El día que Leda cumplía veintiún años, su familia le había preparado una fiesta sorpresa.

Cuando llegó, todos la esperábamos a oscuras. Nadie esperaba que Leda, bellísima, llegara bañada en lágrimas, talmente parecía una vestal antigua, sustituyendo el peplo por un abrigo de cachemira color camello.

Giotto di Bondone, Carità, Invidia, c. 1306. Capella degli Scrovegny, Padova.

Su padre, un pobre hombre entrado en la edad de la invisibilidad, no supo qué pasaba mientras la madre, que ya lo sabía todo, la consolaba abrazándola como había hecho en un pasado no tan lejano. Nada hacía pensar que Leda pudiera estar tan triste, la vida le iba bien. Estaba en el esplendor de su juventud, sus padres la querían y hacía pocos meses que salía con un buen chico. A pesar de la aparente felicidad había algo que no funcionaba. ¿Qué podía ser?

Como una diplomática profesional, Leda disimuló durante toda la noche e hizo ver que estaba alegre. Pero, tras su sonrisa blanca, vislumbraba en sus ojos aún brillantes la melancolía de un revés inesperado. Fue desfalleciendo la velada y los invitados fueron desfilando entre interminables adioses. En la intimidad de la familia nuclear, Leda volvió a llorar mientras se confesaba.

Un cuchillo clavado que, entre todos, dulcemente, fueron sacando.

Mostró la espalda, y los padres y hermanos se dieron cuenta de que llevaba un cuchillo clavado que, entre todos, dulcemente, fueron sacando, y que nadie había visto a lo largo de la noche porque ella sabía disimular. Un arma blanca afiladísima que le había clavado, en un descuido mientras se despedía, quien ella pensaba que era una amiga.

El puñal de la envidia, sí, porque Leda era y tenía todo lo que su amiga no era y quería ser, y tenía lo que tanto ella deseaba. La belleza y la alegría son malos espejos donde mirarse cuando vas corto de amor.

Entonces en la comunidad, los que parecían amigos, no tardaron nada en criticarla, especialmente el prometido de la fingida amiga, especialista en el arte de la hipocresía. Pero ella entonces ya estaba lejos del infierno, en casa, cobijada entre los suyos, ya curada y preparada para zarpar hacia la selva oscura de la vida adulta.