No se podía decir que Gustau Violet (Tuïr 1873 – Perpiñán 1952) fuera un artista popular en Cataluña. Tampoco se podía decir que fuera un desconocido, pues en la bibliografía sobre el arte catalán del siglo XX sale prácticamente siempre, y está presente en algunos museos.

Pero el hombre de la calle no lo conoce. Seguramente porque es rosellonés y no ampurdanés o de la Garrotxa, por ejemplo. Sin embargo, ahora, por fin, ha habido un fuerte resurgir del interés por Violet, y no sólo en el Rossellón sino también en la Cataluña del Sur.

Gustau Violet, por Ramon Casas (1905), carbón con toques de color (MNAC)

Violet fue un artista singular, verdaderamente, y no tiene nada que ver con el arte convencional. En realidad, se tituló en arquitectura, en 1897, pero es mucho más conocido por su práctica de otras artes, encabezadas por la escultura. Su estilo es propio, y no se asemeja ni a los escultores oficiales, como el también rosellonés Raimon Sudre, ni a los más modernos, como Rodin o Maillol, éste amigo suyo. Violet hizo su propio camino, entroncado con la modernidad, pero sin mimetismos. Rompiendo la tradición ochocentista de escultores académicos norcatalanes de éxito, incorporados en el París oficial, como Alexandre Oliva o Gabriel Faraill.

Gustau Violet, Les tafaneres [Las chafarderas] (c. 1905-1910), terracota patinada. Ayuntamiento de Tuïr.

Ya hace muchos años que Ramon Gual, desde Prada de Conflent –donde Violet residió–, ha emprendido constantemente iniciativas sobre el escultor. El verano del 2014 ya comisarió una monográfica del artista en la amplia sede del Centre d’Estudis Pau Casals, de la Universitat Catalana d’Estiu de Prada. La última ha sido la publicación de un grueso catálogo –más de 550 páginas– de la obra de Violet (Gustau Violet. Catàleg de les obres d’un artista català, singular i plural, testimoni del seu temps, Terra Nostra, Prada 2018), elaborado en colaboración con su mujer Mònica Batlle, y publicado en edición bilingüe catalán–francés.

Gual no es un académico, es un activista. Sólo hay que decir que rebasados los ochenta años sigue jugando a fútbol en campo grande. Sus monografías e iniciativas son hijas básicamente del entusiasmo, y en este caso también de su pasión por Violet, artista que siempre lo ha motivado en extremo.

En el presente volumen, muy ilustrado, hay una acumulación ingente de piezas del artista (escultura, dibujo, ilustración, cerámica, hierro forjado, arquitectura…), además de fotografías documentales y familiares que acercan más el personaje al lector. No sólo hay piezas pequeñas sino también monumentos, tumbas y obra aplicada a la arquitectura. Es un libro fruto del trabajo de campo, y no hay bibliografía, que tiene que aparecer, según dice el autor, en un futuro segundo volumen.

Violet fue muy propenso a multiplicar su obra, y solía hacer tiradas sin numerar de sus esculturas de exposición. Gual & Batlle hacen constar en la ficha de cada pieza el número de ejemplares que conocen, pero no suelen dar las localizaciones.

Desde la Universidad también se ha prestado atención a Violet. En la tesis doctoral L’invention d’une Méditerranée: patrimoine, création et identité en Roussillon. Fin XVIIIesiècle – Entre–deux–guerres, de Marie–Hélène Solère–Sangla, presentada en la Universidad de Toulouse el septiembre de 2011, y publicada posteriormente por las Presses Universitaires de Perpiñán en 2017, Violet queda muy bien enmarcado en este contexto de toma de conciencia de la personalidad cultural colectiva de la Cataluña del Norte, quizás nunca hasta ahora analizado con tanto detenimiento como aquí.

De hecho, en el original de esta tesis –que puedo consultar fácilmente por haber formado parte del tribunal de doctorado–, el capítulo final, justo antes de las conclusiones, tiene por protagonista absoluto a Violet. Son cerca de una treintena de páginas, donde la autora extrae de revistas de la época como Revue catalane, La revue du Palais, La Veu del Canigó, el Bulletin dela Société Agricole Scientifique et Littéraire, La Tramontane, La Clavellina o Bulletin catalan, los testimonios que ayudan a dibujar el pensamiento y la actividad de Violet. Se documenta cómo en la exposición de Bellas Artes de Béziers de 1901, la primera vez que según parece Violet expuso en público, éste ya tuvo la oportunidad de descubrir a Joaquim Sunyer, y de iniciar sus vínculos con el arte catalán moderno de la Cataluña del Sur. Sangla también subraya el llamamiento que Violet hizo a los otros artistas del Rosellón, en 1907, en el sentido de que el arte tenía que ser “regional”, y otros muchos detalles que ponían al artista en el lugar que le corresponde en el despertar del arte catalán contemporáneo, y más concretamente del rosellonés.

