Enciclopèdia Catalana ha editado, dentro de su colección Grans Obres, un volumen específico dedicado al grabado catalán. Esta iniciativa es un proyecto ambicioso, ya que, tal como argumenta el galerista y director de la obra Artur Ramon, se pretende equiparar a las artes gráficas con las bellas artes: pintura, escultura y arquitectura.

El arte del grabado catalán es el primer intento de englobar, en una gran publicación de bibliófilo, una serie de estudios de varios especialistas en la materia, recogiendo la historia del grabado en Cataluña desde época renacentista hasta la actualidad.

L’art del gravat català, sobre su caja-atril.

Algunos de estos períodos ya han sido estudiados en ámbitos académicos y trabajos anteriores, pero la novedad de la obra radica en el hecho de reunir, en una publicación de lujo, una cronología tan amplia, contando con la participación de reconocidos estudiosos como: Francesc Fontbona, Doctor en Historia del arte y crítico, director de la Unidad Gráfica de la Biblioteca de Cataluña (1995-2013) o Rafael Cornudella, también Doctor, profesor de la UAB y técnico superior del Gabinete de Dibujos y Grabados del MNAC; los acompañan un puñado de especialistas en las vanguardias, en determinados movimientos artísticos o de artistas en singular, lo que otorga al libro un carácter de obra completa, de summa artis.

Los capítulos históricos o temáticos del libro están precedidos por unos breves pero interesantes textos a cargo de Artur Ramon que, bajo su mirada de galerista apasionado por el mundo del papel y connaisseur del grabado, ayudan a sintetizar lo que, con más detalle, se trata en los estudios específicos.

Francesc Vaquer, Sant Jordi i el drac, campejant sobre el mapa de Catalunya, 1686. Aguafuerte.

El primer capítulo del libro trata los orígenes, del final de la Edad Media a la Ilustración. Rafael Cornudella describe un panorama donde el grabado catalán no despunta ante las creaciones de otros países. Las primeras obras –xilografías y buriles– datan de finales del s. XV y son de temática religiosa, deudoras de modelos foráneos, sobre todo germanos, a medio camino entre la estética gótica y el Renacimiento. Dos siglos más tarde, Francesc Vaquer grabó al aguafuerte un San Jorge y el dragón, con las montañas de Montserrat al fondo para ilustrar el libro del jurista Bonaventura de Tristany en 1686, una imagen potente que nos recuerda los tapices flamencos de la época. El barroco Miquel Sorelló (1704-1755?) Representa el artista que ensancha los horizontes locales viajando a Roma, y traduciendo con pericia en grabados calcográficos (sobre plancha de metal) la pintura italiana del Setecientos.

Francesc Tramullas, Comitiva de Ganímedes, 1764. Aguafuerte.

Un caso similar lo tenemos con Francesc Tramullas (1722-1774), pero éste prefirió residir en Madrid y París, donde se empapó de la rocaille francesa y despuntó en nuestros lares por ser el primero en hacer grabado «de creación», es decir, sin copiar ni traducir obra pictórica; también tuvo éxito por ser el diseñador de la Máscara Real, el gran hito editorial catalan (y español) del siglo XVIII, editada por Tomás Piferrer en 1764, y que recordaba en clave laudatoria la visita de Carlos III desde Nápoles a la ciudad condal cinco años atrás. En este proyecto trabajó su discípulo Pasqual Pere Moles (1741-1797), quien superaría a Tramullas técnicamente en obras notables como: La pesca del cocodrilo, a partir de una pintura de Boucher, y se convertiría en fundador de la Escuela Gratuita de Diseño (1775).

Pasqual Pere Moles, La pesca del crocodilo, 1774. Aiguafort.

