El nombre de Francesc Cambó (1876-1947) se encuentra íntimamente ligado al de Alessandro Filipepi di Mariano di Vanni, más conocido como Sandro Botticelli (1445-1510). Cualquiera que haya profundizado en la vida y trayectoria del político catalán conoce el profundo vínculo emocional que Cambó estableció con la producción de este insigne artista y, sobre todo, con las obras que pudo adquirir de él, que fueron cuatro.

Tres de ellas las donó en 1941 al Museo del Prado. Se trata de los panneaux –como a él le gustaba llamarlos– con la historia de Nastaglio degli Onesti, extraída del Decamerón de Boccaccio. La cuarta es el Retrato de Michele Marullo Tarcaniota (hacia 1490), poeta y humanista griego nacido en Constantinopla que pasó buena parte de su vida exiliado en Italia debido a la conquista de los turcos.

Sandro Botticelli, La historia de Nastaglio degli Onesti. Detalle, 1483. Museo del Prado, Madrid.

Este cuarto Botticelli, no se cuenta entre la cincuentena de pinturas de la colección Cambó ingresadas en el antiguo Museo de Arte de Cataluña tras el fallecimiento del político catalán. El legado incluía capolavoros de Sebastiano del Piombo, Tiziano, Cranach el Viejo, Tintoretto, Veronese, el Greco, Rubens, Tiepolo, Gainsborough o Goya. El retrato de Marullo pintado por Botticelli no llegó al museo catalán porque fue escogido por Helena Cambó, hija del político, para incorporarlo a su patrimonio personal. Esta era una de las cláusulas del testamento de Cambó, un documento de última voluntad que llegó a publicarse en la revista Destino. Helena explica en el hagiográfico libro sobre Cambó publicado por Jesús Pabón en 1952, que eligió el Marullo por todo lo que significaba para su padre. Podía haber elegido un San Juan Bautista entonces también considerado de Botticelli, pero eligió el Marullo. Y acertó, ya que el San Juan Bautista ha dejado de ser un Botticelli no hace muchos años, para convertirse en un Raffaellino del Garbo.

Helena Cambó.

El origen de la colección lo conocemos perfectamente. Un buen día Cambó llamó a su despacho a Joaquim Folch i Torres, director de los Museos de Barcelona, y le preguntó qué podía hacer él en beneficio del museo de arte de la ciudad. Folch le recomendó comprar obras de los grandes maestros de la pintura universal, un ámbito donde la institución tenía un auténtico vacío. Se despidieron encajando fuertemente las manos y al día siguiente el plan de la colección ya estaba redactado. Plis plas. A partir de ese momento, Folch viajó por toda Europa comprando obras y recabando la opinión en torno a las mismas de los máximos especialistas mundiales, un tema que preocupaba especialmente a Cambó, que quería tener las pinturas perfectamente certificadas y documentadas. Una colección hecha en diez años. Con mucho, mucho, dinero. La irrupción de Cambó como comprador sacudió el mercado internacional, lo que hizo que grandes anticuarios como Duveen, acostumbrados a tratar con los grandes banqueros y millonarios estadounidenses, lo consideraran la opción número 1 a la hora de ofrecer las obras de los grandes maestros que llegaban a sus manos. Seguramente, este ha sido la única ocasión en la que un coleccionista catalán ha competido en esta división.

Le pidieron una cifra desorbitada de dinero.

En cuanto al retrato de Marullo pintado por Botticelli, con la fruición del coleccionista apasionado, Cambó explica en sus dietarios de 1941-1947 como lo adquirió. Fue en 1929 en Berlín, a la colección de Eduard Georg Simon, uno de los hiladores de algodón más importantes de Alemania que no pasaba por un buen momento económico. La obra se encontraba desde inicios del siglo XIX en Alemania y había sido atribuida, primero, a Massaccio y, después, a Filippino Lippi. Desde el 1896, sin embargo, ya era reconocido como un Botticelli. Cambó había visto la pintura en casa de Simon en 1928 y, un buen día, recibió un telegrama diciéndole que, si lo quería, tenía un día para decidirse. Le pidieron una cifra desorbitada de dinero. Cambó no debía dormir esa noche. «Y empezó entonces en mí aquella lucha entre el sí y el no; entre el deseo y el coste; entre el placer y el dolor; entre el impulso y la reflexión. Aquella lucha, llena de voluptuosidades, que es el tormento y el gozo de los coleccionistas». Cambó, finalmente, aceptó el ofrecimiento, pero puso como condición que la obra se trasladara a la sede de Crédit Suisse en Zurich, donde se formalizó la operación. Simon envió a su esposa con el Botticelli bajo el brazo. Cambó a Folch y Torres, que fue la persona encargada de recogerlo.»Cuando recibí el telegrama diciéndome que el cuadro ya era mío, tuve una de las grandes satisfacciones de mi vida», escribió años después.

