Si este año celebramos Sant Jordi tres meses tarde, ¿por qué no hacerlo recuperando libros publicados poco antes del confinamiento? La propuesta, la apuesta del Mirador, es interesante e interesada: Art trobat, de Artur Ramon (Comanegra).

Si sois lectores habituales del Mirador de les Arts sabréis que algunos de los veinte textos que conforman Art trobat (Arte encontrado) fueron creados para la sección «Historias de anticuarios y de famas». Pero, aunque Artur Ramon no hubiera publicado nunca en el Mirador, recomendaría con igual pasión su lectura.

Artur Ramon, anticuario y escritor.

No es necesario que estéis familiarizados con el mundo del arte. Se trata de veinte historias bastidas en torno a la profesión de anticuario, un oficio en peligro de extinción que exige a sus miembros, más que conocimientos de arte, altas dosis de psicología, instinto asesino y una brizna de ludopatía. Un anticuario es, ante todo, un pícaro que conoce el alma humana, con sus grandezas y miserias.

Artur Ramon, anticuario de tercera generación, es un hábil pintor de escenas y situaciones, de ambientes, de personajes. A veces no importa tanto como acaba una historia, sino el sabor, el retal de alma humana que deja al descubierto y que, ¡ay! resulta que podemos identificar con demasiada facilidad en algún rincón interior.

La escritura de Artur Ramon es muy visual, casi cinematográfica. De un cine de sensaciones y situaciones, como el de Fellini o el de Buñuel. Incluso se podría hacer una serie, del conjunto de historias de Art trobat.

Con cuatro pinceladas, Ramon es capaz de esbozar un personaje, como Aitor, «un anticuario vasco hiperbólico, de los de la vieja escuela. Calvo –cuatro pelos encolados al cráneo con gomina–, hace metro noventa, tiene el vientre de Buda y se sujeta los pantalones con elásticos. Habla por los codos y acompaña su discurso haciendo gestos con las manos de un pelotari».

Los habitantes del universo Ramon han sido caricaturizados con ironía y afecto, inseparables lo uno de lo otro. Y su prosa está llena de pequeñas observaciones que –los que lo conocemos un poco– explican el entorno del autor. Por ejemplo, Ramon es muy amigo del pintor Miquel Barceló. En una de las historias, una joven anticuaria está en la seo de Mallorca y «se adentra en la cueva de barro que Miquel Barceló pintó: una cosmología de panes y peces y en medio el Cristo, todo blanco, como si fuera fruto de una cópula imposible entre Copito de Nieve y una medusa». ¿Qué debía opinar, Barceló, de esta observación? ¿Lo mismo que Manolo Hugué, que afirmaba que cuando quería esculpir una venus le salía una rana?

Sospecho que el autor acabará escribiendo novelas a la manera de Patricia Highsmith.

Y sin entrar en demasiados detalles, se detecta en la mayoría de estas historias una serie de patrones, de constantes: el estafador estafado, la gente que lo apuesta casi todo a una obra, o los hijos que tienen que demostrar constantemente su valía profesional a los padres (o al revés).

También se adivinan algunas de las obsesiones del autor, como su ojeriza a la cocina molecular. En una cena pantagruélica, un anticuario y su cliente «toman un capuchino de suquet, una solitaria espardeña con pil-pil de jamón ibérico (hermanamiento simbólico de las cocinas catalana, vasca y andaluza), una ventresca de caballa con ensalada líquida, entre otras comidas extraordinarias, sabrosas, excelsas, y después llega el festival de los postres: cornete de pimiento con chocolate, homenaje a Chiapas, y el cielo de Tokio (nube de yuzu y granizado de cedro)». La cena no acaba bien, y el cliente se va de Barcelona, «aquella ciudad al este de Manhattan donde se confunde el arte con la cocina».

Foto de Jordi Baron, que ilustra la historia «El caçador caçat» (El cazador cazado).

Este es el noveno libro de Artur Ramon, pero el primero de narrativa. Y me hace sospechar que el autor acabará escribiendo novelas, id a saber si thrillers ambientados en el mercado del arte, a la manera de Patricia Highsmith.

Por otra parte, cada una de las veinte historias del libro está ilustrada –no sé si sería mejor decir «acompañada»– con una fotografía en blanco y negro de Jordi Baron, anticuario de segunda generación, fotógrafo y experto en fotografía. El caso de Jordi es digno de libro propio: un joven anticuario que reflexiona sobre su oficio no con palabras, sino con fotografías. Me atrevería a decir que Baron es un filósofo «de» la imagen –que no «sobre» la imagen– y del paso del tiempo. Bueno, en realidad somos nosotros, los que pasamos por el tiempo…

Si os gusta el mundo del arte y creéis que es algo vivo, que fluye más allá de los almacenes de los museos, Art trobat es lectura recomendable. Si no os interesa el mundo del arte, pero os apasionan las buenas historias, aquellas que mientras leéis se materializan ante vuestros ojos, y que os descubren lo bueno y lo peor de la condición humana, Art trobat es candidato al binge -reading.