La imaginería popular, que durante los siglos XVII-XIX se plasmó en xilografías de estética muy naif y temas varios, como estampas de santos, gozos, aleluyas, romances, naipes, etc. tuvo fuerte arraigo en el país, gracias a estirpes de impresores como los Joli, los Noguera y los Abadal. Francesc Fontbona, afronta en su capítulo el estudio del grabado del s. XIX al Noucentisme. Centrándose tanto en las obras calcográficas (talla dulce), mayoritariamente académicas, como en las grabadas sobre madera que, por cierto, pronto se beneficiaron de un nuevo avance: el grabado a testa o contrafibra, un nuevo tipo de xilografía que a inicios del s. XIX permitía mayor detallismo.

A finales de siglo encontraremos los famosos carteles modernistas realizados en cromolitografía.

Una nueva técnica, la litografía, también despuntaba en el cambio de siglo y sería Barcelona donde se tiraría el primer ejemplar conocido en el Estado: un escudo para la Junta de Comercio hecho por Josep March sobre un bloque de mármol en 1815. Enseguida la técnica se aplicaría a usos cartográficos y sería utilizada para la ilustración de novelas, abaratando costes y permitiendo tiradas más amplias. Los diversos volúmenes de Recuerdos y bellezas de España (1839-72), a partir de los diseños de F. X. Parcerisa, es una de las cimas del Romanticismo; y a finales de siglo encontraremos los famosos carteles modernistas, realizados en cromolitografías o litografías en color.

Marià Fortuny, El botánico, 1869. Aguafuerte.

Mariano Fortuny (1838-1874) es, sin duda, nuestro mejor grabador. El marchante A. Goupil le apoyó en el uso de esta técnica, espoleado por el éxito abrumador de sus pinturas y esperando repetirlo con sus aguafuertes y aguatintas; obras donde el artista de Reus realizó muchas pruebas y experimentó de forma magistral abordando toda clase de temas: el oriental (Cabileño muerto, Árabe velando el cadáver de su amigo), tema de casacas (El botánico, Maestro de ceremonias), obras en clave barroca (como el riberesco Anacoreta) o vistas nocturnas resueltas con manchas como La Serenata.

Xavier Nogués, Les tres gràcies, 1913. Aguafuerte y resinas.

Por suerte este no fue un caso aislado y en el París de finales del XIX encontramos otras figuras clave en el arte del aguafuerte como Joaquim Sunyer, Ricard Canals (quien enseñaría a grabar a Picasso) o Anglada Camarassa. Hacía años que la técnica del grabado había perdido su función reproductora de la realidad; la fotografía y el fotograbado se convirtieron en rivales invencibles, lo que obligó a los creadores a buscar nuevas vías expresivas, caminos personales por donde transitarían artistas geniales como Mariano Andreu o el original Ismael Smith (discípulo del también ex-librista Alexandre de Riquer). Aunque encontramos grabadores «clásicos» con oficio y maestría, como el paisajista Pau Roig o Rafael Estrany, sin embargo, el gran nombre del grabado novecentista es Xavier Nogués (1873-1941). Autor de más de ciento cuarenta obras –aguafuertes, aguatintas y algunas puntas secas– y creador de un lenguaje poético de lo más personal, que va de la exaltación de la tradición y el mediterraneismo hasta las obras sarcásticas e irónicas (y que recuerdan lejanamente a las del alemán Otto Dix).

Joan Ponç, Sin título, c. 1946. Grabado iluminado con aguada y tinta, encartado en la revista Algol.

El especialista en vanguardias Joan M. Minguet trata las primeras décadas del s. XX hasta la Guerra Civil y el modo como el grabado se convirtió en una herramienta fundamental en la construcción de esta nueva civilización, proclamada con sentido común y orden por Prat de la Riba en la Mancomunidad de Cataluña. Sin embargo, la vanguardia artística encontró dificultades a la hora de expresarse mediante el mundo editorial en catalán y tuvo que moverse a Francia, donde artistas como Joan Miró, Salvador Dalí y unos años antes Picasso, tuvieron una acogida más favorable a sus propuestas artísticas. El estallido de la Guerra del 36 todavía complicó más las cosas.

Perejaume, Estelar, 1985.

