El tejido artístico y patrimonial de Cataluña es extenso … y delgado, demasiado delgado. ¿Son, los recientes despidos de personal en la Fundación Joan Miró, y el «cambio estratégico» en la Fundación Antoni Tàpies, avisos de futuras escabechinas?

La Fundación Miró de Barcelona ha anunciado un agujero de entre 800.000 euros y un millón, y en consecuencia ha prescindido de siete trabajadores. Habrá más despidos.

Montaje del Tríptico de los fuegos artificiales (1974) de Joan Miró, en la fundación del artista en Barcelona.

La Fundación Antoni Tàpies tiene una estructura mucho más ligera, pero ha declarado que quiere ir hacia «otros modelos de funcionamiento» para obtener recursos.

El 20% de los recursos de la Fundación Miró, de un total de 8 millones de euros anuales, son públicos. En el caso de la Tàpies, con un presupuesto de 2 millones anuales, la aportación pública es de un 50%. La programación para 2019 en ambas instituciones es muy austera.

Pero el resto de las instituciones artísticas, públicas o privadas, de Cataluña también está en precario. Podéis consultar en los periódicos los anuncios de programación para este año, bastante inferior a los peores años de la crisis económica … Y es que, digan lo que digan, no nos hemos recuperado.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Hay muchos factores a valorar. Por ejemplo, desde 1981 las fundaciones y museos han proliferado como setas, tanto si eran necesarios, como si no. Y tenemos unas infraestructuras que hay que alimentar, sí o sí.

En progresión inversa a esta proliferación, el ecosistema comercial de las artes plásticas ha adelgazado: los viejos coleccionistas no han sido relevados. Hay menos compradores de arte, el público local ha dejado de visitar museos y galerías. O sea, tenemos un gran patrimonio, pero no lo hemos explicado bastante bien, no la hemos convertido en un valor común.

Picasso, Miró y Dalí no vendieron prácticamente nada aquí.

No olvidemos que Picasso, Miró o Dalí -tres creadores universales- no vendieron prácticamente nada aquí. Si fuera por el mercado local, se hubieran muerto de hambre. El panorama no ha cambiado mucho.

Las cajas de ahorros eran un actor importante, productor de exposiciones de arte. Ahora han desaparecido y, en algunos casos, sobreviven sus obras culturales, muy disminuidas.

Como Cataluña no tiene Estado, no puede proyectar sus artistas en el exterior. Y España no ha impulsado ninguna ley de mecenazgo. No hay, pues, incentivos fiscales. Pero si la hubiera, ya os podéis imaginar lo que acapararían museos como El Prado o el Reina Sofía. En Cataluña no llegarían ni las migajas. Y os podría citar muchos ejemplos de empresas catalanas que han patrocinado muchas más exposiciones en Madrid, incluso en París, que en Cataluña.

Por otro lado, nuestros museos y centros de arte públicos o semipúblicos -por llamarlos de algún modo- han jugado con el dinero de todos. La mayoría de personal que veis cuando vais a un museo o fundación, es personal eventual contratado mediante una ETT: la empresa cobra más del triple de lo que acabará recibiendo el trabajador. Evidentemente, estas empresas no son Endesa o Naturgy, pero todas tienen en nómina políticos «en tránsito». O sea, aquellos que han perdido un cargo en una institución y están esperando la oportunidad de un nuevo cargo institucional, no importa de qué partido sean: los partidos, como las mafias, cuidan de los suyos.

Hemos saturado las instituciones artísticas con burócratas que gestionan programaciones artificiales; y hemos obviado dos hechos fundamentales:

1) la creatividad local existe, hay que creer en ella y promocionarla, en toda su variedad.

2) como decía Clinton, «It ‘s the economy, stupid». Somos tan frágiles como nuestra situación económica. No podemos ser frívolos con el dinero.

Roberta Bosco nos avisó, en el Mirador de les Arts, del mal ambiente en la Fundación Miró. Este miércoles volvía a ello en El País, y explicaba que los gestores de la Miró habían despedido gente, pero que no habían reconocido haberse equivocado en gastar, el último año de dirección de Rosa Maria Malet, un millón de euros en desplazar la colección permanente a la planta baja. Un error que ha descabezado siete puestos de trabajo… y pico.

Pero las preguntas más importantes sobre esta purga nos las tenemos que plantear a nosotros mismos: «¿he comprado alguna vez una obra de arte, por muy sencilla y barata que sea?», «¿Cuándo fue la última vez que entré en una galería?», «¿Y la última vez que visité un museo?” Si las respuestas son: «nunca», «no me acuerdo» o «la noche de los museos» ya habéis encontrado al principal culpable.