Vamos a plantearlo como un homenaje, o quizá como un juego, coincidiendo con el centenario de la escuela que marcó un punto y aparte en el arte del siglo XX ¿Cuántas artistas mujeres de la Bauhaus conoces?

Doce maestros posan en la azotea del flamante edificio de la escuela de Dessau, en 1926, y entre ellos destaca sólo una mujer, Gunta Stölzl, al frente del taller de tejido. Recordemos a Anni Albers, elemento clave para la transformación del tejido en pintura, que en Estados Unidos fundaría el Black Mountain College con Joseph Albers. Y Lucia Moholy-Nagy, quien hizo muchas de las fotografías de la vida, la arquitectura y los objetos de la escuela –nacida en Weimar en 1919 y desaparecida en 1933 en Berlín–, aunque su autoría quedaría desdibujada bajo el apellido de quien entonces era su marido, Laszlo Moholy-Nagy. O también Marianne Brandt, cuyos diseños de metal son iconos del siglo XX.

Portadilla y frontis de Bauhaus mädels, de Patrick Rössler.

Ellas, y muchas más mujeres, son las protagonistas de Bauhaus Mädels (Taschen), un trabajo rico a nivel visual que permite redescubrir más de ochenta personajes que estuvieron en la escuela ¿Quienes eran estas mujeres de estética rompedora y moderna que se enrolaron, a menudo desafiando el orden familiar establecido? Las etiquetan como Bauhaus gals y se nos muestran irreverentes, andróginas –triunfaba el corte de pelo à la garçonne­, disfrazadas para las fiestas y experimentos escolares, o en actitudes cotidianas: fumando, durmiendo, amamantando a un niño… El libro las pone en primer plano y habla en segundo término de sus obras, de sus maestros, compañeros o maridos; al mismo tiempo, lleva a cabo una aproximación crítica a la Bauhaus que, pese a reivindicar la modernidad, arrastraba la herencia del viejo mundo.

Páginas del libro Bauhaus mädels.

Según la constitución de la República de Weimar, hombres y mujeres gozaban de los mismos derechos civiles y obligaciones, y de acuerdo con estos principios la Bauhaus aceptó a alumnos talentosos sin distinción de edad o sexo. En 1919, la escuela la conformaban 84 mujeres y 79 hombres, pero las restricciones no tardarían en llegar; rápidamente se alegó que no era aconsejable que las mujeres trabajaran en los talleres de artesanía más duros, como el de carpintería o el de metal. Para ellas se reservaba el taller de tejido.

Tetera MT 49, de Marianne Brandt.

A Johannes Itten se le atribuye la afirmación sobre la visión bidimensional de la mujer y su idoneidad para las superficies planas, y Oskar Schlemmer habría dicho que «la mujer teje, aunque sea para pasar el rato». Gunta Stölzl parecía justificar el talento del alumnado femenino para trabajar el textil: «para algunas el cepillo de carpintería, demasiado pesado, el metal duro y la pintura de paredes no eran actividades que correspondían a sus poderes mentales y físicos ¡Su alma tenía hambre! Tenía que ser la artesanía». Bauhaus Mädels se apoya en los planteamientos de otro libro, The Gendered World of the Bauhaus (2001), para explicar cómo habrían influido la moral y los principios sociales de la época, así como el miedo de la Bauhaus a ser señalada como una escuela de artes y oficios para la mujer, a la hora de fomentar una determinada formación entre las alumnas.

Juego de construcción diseñado por Alma Siedhoff-Buscher.

Algunas atenderían el taller de tejido; otras se colaron en talleres de escultura (Ilse Fehling), pintura mural (Lou Scheper-Berkenkamp), cerámica (Margarete Heymann), construcción (Lotte Beese sería la primera mujer en el taller de arquitectura, ingresaría en 1927 aunque no llegó a obtener el diploma) y también al de fotografía, donde brillaron los nombres de Gertrude Arndt y Florence Henri, que proponían una nueva manera de mirar y de retratar a la mujer.

Hay que reivindicar las aportaciones más anónimas de las alumnas del taller de tejido.

La imagen que tenemos hoy de la Bauhaus ¿sería la misma sin estas artistas? Quizá no. Pensemos en la aportación de Marianne Brandt, quien en 1928 acabaría dirigiendo el taller de metal como sustituta del maestro Moholy-Nagy; a base de jugar con las formas geométricas y el metal dio vida a luces, ceniceros y la tetera MT 49 (uno de los objetos de la Bauhaus vendidos por un precio más alto en una subasta de 2007), productos que también explican la estrecha relación de la escuela con la industria alemana de entreguerras. Y en Alma Siedhoff-Buscher, conocida por los juegos de construcción para niños y muebles modulares que se presentaron en la casa experimental Am Horn (1923). En ella se inspira el filme Bauhaus (2019), un retrato del día a día de la escuela: las dinámicas educativas, las fiestas y otros pasatiempos que reunían a maestros y alumnos, esta vez desde el punto de vista de una chica que quiere construir, entender el espacio, dominar el material.

 

También destaca el nombre de Lilly Reich, que nos es cercano en el espacio. Recibiría el encargo de hacer realidad el pabellón alemán para la Exposición Internacional de Barcelona en 1929, un trabajo memorable a cuatro manos, con Mies van der Rohe; después sería propuesta como maestra y dirigiría el taller de diseño de interiores (en Dessau y Berlín). Y hay que reivindicar las aportaciones más anónimas de las alumnas del taller de tejido; las piezas tenían salida como objetos decorativos y de interiorismo –lo demuestra la foto del despacho del director Walter Gropius–, pero también especulaban con los materiales, tal como la escuela defendía que debía hacer el buen diseño, al tiempo que seguían alimentando el debate entre las fronteras del arte y la artesanía.

Al otro lado de lo material y racional, de la superada idea de que ellos daban forma al espacio y ellas lo decoraban, está el legado intangible de la Bauhaus, un proyecto colectivo de donde surgirían nuevos imaginarios al torno al género, la sexualidad y el cuerpo tal como revisita el libro Bauhaus Bodies (Bloomsbury Visual Arts).