¿Cómo explicar, desde el arte, el paso del tiempo? Ahora que estrenamos año es un buen momento para estudiar algunos casos interesantes.

Marco Polo se fue a hacer la ruta de la Seda en 1271. Regresó 24 años después, en 1295. Cuando se fue, la gente miraba la hora en el sol, y seguía las horas canónicas: ocho momentos para orar cada día: Maitines, Laudes, Prima, tercera, sexta (a las 12 del mediodía), nona, vísperas y Completas (antes de ir a dormir a las 9 PM). Cada hora duraba más o menos según la luz del día, que variaba si era verano o invierno…

Maître de Boucicaut, Marco Polo, con elefantes i camellos, llegando a Ormuz procedente de la India, c. 1420.

Cuando Marco Polo regresa a Venecia, ya hay relojes mecánicos a los campanarios (aunque no tenían buscas ni esfera): todas las horas duran lo mismo, ahora hay veinticuatro, y las campanas tocan los cuartos y las horas. Un cambio mucho mayor que el paso del reloj de manecillas al digital. Poco a poco, las grandes capitales europeas van instalando grandes relojes mecánicos, que necesitaban mucho mantenimiento y control. El primero, en París en 1362. El tiempo empieza a ser oro.

Simón Nicolás de Purmerend y Clemente Osenat de Utrech, El Reloj de los Flamencos, 1576. Funcionó en la catedral de Barcelona hasta 1864. Mide 4,4 metros de altura y pesa más de 5 toneladas. El primer reloj de la catedral se instaló en 1396… hubo cinco, pero duraban muy poco, 60-70 años. ¡Este duró 287 años! El que le sustituyó, en 1864, todavía está en funcionamiento… El Reloj de los Flamencos está instalado, actualmente, en una torre de la muralla romana, en el MUHBA de la Plaza del Rey, y presidirá la entrada de este museo cuando termine la remodelación de la sede. Ahora se puede visitar en el marco de la exposición «Barcelona flashback»… y no hay que pagar entrada.

Michelangelo Merisi da Caravaggio, El tocador de laúd, 1595-1596, Museo del Ermitage, San Petersburgo. En el cuadro podemos ver, con un magistral dominio de la luz, un adolescente andrógino que toca el laúd. Un rayo de luz entra por la parte superior, pero no vemos la ventana. El joven tiene, a su derecha, un jarrón de cristal con flores, y delante unas cuantas frutas (peras, higos, nísperos), una partitura y un violín con arco. No se trata sólo de una escena bonita y decorativa. La partitura ha sido identificada con un madrigal de Jacques Arcadelt, que dice: «Sabéis que os quiero y os adoro, que fui vuestro». Y si nos fijamos, las flores y la fruta están un poco pasados, y el laúd tiene una grieta. La obra nos recuerda que los placeres, como la música, las flores, la juventud, la fruta… son efímeros, que todo pasa. El músico del violín es el gran ausente.

Eadweard Muybridge, The Horse in Motion, 1878. Los avances técnicos del siglo XIX cambiaron, otra vez, nuestra percepción del mundo. La fotografía había afectado a la pintura, pero el cine introdujo una noción de tiempo con la que la pintura no podía competir. ¿Como representamos, por ejemplo, el movimiento? Eadweard Muybridge era un fotógrafo británico establecido en California, muy interesado en captar el movimiento. En 1878, el gobernador y millonario Leland Standord había apostado con un amigo que, cuando un caballo corre, hay un momento en que ninguna de las cuatro patas toca el suelo. Y encargó a Muybridge que lo demostrara. El fotógrafo puso 12 cámaras en un campo –el actual campus de la universidad de Stanford– y creó una secuencia donde demostraba el movimiento de los caballos en la carrera. Esto tuvo cuatro consecuencias: 1) Stanford ganó la apuesta. 2) Se acababa de dar un paso fundamental hacia la invención del cine. 3) Todas las obras de arte con caballos corriendo estaban equivocadas. Y 4) Muybridge estaba tan absorto en sus investigaciones que no se dio cuenta de que su esposa tenía un amante, Harry Larkyns, y que éste era el verdadero padre de su hijo de siete meses. Un día se presentó en su casa. Cuando el amante abrió la puerta, Muybridge le soltó: «esta es la respuesta a la carta que le ha enviado a mi señora». Disparó y lo mató. Lo juzgaron y, en contra de los consejos del juez, el jurado lo absolvió: «homicidio justificado». Philip Glass compuso una ópera, The Photographer, basada en la transcripción de su juicio.

Salvador Dalí, La persistencia de la memoria, 1931. MoMA, Nueva York. Pocas obras de arte hay que expliquen tan bien la maleabilidad del tiempo. Si un minuto se nos puede hacer eterno y una hora breve, imaginad cuando Dalí otorga a los relojes la calidad del queso camembert. Explica el propio Dalí que estaba en París, en su apartamento, pintando un paisaje del Cabo de Creus. Gala quería ir al cine y él tenía dolor de cabeza. Dalí se iba a acostar cuando recordó lo que había cenado. Dio un salto y se puso a pintar como un loco. Cuando la Gala volvió, dos horas después, el cuadro estaba terminado. La obra nos habla de la muerte. Todo es sólido, incluso rígido… menos los relojes. Uno de estos, reposa sobre el rostro blando de Dalí. Fue un clásico instantáneo: pintado en 1931, Helen Resor lo donó al MoMA de Nueva York en 1934. Se han hecho tantas parodias de este cuadro, que incluso hay una versión ambientada en el universo de los Simpson.

Christian Marclay, The Clock, 2010. Se trata de una monumental y memorable videoinstalación alrededor del paso del tiempo, y de la limitada y cronometrada existencia humana. Consiste en un vídeo que dura 24 horas y representa, mediante un collage temporal de miles de fragmentos tomados de muy diferentes películas, imágenes de acciones que suceden durante las 24 horas del día, en sincronía con el horario del lugar de exhibición. A cada minuto aparece al menos un reloj, aunque a veces el tiempo sólo es una obsesión mencionada (por ejemplo, este explorador tropical que pretende decir la hora exacta sólo dando un vistazo al sol). La elaboración de este hipercollage audiovisual le costó a su autor tres años de trabajo.