El arte de Bill Viola (Nueva York, 1951) tiene una calidad hipnótica tan intensa que puede fascinar y molestar a partes iguales. Pasa lo mismo con el sustrato místico y espiritual -que no religioso- de su obra.

O entusiasma, o sacude o sencillamente crea rechazo por la carencia de subterfugios. Los muertos vuelven o resucitan en los vídeos de Bill Viola. La vida cotidiana de una mujer actual se muestra como la de una santa en una predela medieval. Se interpela al espectador para la búsqueda del alma. No huye de la belleza. Va contracorriente. Esta es la virtud de Bill Viola: hacer lo que le da la real gana y hablar de la condición humana con imagen y sonido.

Vista de la exposición Bill Viola. Espejos de lo invisible, en La Pedrera.

En un mundo lleno de ruido y en el que provoca pánico mirar hacia adentro, Viola apela al silencio y la introspección, no importa si uno es religioso, espiritual, ateo, cree en el más allá o ha leído o no a San Juan de la Cruz o Rumi, dos de los poetas místicos que más han marcado el artista. Viola simplemente hace un arte sobre la trascendencia, con una mirada hacia el pasado, pero utilizando tecnología punta.

La primera exposición individual de Bill Viola en Barcelona, en la Pedrera, ha llegado tarde, ya que estamos hablando de un artista pionero del videoarte y del uso de la tecnología audiovisual. Viola ha vivido en primera fila todas las transformaciones del medio y las ha utilizado a favor de su mensaje. Cuando la alta definición era todavía un sueño, Viola ya estaba haciendo vídeos en forma de cuadro, en los que jugaba a la confusión entre imagen en movimiento y fotografía. Llega tarde la muestra, sí, pero llega justo en el momento en que una buena parte de la vida nos pasa a través de las pantallas y cuando desgraciadamente se ha cerrado el círculo de su obra por una cruel enfermedad de la memoria.

Bill Viola, Incrementation, 1996.

Comisariada por su colaboradora de siempre y esposa, Kira Perov, y Llucià Homs, la exposición se inicia con una obra, Incremento (1996), que es toda una declaración de principios. En un pequeño monitor de televisión, Viola mira la cámara con expresión neutra. Simplemente respira. Conectada al monitor, una pantalla contabiliza el número de respiraciones. Esto es la vida. Cuanto más alta sea la cifra, más cerca de la muerte. El poeta fetiche de Viola, el místico sufí Rumi, dice: «Mientras respiramos, el alma se desliza poco a poco de la cárcel de este mundo».

Y es que el arte de Viola alude a menudo a aquellos momentos de la vida en los que estamos o sufrimos un tránsito trascendental: el momento del nacimiento y el de la muerte; el viaje iniciático; el estado de duermevela y el sueño; el estado profundo de meditación; o incluso el duelo. Experiencias tan profundas que suponen un antes y un después para cualquier ser humano. Los elementos que actúan como medios de transporte son el agua, tanto en forma de cortina como estancada, que permite el renacimiento y la redención; y el fuego, destructor y al mismo tiempo purificador. El círculo de la vida y la muerte es un continuo.

Bill Viola, The Sleepers, 1992.

En las escenas de Bill Viola, los tránsitos suceden en espacios cerrados neutros, inteligentemente iluminados (oh, ¡la luz azulada de Viola!), o en lugares donde el tiempo parece estar suspendido como en los desiertos o dentro del agua. El tempo de los vídeos, con un uso de la cámara lenta que se ha convertido en una marca de fábrica; una sincronización muy estudiada en la multipantalla; el sonido inquietante y el silencio absoluto; y la atmósfera que crea la escenografía desnuda y el vestuario cotidiano de los actores, ayuda a que el espectador pueda identificarse fácilmente con lo que ve y llega a despertarle una especie de recuerdos muy profundos e internos de tránsitos olvidados y ancestrales.

Es entonces cuando hemos caído de cuatro patas en la trampa de Bill Viola. La misma trampa que hizo que una parte de los espectadores huyeran despavoridos durante la proyección de La llegada del tren, de los hermanos Lumière, cuando el cine acababa de nacer. Trucos de magos, de hecho, que utilizan la tecnología de la imagen en movimiento. Bill Viola es, pues, un mago que nos hace creer que la obra Alma (2000) son tres fotografías fijas, aunque te la quedes mirando un rato. Marchas a contemplar otra obra, giras la cabeza y los tres personajes se han movido expresando alegría, pena, rabia y miedo. La súper cámara lenta nos ha engañado la percepción.

En la expresión de las emociones humanas, que tan bien reflejó en la serie de Las pasiones, Viola toca un tema universal, que conecta con toda la historia del arte. Otra faceta de la obra de Bill Viola es la mirada desacomplejada hacia la pintura medieval y del Renacimiento italiano, pero también hacia la historia de la fotografía y a cineastas como C.T. Dreyer. En la muestra uno de los casos de esta relación directa con el arte del pasado es el políptico de cinco pantallas, La habitación de Catalina (2001), que muestra la actividad de una mujer en su casa a lo largo del día, inspirado en la predela del retablo de Santa Catalina de Siena, de Andrea di Bartolo.

Es verdad que la exposición de La Pedrera puede dar una cierta sensación de quedarse a medias porque debido a los techos bajos de la sala de exposiciones ha sido imposible incluir obras de gran formato, con pantallas gigantes, que aportan la calidad de gran espectáculo que tiene una parte de la obra de Viola. Esto pone de manifiesto que quizás debería haber sido alguna otra institución la que debería haber llevado una exposición verdaderamente antológica del artista en Barcelona, ​​y más cuando se trata de un artista que ha recibido reconocimientos aquí como el premio internacional Catalunya de la Generalitat.

La Fundació Catalunya La Pedrera ha buscado otras complicidades con otras instituciones para extender la muestra: el Bòlit de Girona; el Museo de Montserrat; el Museo Episcopal de Vic y el Planta. Fundación Sorigué de Lleida. Además de una programación de proyecciones en el Palau de la Música, el 4 de diciembre tendrá lugar una noche blanca con proyecciones de los grandes formatos en el Palau y en el Gran Teatro del Liceo. Por eso, la muestra de la Pedrera hay que vivirla como una cata, delicada, precisa y más íntima, de todo lo que es el arte de Bill Viola.

La exposición Bill Viola. Espejos de lo invisible se puede visitar en La Pedrera, Barcelona, hasta el 5 de enero.