebraba la decadencia, y eso atraía a los extranjeros. Había que aprovechar para vaciarles los bolsillos: Venecia se hizo famosa por las cortesanas, los juegos de azar, el carnaval y los espectáculos de ópera… o sea, Las Vegas del barroco.

Y mientras Venecia se hundía, Londres resurgía. Gran Bretaña había sufrido guerras civiles, conflictos entre católicos y protestantes, el Gran Incendio de Londres de 1666, pero el comercio con África y las Indias Occidentales había convertido su capital en una de las ciudades más ricas de Europa.

William Hogarth. Bailes de máscaras y ópera (el mal gusto de la ciudad), c. 1790 © Victoria and Albert Museum, Londres.

Los promotores edificaban teatros y los gestionaban con gran éxito comercial. El joven sajón Georg Friedrich Händel se trasladó a Londres, en busca de fortuna y éxito. Y lo consiguió al primer intento. Su Rinaldo, fue la primera ópera interpretada en italiano en la ciudad. El cantante estrella, un castrato; y para acabar de deslumbrar al espectador, fuego, agua y aves vivas. El éxito fue tan abrumador que determinada prensa protestó, temiendo por el teatro tradicional en inglés. A Händel no le faltó el trabajo: comía, componía y dormía literalmente sobre el teclado. Mientras tanto, el castrado Farinelli regalaba placer sin riesgo a las ricas damas de la capital.

Gustav Klutsis. Politburó TsKVKP (Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviètica, 1935 © Victoria and Albert Museum, Londres.

La exposición recorre tres siglos de iniciativas, de la decadente Venecia al Leningrado bolchevique. ¿Una ópera comunista? Lady Macbeth de Mtsensk, del joven Dimitri Shostakóvich no gustó a Stalin. ¿Un ama de casa burguesa, asesina? Esto no encajaba en el concepto de «realismo socialista». Los experimentos, con gaseosa y en el gulag. En 1936 comenzaba la Gran Purga. Shostakóvich se salvó por los pelos, pero tardó unos años en recuperarse. Hacer ópera en la Unión Soviética era tan peligroso como ser el dentista de Mao Zedong.

Una vez vista y disfrutada la exposición, se puede concluir que la ópera es el arte europeo por antonomasia. Un arte que nos revela la construcción social y cultural de la Europa moderna a través de sus principales hitos.

Ópera. Pasión, poder y política se puede ver –y escuchar– en el CaixaForum Barcelona hasta el 26 de enero de 2020.