Ayer, primer día de abril, fui convocada a la presentación de la Mesura de Govern i Pla d’accions per una Política Pública de Cultura i Educació, presentado por el Ayuntamiento de Barcelona. La presentación se realizó después de meses de trabajo en colaboración con más de 200 agentes de la cultura y la educación de nuestro país.

En el tiempo que transcurrían las breves interlocuciones, donde por primera vez pude ver juntos a representantes del ICUB, IMEB y el Consorci d’Educació de Barcelona, pasaron por mi mente, como si de una película se tratase, décadas de despropósitos en materia educativa.

Centre d’Art Fabra i Coats, Barcelona.

En una sociedad donde la gran mayoría de los creadores y creadoras nos dedicamos de manera habitual o parcial a actividades de mediación o educación, sorprende el poco peso que tienen las asignaturas humanísticas y de arte en los programas curriculares de la enseñanza reglada. Carencia que no ha podido ser subsanada a pesar de los esfuerzos de programas como Creadors en residència, o Espai C, que ponen en evidencia con más fuerza la falta.

Dentro de este espacio de conocimiento, la educación artística visual es prácticamente inexistente en la formación educativa básica y muy poco relevante en la secundaria, aunque la evidencia de su importancia en el desarrollo intelectual, cognitivo y relacional por todos es sabida. Por otro lado, a pesar de vivir en un mundo cada vez más interdisciplinar, los estudios superiores reglados de Arte y Diseño del Departament d’Educació, se empeñan en mantener la separación por especialización (separación de Diseño de Producto, Moda, Interiores y Gráfico en los estudios Superiores), lo que genera un debate recurrente sobre la adecuación de los programas de estudio de las Escuelas Superiores a la realidad contemporánea, tanto en sentido metodológico como conceptual. Currículums rígidos y poco actualizados provenientes del Ministerio siempre fueron acatados por la Generalitat, nunca discutidos.

Jeff Rosen, Art Students, Barcelona. CC BY-ND 2.0.

Son las Escuelas privadas o las dependientes del Ayuntamiento que han concertado acuerdos con las Universidades, las que han generado un espacio educativo con verdadero sentido interdisciplinar, lo que ha generado un agravio comparativo directamente relacionado con la realidad económica de los estudiantes, ya que las diferencias de matrículas se pueden disparar entre cinco y diez veces respecto de las públicas.

Todos esto parece una obviedad, además de un relato demasiado conocido, ya que muchos de nosotros llevamos décadas reclamando la urgencia de abordar el problema, tanto de la educación básica como de las propias enseñanzas superiores regladas. También sabemos que modificar la tendencia actual del sistema educativo en relación a la cultura y el arte pide un cambio profundo en la planificación de las políticas y regulaciones sobre las enseñanzas artísticas desde todas las instituciones implicadas. Hemos vivido una decepción tras otra, los últimos años trabajando desde las instituciones educativas, centros de arte y asociaciones horas y horas con el Departament de Cultura para la realización de un Pla Integral de les Arts Visuals –corría el año 2015, no era el primero–, que quedó –como casi todo en esa conselleria– en un cajón abandonado, con la consabida sensación de haber sido utilizados para entretener y contener la consecuente queja.

Josep Bracons, «El Borsí», Barcelona. CC BY-SA 2.0.

Décadas de inacción institucional en la enseñanza pública, han hecho depender absolutamente las políticas educativas de los equipos docentes, donde el trabajo de colaboración con agentes externos, actividades extracurriculares y programas de mediación, nunca fueron valoradas por la administración sino contrariamente tachadas de sospechosas –¡qué pretenden! Por otro lado, el hecho de que los equipos directivos vayan teniendo cada vez más poder dentro del Centro educativo es inquietante. En el mandato del conseller de educación Ernest Maragall, que quedará en la historia –negra– del Departamento, se lleva a su máxima expresión el poder de las direcciones, elevando los sueldos y dotándoles de una capacidad de decisión –muy poco recomendable–, siendo escogidos por tribunales donde las inspecciones tienen siempre la última palabra. Los Claustros y los Consejos escolares pierden toda autoridad real, perdiendo así la capacidad de autogobernarse y generar procesos de trabajo más democráticos. Este nuevo statu quo, hace verdaderamente relevante la capacidad y la ética de sus directores y directoras, siempre que la posean.

