En un momento dado de la historia, que llevará a planteamientos radicales del arte contemporáneo, hay dos escultores (¿elaboradores de cuerpos?) que trabajan planteando su tarea de reproducir la idealidad y/o la realidad del entorno en el que vivimos, y que entienden esta tarea desde dos perspectivas muy diferentes. Señalemos que uno de los que se dio cuenta de antes fue Eugeni d’Ors.

D’Ors replanteó la cuestión no desde la praxis del arte –cada creador llega a un concepto propio y tiene su idea de la práctica del arte; por supuesto después de haber estudiado o considerado más o menos todo lo que se ha hecho desde los egipcios y griegos hasta Canova y Thorvaldsen (s. XVIII-XIX)– sino desde el «pensamiento» emocional, que siente, que nota, previo, en la actitud creadora de Auguste Rodin.

Auguste Rodin, Balzac (Étude), c. 1894. Musée Auguste Rodin, París. Foto: Gautier Pupeau CC BY 2.0.

A continuación, quiero exponer dos conceptos de la escultura, del arte y, quizás, de la vida (el ser o el estar aquí filosófico y político), que marcan fuertemente la modernidad creativa. Son dos escultores, Auguste Rodin (1840-1917) y Arístides Maillol (1861-1944). Veinte años los separan, pero al entretanto hemos pasado de recoger lo que acaba de llegar fogosamente y con ímpetu, la fluidez del tiempo real a cada cosa o hecho, y aquella otra manera, indudablemente también necesaria de la retención, de la forma concreta e inalterable; de otro modo nada se podría concretar ni elaborar: está el diseño, la precisión ejecutiva. Pero también lo que sólo «llama». Aquí hago intervenir otro sujeto que se siente responsable de la imagen del futuro, Eugeni d’Ors, el filósofo catalán, que proveniente de las ideas siempre reflexivas y huidizas europeas, ha oído las ideas del pragmatismo americano que pregona que las realidades son lo que parecen, no lo que puedan ser, que eso nadie lo sabe. Seguramente con motivo de la muerte de Rodin (1917), d’Ors elabora una glosa donde siente la necesidad de enfrentarse a la cuestión que pudiera preocupar a ambos escultores: ¿la escultura debe recoger la noción del tiempo, o bien sólo tiene que mostrar lo que nos conviene que sea cada cosa en cada momento y que nos sirva, además, para elaborar el mañana?

D’Ors verificó que la escultura de Rodin incluía el tiempo. Es más, se explayaba, y se extendía en el tiempo, en la duración, no se acababa con su simple presencia física, material, sino que seguía siendo siempre imprecisa y casi de impalpable concreción. D’Ors lo ve claro y lo precisa: Rodin esculpe la atmósfera en la que siempre se presenta y se determina toda forma; las esculturas de Rodin son esculturas moldeadas por el ambiente psíquico, físico, histórico; cada escultura de Rodin lleva la fecha de su inicio y nos marca la continuidad. El caso del monumento a Balzac es uno de los más patentes: Balzac es un flujo, una furia inalcanzable. Todo es prácticamente inasible si no se atrapa la intención.

Aristides Maillol, Mediterrània, 1923-1927. Musée d’Orsay, París.

En cambio, Maillol –contrariamente a lo que pueda parecer, pero si observamos bien su obra lo verificaremos rápidamente– especifica que él no puede seguir la naturaleza, donde está todo, pero «de lo que observo extraigo un momento estático, preciso, de perfección, que es lo que yo necesito» y los que «me admiran lo llaman la Belleza Superior». Lo que me complace a mí, especifica Maillol, es la arquitectura y su equilibrio volumétrico. Rodin, por lo contrario, va a por la musculatura informal, siempre en su dinámica energética, para retener y exponer los sentimientos, las emociones, el temblor vital. El arte es, debería de ser, una transformación constante, que es lo que en realidad es, porque las formas del arte, todas, tienen las percepciones de los tiempos y de los ambientes, de las atmósferas en las que están creadas, pero también las emocionalidades o las indiferencias desde las que son observadas, miradas, consideradas.

He considerado serenamente lo que dicen uno y otro creador; Maillol crea conceptos, que es lo que buscaba d’Ors, su noción (olvidada) de post-historia (signo, lo llamará Ferdinand de Saussure), aquella por la que la forma y el significado coinciden plenamente. D’Ors quería que estos fueran los rasgos de una cultura. Rodin perseguía la palabra (Saussure, también) que fluye indefinida siempre por la continuidad del discurso. D’Ors tildó a Rodin de practicar una estética turbia.