Sandro Botticelli, Retrato de Michele Marullo Tarcaniota, c. 1490.

Gracias a las investigaciones de Borja de Riquer hoy sabemos que Cambó pagó la importante cifra de 1.200.000 pesetas de la época por el retrato de Marullo. Para que tengamos un referente, el mismo año, Cambó compró los tres Botticelli del Prado por casi tres millones de pesetas. Y aún otro referente, aunque distinto. En 1932 el Ayuntamiento de Barcelona adquirió por 7.000.000 millones de pesetas –gracias a un polémico crédito firmado con La Caixa– la colección del industrial Lluís Plandiura. Esta colección, hoy, es uno de los pilares de la colección de arte románico y gótico del Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC).

Cuando Cambó adquirió el Botticelli se desconocía quién era el retratado. Fue en 1932 cuando Bernard Berenson, consumado especialista en pintura italiana, publicó la identificación del personaje en su libro Italian Pictures of the Renaissance. El descubrimiento debía suponer algo intenso en el fuero del alma de Cambó. Imaginémoslo delante el cuadro el día que se enteró de la identidad del personaje. Ambos mirándose, conociéndose. Después de leer los estudios que había dedicado Benedetto Croce al poeta Marullo, el mecenas catalán siempre se sintió muy identificado con la vida de aquel griego que vivió tantos años alejado de su patria, exiliado.

Cambó disfrutó y sufrió mucho con su colección, sobre todo a raíz de la Guerra Civil española, cuando luchó desde el exilio para que sus grandes pinturas conservadas en Barcelona no fueran destruidas o expoliadas, tal como ha demostrado una investigación reciente de Inmaculada Socias, con documentación inédita. Entre otros documentos, ha salido a la luz una valoración de las pinturas de la colección efectuada a efectos de la contratación de un seguro, en la que el retrato de Marullo se tasó en 50.000 francos suizos, la cifra más alta de toda la colección.

Un Botticelli no es coche de segunda mano ni un piso en el Putxet.

Y esta es la historia de Marullo y Cambó. Una vez muerto el político, la obra ha ido incorporando episodios a su pedigrí privativo. Desde 1935, se ha cedido a exposiciones en París, Madrid, Barcelona, Berlín, Roma, Londres, Frankfurt y Nueva York. Marullo residió más de cincuenta años en la casa de los Cambó en Barcelona, hasta 2004, cuando se fue a Madrid. Lo del puente aéreo, sí. El MNAC intentó, sin éxito, que se incorporara a su colección en forma de depósito para que luciera junto al resto de la colección. Pero los Guardans-Cambó cedieron el retrato a el Museo del Prado por un año, préstamo que se fue prorrogando hasta el pasado 2016, cuando lo levantaron. Y ayer descubrimos porqué lo hicieron. La familia quiere vender la obra. Y tiene todo el derecho. Ahora bien, un Botticelli no es coche de segunda mano ni un piso en el Putxet. Un Botticelli es una responsabilidad con la humanidad, y su propietario legal, por mucho que lo sea, no puede disponer libremente de él, como así marcan todas las directrices patrimoniales internacionales y la legislación de numerosos estados.

Francesc Cambó, 1918.

En este sentido, el Ministerio de Cultura en 1988 declaró la obra Bien de Interés Cultural (BIC) y esto hace que no pueda desvincularse del Patrimonio Histórico Español. Su gran trascendencia histórico-artística, la innegable calidad y el hecho de que sea el único retrato de Botticelli conservado en España lo justifican. Desde aquel momento, el Botticelli de Cambó puede salir de España para ser exhibido, pero no puede ser vendido fuera de las fronteras del estado. Sí puede ser vendido, en cambio, dentro del territorio español si se informa debidamente a la administración y se siguen los trámites pertinentes, como ya ha ocurrido en fecha reciente con otras obras de arte declaradas BIC.