Si a todo esto agregamos la escasa convocatoria de oposiciones de profesorado, lo que da por resultado un porcentaje altísimo de profesorado interino –la precarización permite un mayor control– y la reciente puesta en marcha de la formación “dual” en los Ciclos formativos –el 50% de los estudios se hacen en empresas, lo que daría para otro largo artículo–, la situación se perfila muy preocupante.

No es baladí comentar que, en el transcurso de las últimas décadas, el Departament d’Educació tuvo asesores de enseñanzas artísticas que estaban implicados íntimamente en la enseñanza privada, en los patronatos o incluso en los propios equipos directivos de centros conocidos. Pensar que estas personas tenían poco interés en elevar la calidad de la enseñanza pública, y dejarla en el espacio de la no competitividad, parece algo evidente e indignante.

Nunca nos escucharon, por supuesto.

Fue en 2009 cuando el Consorci d’Educació de Barcelona –que había sido creado en 1998– comienza a liderar algunas estrategias de reforma de las políticas educativas. Aire fresco parece entrar por las ventanas de los adustos edificios –como el del Bolsín de la calle Aviñón– pero pesar de ello, los centros dependientes de la conselleria, siguen su vida errática. El Bolsín se cierra por peligro de ruina –abandonado por la Administración mientras lo prometía a diferentes “novios”, el ConCa, el futuro ISA –Institut Superior de les Arts, nunca creado–, a un supuesto museo Woody Allen… hasta finalmente venderlo al Ayuntamiento con el resultado que todos conocemos. Larga vida al Bolsín.

Y es justamente la imagen del edificio del Bolsín –en el cual trabajé cerca de 15 años de mi vida– que se hace tan presente en mi mente, en esta hora en la que escucho detenidamente –hace tiempo que, como buen representante del género femenino puedo escuchar o hacer dos cosas a la vez– a los relatores del Plan de Acciones. Se hace presente, porque recuerdo perfectamente el proyecto que habíamos diseñado algunos profesionales del sector del arte y la educación hace algunos años, justamente cuando el Consorcio comenzó con su proyecto de mejoras. Un proyecto donde se relacionaba Cultura y Educación, fijaos que casualidad. Proponíamos que el Bolsín que había alojado durante décadas una Institució d’Ensenyament d’Art i Disseny, pudiera transformarse en un centro donde dignificar esas enseñanzas –con la creación del ISA– y donde también un ConCa con sus verdaderas atribuciones, pudieran generar esa deseada articulación entre Arte/Cultura/Educación/Ciudadanía.

En el proyecto se tenía en cuenta el barrio, la ciudad, los centros públicos de enseñanza artística, un lugar de investigación, abierto a la ciudad y a la ciudadanía, a la vez que un lugar de encuentro entre profesionales de la cultura y la educación. Nunca nos escucharon, por supuesto.

Vuelvo a mi “aquí y ahora”. Fabra i Coats será un buen lugar para generar esta articulación. En mi bolsa llevo el documento de trabajo que leeré esta noche –mientras escribo este artículo–, en el cual 48 acciones son propuestas por el Ayuntamiento para poner en práctica las medidas que se derivan de un diagnóstico que señala sobre todo la desigualdad de oportunidades –diagnóstico que, por cierto, ya había realizado el documento encargado por el ConCa en el 2017 a Cristian Añó–. Sólo espero que finalmente esto suceda, que las derivas políticas no vuelvan a dejar en un cajón las propuestas que merecerían una urgente aplicación y no volver a abandonar a la deriva un sistema educativo que no parece reconocer la importancia de la cultura como articuladora de pensamiento crítico, saberes humanísticos, y transmisora de valores que hoy estamos a punto de ver desaparecer.