Si hay una tradición navideña que reúna más seguidores que cualquier otra, al menos en la ciudad de Barcelona, ésta es criticar el pesebre que se pone en la plaza Sant Jaume.

Las razones son diversas, pero sospecho que tiene que ver con que, en el fondo, se trata de un tema banal. La banalidad es un territorio fértil para diletantes y tertulianos de barra de bar, o ahora, de redes sociales.

Pesebre de la plaça Sant Jaume, 2018. Photo: Ajuntament de Barcelona CC BY-ND 2.0.

En realidad, a nadie le importa demasiado el pesebre. Algunos dicen que es para los niños, pero, en realidad, siempre que voy, a los niños se les aparta para hacerse selfies. Además, a los niños les suele gustar lo que se hace, ellos disfrutan sin el peso de la ortodoxia. Es éste el verdadero ritual navideño: ir a la plaza, hacerse fotos, tal vez tomar un perrito caliente en el Conesa y, sobre todo, decir que el pesebre es un desastre, que cada año peor, y que, gobierne quien gobierne en ese momento, no respeta las tradiciones.

La silla del niño Jesús, 2018. Foto: Ajuntament de Barcelona CC BY-ND 2.0.

La tradición de hacer el pesebre nos viene de San Francisco de Asís. Él, después de inventarse el pesebre viviente y que no lo quemaran en la hoguera por hacer que un niño «humano» hiciera de Jesús, vio que la gente quería llevarse algún recuerdo a casa. De ahí sale el pesebre/maqueta. Como San Francisco estuvo por aquí una buena temporada, debido a enfermedades y vicisitudes diversas, hizo arraigar la costumbre de los pesebres, los vivientes y los de figuritas. Quizá por eso estas tradiciones están más presentes en Cataluña que en otros lugares. Así que pesebres tradicionales nunca nos faltarán.

Pesebre del Museu Marés, 2017. Photo: Ajuntament de Barcelona.

De hecho, muy cerca de la Plaza Sant Jaume, el Ayuntamiento organiza uno de gran tamaño en el Museo Marés. Está hecho por la Asociación de Belenistas de Barcelona. Está bajo las arcadas, supongo que para protegerlo de la lluvia. También muy cerca, en el claustro de la Catedral, se hace otro pesebre, éste a una escala casi natural. En los bajos de la iglesia de Belén, en la Rambla, hay una muestra de pesebres tradicionales. También en el palacio Mercader y en el Museo Diocesano. Seguro que me dejo alguno, pero resumiendo, la oferta de pesebres clásicos en el centro de la ciudad es considerable. No importa, las criticas al de la plaza Sant Jaume seguirán como si nada. Es lo que tienen las tradiciones.

La silla del caganer, 2018. Foto: Ajuntament de Barcelona CC BY-ND 2.0.

Es hora de reconocerlo: Me confieso pesebrista de la rama Perejaumista. Pensaba que era demasiado atrevido tachar al artista Perejaume, al que admiro, de pesebrista; y tan sólo lo decía en círculos íntimos, hasta que en el catálogo de su exposición en el MACBA, Deixar de fer una exposició, leí: «Desde finales de los años setenta, momento en que comienza a exponer regularmente, la práctica pictórica de Perejaume ha sido marcada por la búsqueda de métodos propios de figuración e imaginación: collage, pesebrismo, despintura y oïsme «. Desde entonces, ya lo digo abiertamente, soy pesebrista de la rama Perejaumista. Para mí, la transmutación de la corteza de un alcornoque en una montaña, y del papel de plata en un río, me parece tanto o más cargada de simbolismo que el urinario de Duchamp en una galería de arte.

Pesebre, 2011.

Dicho esto, veamos lo que ha dado de sí la instalación en la plaza Sant Jaume (que no sea que el problema sea que lo llamamos pesebre cuando ya no lo es). Hace bastantes años que la intervención en esta plaza ha superado la idea de pesebre tradicional, entendiendo que quien quiere uno ortodoxo ya tiene donde disfrutar.

Los críticos lo bautizaron como el pesebre de IKEA

Después de intentar hacer memoria y de hacer un poco de investigación, he encontrado que el primer ejemplo de instalación, lo que podríamos llamar post-pesebre, fue en 2001, bajo el mandato de Joan Clos. En aquella ocasión unos arquitectos crearon una especie de bosque, con árboles naturales dentro de unos sacos de tierra. Desde entonces ha habido un poco de todo. El del año 2004 fue sonado. Se sustituyeron las figuras típicas por personas y oficios de la ciudad. Un pastorcillo haciendo de butanero se hizo bastante famoso. La etapa de Hereu fue bastante conservadora, pero no se libró de las críticas. El del 2010 era una recreación de un hogar familiar con el pesebre sobre una gran cajonera. Los críticos lo bautizaron como el pesebre de IKEA.

Pesebre, 2011. Foto: Ajuntament de Barcelona CC BY-ND 2.0.

El año siguiente, el lenguaje del románico pasado a cartón piedra no convenció, como las bolas de Navidad con las que se estrenó Xavier Trias. En 2013, un pesebre en azoteas gustó bastante… pero no a todos. Le siguió un pesebre romano que mirabas desde una pasarela con forma de galera, tampoco se libró de reproches. El de 2015 fue un pesebre de recortables basados en los cuentos de Navidad, y algunos se apresuraron a decir que era demasiado moderno.

Pesebre, 2013. Foto: Xavier Trias CC BY-NC-ND 2.0.

El equipo de Colau se estrenó con un pesebre de burbujas hinchables, y el símil con la burbuja inmobiliaria fue la broma habitual. El año pasado, previendo las posibles concentraciones en la plaza, se hizo una propuesta inteligente: unos palos, y las figuras en lo alto. No gustó a muchos, pero demostró ser eficaz en los frecuentes actos reivindicativos.

Nativity scene, 2016. Foto: Teresa Grau Roig CC BY-SA 2.0.

Finalmente, llegamos al de este año. Una mesa puesta, con un lenguaje a medio camino de los antiguos escaparates navideños de El Corte Inglés y de una película de Tim Burton, rodeada de unas sillas que son los personajes del pesebre: el niño Jesús, María, José, el buey y la mula, el pastorcillo, el ángel y el caganer.

Nativity scene, 2018. Foto: Ricard Mas.

Todo está fuera de escala, como si fuéramos otra vez pequeños. Y, de hecho, son los niños los que mejor entienden la función de la propuesta. Trepan a las sillas y piden fotos a los padres. Un poema hace de comida y de menú a la vez. Un suelo de baldosas hidráulicas nos sitúa en un ensanche de Brobdingnag, donde nosotros somos un Gulliver empequeñecido. Es una pieza que pide interacción, y el público responde a gusto. Después, tal vez, irán a la calle Petritxol, a tomar un chocolate caliente mientras despotrican del pesebre, para mantener de esta manera la tradición más barcelonesa de la Navidad.