La más reciente de las reivindicaciones de Violet es la exposición antológica, hecha en Sitges, L’escultor Gustau Violet. Art, pensament i territori, de este año, que estará abierta todavía hasta el 21 de octubre, en el palacio de Maricel, que nos deja una nueva y amplia publicación, un catálogo de 215 páginas, muy ilustrado –también en edición bilingüe catalán–francés– y con varios textos de primera mano, que analizan el personaje desde diferentes puntos de vista, firmados por Ignasi Domènech, Ester Barón –éstos dos los comisarios de la muestra–, August Bover y Eric Forcada.

La elección de Maricel como sede de la exposición no podía ser más oportuna, puesto que Violet tiene obra allí, y además él, que era amigo de Miquel Utrillo, tenía que ser el autor de los medallones escultóricos que se tenían que incorporar al puente del palacio que comunica sus dos partes por encima de la calle Fonollar, tarea que se frustró por el estallido de la primera Guerra Mundial, lo que implicó la movilización del escultor, como súbdito francés que era.

También se aborda en la exposición de Sitges el papel de Violet como hombre de letras, puesto que, junto a todas sus otras especialidades artísticas, fue un activo escritor, de quien se recuerda especialmente su pieza teatral en dos actos La font de l’Albera (1922), escrita junto a Josep–Sebastià Pons, que tenía que ser musicada por Déodat de Séverac. Al morir demasiado pronto éste, lo seria por Enric Morera. August Bover se ha hecho cargo de este aspecto en la exposición y en el catálogo.

Desgraciadamente entre los catalanes de uno y otro lado de la sierra de la Albera las circunstancias políticas dificultaban bastante su lógica relación mutua. En el campo de las artes, sin embargo, la persona de Violet sería una de las excepciones más destacadas. Estuvo en contacto con Rusiñol, Utrillo y Casas; conoció desde muy pronto la obra que el ceramista Antoni Serra i Fiter hacía en su taller del Poblenou; expuso con otros artistas roselloneses en la Sala Parés de Barcelona en 1905; acogió a los hermanos escultores Miquel y Llucià Oslé en su taller de Prada en 1906; también tuvo por colaborador al ceramista Francesc Elias; se relacionó con los hermanos Marcó, ceramistas en Quart d’Onyar; el escultor Borrell Nicolau también pasó por su taller de Prada; se relacionó igualmente con el pintor noucentista Joaquim Sunyer; ayudó al fotógrafo Adolf Mas en sus campañas fotográficas patrimonialistas por la Cataluña del Norte; expuso individualmente en el Faianç Català de Santiago Segura en 1914; tenía una buena amistad con el pintor, crítico, historiador del arte y caricaturista Feliu Elias; y tendría también gran relación con el Pau Casals exiliado, aspecto que traté a mi libro Pau Casals col·leccionista d’art (2013), pero que ahora nadie ha mencionado. En definitiva, que la vinculación de este gran artista rosellonés con la Cataluña del Sur y sus hombres fue constante.

La exposición no sólo muestra la obra de Violet sino también la de sus contemporáneos artistas en el Rossellón, como Monfreid, Terrús, Bausil, Fayet, Auberge de Garcias, y naturalmente Maillol, miembros de un grupo conscientemente antiacadémico y a la vez antiprovincial, bien que algunos de ellos no desaprovechaban la plataforma que París les ofrecía. Así como de artistas más jóvenes como Marcel Gili, o de sur–catalanes ya mencionados, y otros como Casanovas, Manolo Hugué, Pere Jou o Miquel Paredes.

Violet fue un artista completo, fecundado por la idea de Gauguin de ir a buscar en el primitivismo –sin rudimentarismo, precisaba– la fuente de un nuevo camino del arte. Su amistad con Daniel de Monfreid, íntimo amigo y albacea de Gauguin, sin duda favoreció este criterio estético. Y el resultado de su obra fue una línea personal, en la que a menudo se nos muestra –sin serlo– cercano al Noucentisme que los artistas de la Cataluña del Sur de su generación, y algunos norteños como Maillol mismo, estaban entonces cultivando con fuerza. Del mismo modo que hacia los años veinte su obra se mostraba como una personal interpretación del estilo Art-Déco.

Gustau Violet, Monumento a Jules Lax (1925), en el Coll Rigat de Sallagosa.

Y siempre tuvo un sentimiento de catalanidad pleno, demostrado cuando declaraba a Pau Casals en 1946 que ellos dos eran compatriotas, puesto que la frontera artificial nunca separaría los dos países, y que compartían la misma raza, lo que para los roselloneses –seguía diciendo– era un gran orgullo.

Estos esfuerzos y aportaciones, muy diferentes entre sí –los de Gual, los de Sangla y los diversos de la exposición de Sitges– se han hecho, curiosamente, sin mucho contacto mutuo entre sus protagonistas. Quizás es que somos pocos y mal avenidos, pero de todas maneras el resultado positivo ha sido que actualmente sabemos muchas más cosas de este artista fuera de serie que fue Gustau Violet, y lo podremos tener mucho más presente de ahora en adelante.