Capítulo aparte merece la iniciativa artística de la Rosa Vera. La Doctora Mercè Casanovas habla de este proyecto editorial que fue posible gracias a la colaboración entre el grabador Jaume Pla (1914-1995) y el mecenas y promotor de las artes, Victor M. de Imbert. Huyendo de las obras más vanguardistas, y en línea con el movimiento novecentista, la empresa arrancó en 1949 con la publicación de la serie «Col·lecció de gravats contemporanis» de tirajes limitados y con la clara intención de abrir el mundo del grabado a artistas que no habían trabajado en él. Nombres tan diferentes como Enric C. Ricart, Antoni Ollé, Pau Roig, Joaquim Sunyer, Francesc d’A. Galí, Josep Obiols, Josep Granyer, Josep de Togores, Emili Grau Sala, Francesc Todó y un largo etcétera dan una idea de la variedad de miradas. Con altos y bajos, las publicaciones de la Rosa Vera buscaban la excelencia editorial, la libertad expresiva y el difícil equilibrio entre imágenes y textos, escritos por literatos de renombre.

También se recupera la memoria de mujeres grabadoras, pioneras en nuestro país.

La Doctora Sol Enjuanes trata en su capítulo la segunda mitad del s. XX. Asoman artistas como Ràfols Casamada, Guinovart, Ponç, Clavé, Tàpies o Subirachs, que utilizaron con más o menos asiduidad el grabado en sus dilatadas trayectorias. El oficio de estampador y grabador de oficio lo encarna como pocos Joan Barbarà (que trabajó en los 70 y 80 con Miró o Dalí). También se recupera la memoria de mujeres grabadoras, pioneras en nuestro país como Esther Boix, Maria Girona, Roser Bru, Eulàlia Grau, Maria Assumpció Raventós, Amèlia Riera, Montserrat Gudiol…

El crítico de arte Albert Mercadé aborda el grabado contemporáneo, de finales de los años noventa, partiendo de la premisa de que en la actualidad encontramos dos grandes postulados: artistas que emplean las nuevas técnicas de impresión digitales (lo que les permite dejar atrás los tradicionales procesos de grabar); y otros, que abogan por una ruptura radical de la práctica artística y se encuentran en línea con el arte neoconceptual, donde la idea –el discurso– se convierte en más importante que el lenguaje formal. Ejemplos de lo primero serían Arranz Bravo, Barceló, Perejaume, Plensa… Mientras que Ignasi Aballí, Antoni Muntadas, Oriol Vilanova o Francesc Ruiz se mueven entre el arte conceptual y el grabado expandido. Resulta apropiado mencionar aquí el libro de Walter Benjamin La obra de arte en la era de su reproductividad técnica (1936), ya que abordó uno de los temas fundamentales en el devenir del fenómeno artístico, en el sentido de que la obra de arte considerada «áurica» pierde parte de su esencia o sentido primigenio ante la reproducción seriada y masiva que le otorgan los nuevos medios técnicos.

La inclusión de un último capítulo para tratar la situación del coleccionismo del grabado en el mercado del arte, escrito por el anticuario y especialista Albert Martí Palau, enriquece y amplía el radio de la mirada y permite constatar la casi crónica desatención institucional ante las escasas iniciativas de coleccionistas particulares, cultos, pero que, por desgracia en nuestro país, se cuentan con los dedos de la mano. Al final se incluye un útil glosario con términos y técnicas artísticas, a cargo de Eva Vila Pou.

Datos técnicos y coda: 352 páginas, 290 ilustraciones, gran formato (28’5 x 38’5 cm), 4’65 Kg. El libro se presenta en un estuche de pino que le hace de caja y atril. Es una verdadera obra de bibliófilo. Tan sólo se han editado mil ejemplares, a un precio –todo sea dicho– no asumible por muchos bolsillos (990 euros). Es una lástima que un objetivo tan loable como el de la obra: reivindicar el mundo del grabado, no se acompañe en cambio de un precio más asumible y goloso. Siempre lo podremos consultar en las principales bibliotecas públicas de Cataluña.