Uno de los artistas que la renovación de las salas del Modernismo del MNAC de 2014 permitió redescubrir es Antoni Fabrés (1854-1938).

En concreto, una de sus obras que más me llamó la atención del pintor es Reposo del guerrero (1878), un sensual desnudo masculino orientalista, inacabado, de una gran fuerza. En el recorrido se incluyeron algunas de las obras de este artista, que triunfó en vida y que hizo una importante donación al museo en los años 20. Las obras de Fabrés, incluso, fueron expuestas en una sala única en el museo, pero su obra fue retirada de la exhibición a principios de la década de los años 30. De la gloria al ostracismo en muy poco tiempo. Y las obras, de estar colgadas en el museo a un almacén hasta 2014.

Antoni Fabrés, Repòs del guerrer, 1878. Donació de l’artista, 1925. Museu Nacional d’Art de Catalunya.

En el MNAC, como museo nacional que es, le tocaba recuperar la obra de este artista versátil y efectivo, que fue más allá del academicismo y el orientalismo de su primera época. Y lo hace ahora en una exposición en la necesaria línea de las muestras y libros monográficos que el museo ha dedicado a artistas catalanes, cuya obra demandaban un estudio profundo como Lluïsa Vidal, Torné Esquius, Carles Casagemas, Xavier Gosé o Josep Tapiró.

Antoni Fabrés, L’escultor, c. 1910. Donació de l’artista, 1925. Museu Nacional d’Art de Catalunya.

En este caso, ha sido Aitor Quiney, quien se ha adentrado en la biografía y obra de este artista de carácter vehemente y apasionado, y ha comisariado una exposición que hace retornar en toda su gloria perdida la obra de Fabrés a las paredes de una sala del museo. Integrada en un espacio privilegiado del recorrido del Modernismo, la exposición de Fabrés hace justicia al pintor. La vocación primera de Fabrés fue la escultura, disciplina por la que también estaba muy dotado como se puede ver en el ejercicio de virtuosismo extremo gracias al cual pudo ganar una beca en Roma: un Abel muerto, que ejecutó en sólo ocho horas. Pero la vida le llevó a ser un pintor de éxito y su virtuosismo evidente se demostró, sobre todo, como dibujante y como pintor, en sus magníficos retratos y paisajes.

Antoni Fabrés, Un lladre, 1883. Museo Nacional del Prado, Madrid.

Artista nómada que tuvo taller en Roma, Barcelona, París y Ciudad de México, parece como si Fabrés viviera una tensión interior para, por un lado, contentar a su clientela conservadora, y por otro, soltarse un poco en su lenguaje personal con obras de corte social y naturalista, en las que la pincelada es más suelta y la expresividad mucho mayor. Esta tensión, que ejemplifica la que vivieron muchos artistas “academicistas” de la primera mitad del siglo XX, marca esta interesante exposición. Un ejemplo de esta tensión es el minimalista paisaje Desierto blanco (1901), que en principio era una obra bélica con un soldado muerto en medio de la nieve. Pero años después de su ejecución, Fabrés borró el cadáver y convirtió la obra en un paisaje casi monocromo.

Retrata un jovencísimo Diego Rivera, que fue alumno de Fabrés en México.

La investigación de Quiney en las obras almacenadas en el museo hasta ahora ha permitido, además, hacer descubrimientos curiosos como la de un dibujo que retrata un jovencísimo Diego Rivera, que fue alumno de Fabrés en México.

Antoni Fabrés, Retrat del pintor Diego Rivera, c. 1902- 1906. Donació de l’artista, 1925. Museu Nacional d’Art de Catalunya.

Otro acierto de la muestra es haberla montada al estilo de un gabinete de pintura, con diseño del artista Jesús Galdón, con los cuadros colgados en varios niveles. La única concesión que quizás se debería haber hecho al visitante actual es colocar las cartelas en las paredes -y no en hojas de sala- para facilitar aún más esta faceta de conocimiento nuevo que aportan exposiciones de recuperación como ésta.

La exposición Antoni Fabrés. De la gloria al olvido se puede visitar en el MNAC, de Barcelona, hasta el 29 de septiembre.