Cuando estos días se ha hecho público que el Marullo será exhibido a principios de octubre en Londres en el marco de la feria de arte Frieze Masters, un lugar donde se compra y se vende arte al máximo nivel, se dispararon a todas las alarmas. La galería londinense que la presentaba, Trinity Fine Art, ha anunciado a través de su web que la pieza se ofrecerá a la venta «en el mercado internacional». Incluso, han editado un catálogo monográfico sobre la obra firmado por Carl Brandon Strehlke, una de las máximas autoridades mundiales en el Quattrocento florentino, comisario de la exposición sobre Fra Angelico que se puede ver actualmente en el Prado. Las escasas informaciones de las que se disponía hacían presagiar el peor de los escenarios: que el Ministerio podía haber revocado la condición de BIC de la obra y que se había concedido el permiso de exportación temporal con posibilidad de venta. Hubiera sido inaudito, pero no la primera vez que pasaba algo por el estilo. El pasado 2013 la casa de Alba vendió unos fastuosos muebles de lavabo de estilo Art-Déco procedentes del Palacio de Liria, realizados por Armand Albert Rateau. Se subastaron en París y los Alba obtuvieron seis millones de euros por la venta. El Palacio de Liria había sido declarado BIC en 1974, y en la declaración se incluyó un anexo en el que figuraba una serie de bienes muebles que quedaban afectados por la declaración, entre ellos, los muebles de Rateau. Este hecho, sin embargo, no impidió que salieran hacia París para ser vendidos.

Afortunadamente, en el caso del Botticelli no ha sido así. Ante la avalancha de comentarios precipitados que suscitó la cuestión en Twitter –me incluyo–, junto con la presión de los periodistas, el Ministerio se ha visto obligado a salir al paso explicando que la obra sólo se exportaba con un permiso temporal, lo mismo que se concede cuando una obra viaja al extranjero para participar en una exposición. Es decir, que el Botticelli los Guardans-Cambó deberá volver cuando finalice el permiso. Se venda, o no. O lo que es lo mismo, en la feria de Londres lo podrá comprar algún magnate ruso del petróleo o algún jeque de Qatar, pero nunca lo podrán sacar de España.

A todo esto, ¿la Generalitat de Cataluña puede hacer algo?

Preguntas. ¿En qué términos ha solicitado la familia propietaria el permiso de exportación? ¿Han declarado que era para ser exhibida en una feria de arte y antigüedades y que intentaban buscar un comprador internacional? ¿Por qué la galería que ofrecerá el Botticelli a la venta no menciona que quien compre la pintura no la podrá sacar de España? ¿Por qué una galería contrata a un historiador reputado para redactar un catálogo sobre la obra cuando sabe que la operación tiene este handicap tan importante? ¿Ha habido negociaciones previas entre los Guardans-Cambó y el Museo del Prado? ¿Estas negociaciones han quedado truncadas, y de ahí la retirada del depósito del Prado? Es evidente que todo ello forma parte de un plan perfectamente urdido por los Guardans que no tiene otro objetivo que hacer subir la valoración de la obra y presionar al Ministerio de Cultura para su adquisición al precio más elevado posible, como mucha gente haría si tuviera un Botticelli en casa. Bueno, no todos. Francesc Cambó regaló tres al Prado. Ahora, los catorce hijos de Helena, los catorce nietos de Cambó, quieren vender el cuarto.

A todo esto, ¿la Generalitat de Cataluña puede hacer algo? En condiciones de normalidad política y económica debería interesarse por la obra, dado que en el MNAC se conserva el grueso de la colección Cambó. De hecho, si el Marullo tuviera que ir a algún museo, este debería ser el MNAC. El problema es que la situación del país es la que es, y las partidas que se destinan a Cultura y, en concreto, a la adquisición de obras de arte, son las que son. Sea como sea, Cataluña debería poder comprar un Botticelli. Porque comprar el Botticelli de Cambó sería hacer país y supondría actuar como un estado. Como cuando se adquirió la colección Plandiura en 1932, a pesar de las furibundas críticas que se lanzaron desde determinados sectores de la izquierda, que esgrimieron el argumento de las necesidades reales y las prioridades. Porque sí, porque un Botticelli debería ser una prioridad. Y no un objeto de lamentación.